“DIOS EXISTE” – Antony Flew

Actas del Seminario Interdisciplinar Fides et Ratio. Cátedra Fides et Ratio. Universidad Católica de Valencia. “Dios Existe, por Anthony Flew: Como cambió de opinión el ateo más famoso del mundo”. Ponente: D. Óscar R. Bethencourt. Valencia.4 de junio de 2013. 

1.- EL PROBLEMA DE DIOS. Los tópicos de la cuestión de Dios:

La expresión “Dios existe”, es sin duda una certeza en gran parte del pensamiento humano. Sin embargo, uno se las ve y se las desea para saber si esta expresión tiene o no sentido.

La palabra “Dios” está instaurada en nuestro vocabulario como si fuera una vieja medalla, aunque actualmente esté desdibujada, o ilegible. Sabemos que una vez fue pronunciada como una palabra llena de sentido.

El concepto “Dios” está ahí, de eso no nos cabe la menor duda, pero ¿es suficiente constatar esa existencia cultural y lingüística? Uno tiene el derecho y el deber de plantear la cuestión aunque no sea más que en nombre de los que observan que no se trata de un mero nombre, pues las palabras saben muchas cosas. Escribe el poeta René Char: «Las palabras que pronunciamos saben de nosotros lo que nosotros ignoramos de ellas». No obstante, nos preguntaríamos, ¿no será la expresión Dios un concepto que uno puede o debe abandonar una vez utilizada?

Este Dios del que conocemos el nombre, ¿en verdad existe? ¿Quién es? Estas dos preguntas se implican y son inseparables. Luego, ¿por qué intentar saber lo que es Dios si no estamos -en cuanto se puede- suficientemente persuadidos de su existencia? Pero también, ¿cómo saber que existe alguna cosa de la que no se sabe absolutamente nada? Llegados a este punto, ¿Cómo hacer para pensar correctamente? ¿Qué camino recorrer? Estas cuestiones nos invitan a preguntar e ir hacia delante, afirmándonos que nuestros pronósticos se apoyan en alguna cosa que no es superficial, sino que nos autorizan a buscar. “Es necesario que las palabras… -vuelvo a citar a René Char- nos empujen a penetrar…en el país, que están provistas de este eco anterior que hace al poema ocupar todo el espacio”, pues ellas son “la rueda disponible y transversal de lo real”.

Por tanto, llevados por estas preguntas, nos hallamos en un deseo que es anterior a nuestro razonamiento, que es más primitivo que nosotros mismos, y que no se disuelve y se esfuma como una palabra o una realidad, de la que se ha creído que es real, pues se convierte en un discurso que busca nada menos que nuestro propio camino.

Desde el pensamiento antiguo se propuso dar cuenta de la idea de Dios interrogando al cosmos, es decir a la naturaleza que se lee (y no digo interpretar) como el texto que se traduce sobre su evidente existencia. Sin embargo, llegados a la modernidad se ha vuelto la mirada hacia el hombre para intentar encontrar en él la huella de Dios.

¿Existe otro camino para encontrar a Dios dirigiéndonos a él? ¿Se puede aprender de Dios lo que él es?  E. Lévinas: «¿no se realiza también con ese infinito respeto, fuera de todo conato de atraparle en una pre-comprensión totalmente hecho, y a mi imagen, y que le impide llegar a ser en sí mismo y por sí mismo?»

La realidad como una manifestación de sí misma, se muestra más que como se de-muestra. Es el caso, por ejemplo, del poder del amor, la magia del arte y la literatura, el nacimiento de un hijo o la misma salida del Sol. ¿Va a ser distinto el caso de Dios? Pues ¿Sólo podemos acércanos a él con mediaciones? “Dios es una idea suprema –comenta Kierkegaard- que no puede explicarse por otra cosa. Uno no puede explicarla sino sumergiéndose en esa misma noción”. Luego, ¿dónde encontrar a Dios?

Una “teografía” –como diría A. Gesché- iría por delante de la teología, que le administra materia y lugar de reflexión. El objetivo no es probar a Dios a partir de nada, sino ver si uno puede a-probarle a partir de lo que él se deja ver y pensar. Creo -a mi entender- que éste sería el objetivo de Antony Flew cuando realiza su discurso sobre la existencia de Dios después de su “ateísmo pacífico”.

Por tanto, la cuestión sobre Dios posee una problemática coyuntural, datada y situada:

  • Datada, porque jamás es a-temporal, pues lleva las marcas de su época. Marcas suficientemente separadas como para que uno pueda hablar. Cuestiones nuevas incluso cuando la cuestión sigue siendo idéntica en cuanto a su objeto.
  • Y situada, es decir: no queda aislada o separada del ámbito cultural. Formulada por hombres y mujeres de una cultura determinada. La cuestión sobre Dios “va cargada del modo cómo” una generación comprende al hombre y el universo, y como define sus valores. Pese a su especificidad, la cuestión de Dios no se entendería, si no se la situase en relación con las otras cuestiones del hombre que constituyen sus puntos de entronque.

Por tanto, la cuestión de Dios como una cuestión datada y situada se inscribe en un tiempo y en un espacio sociocultural de lo que es solidaria y sobre cuyo trasfondo debe ser descubierta y comprendida. Por esa razón me parece oportuno, antes de adentrarnos en la reflexión y aportación de Flew, apoyarnos en las preguntas epistemológicas sobre el problema de Dios que nos ofrece Gesché en una serie de localizaciones para alcanzar nuestro cuestionamiento, según las coordenadas de lugar y de tiempo.

(1) ¿Existe Dios? La cuestión del an sit(el tema de las pruebas de la existencia de Dios);

 (2) ¿Qué Dios? La cuestión del quid sit (el problema de la naturaleza y de los atributos de Dios);

(3) ¿Cómo hablar de Dios? La cuestión del quomodo(De qué modo es, la cuestión del objeto);

(4) ¿por qué Dios? La cuestión del cur(¿para qué sirve Dios y qué le importa al hombre Dios?);

(5) Dios, ¿quién es? La cuestión del quis Deus.

A sabiendas de la gran extensión de la problemática que nos ofrecen estas preguntas epistemológicas, creemos oportuno ubicar el proto-teísmo de Flew a partir del an sit, sin necesidad de entrar en más detalles, pues tal exposición nos llevaría a unas jornadas dedicadas únicamente a exponer tales cuestiones.

Por tanto, ¿Existe Dios? La cuestión del an sit. A partir del siglo XIX con la entrada de los filósofos de la sospecha –tal como los define P. Ricoeur- se manifiesta la gran cuestión: ¿existe o no Dios? Desde aquí, la discusión de los no-creyentes se cifra en la cuestión de la existencia o no-existencia de Dios. Pareciera lo más normal no plantearse la cuestión de saber lo que es. Y es que, puede que en el fondo, creyentes y no-creyentes (teístas y ateos) estén muy de acuerdo sobre lo que es (o sobre lo que uno cree que es) Dios, ese Dios que o existe, o no existe. Se sabe (o se cree saber) lo que es aquel cuya existencia o no-existencia hay que probar.

Desde este estatuto se ubica Flew en su itinerario proto-teísta por el cual se establece una confianza instintiva en el poder de la razón, por la que cargó sentido en el momento en el que sus argumentos racionales le condujeron a concluir que la fuente es la “racionalidad divina”.

 

2.- ANTONY FLEW.

Hijo de un ministro de la iglesia metodista, y educado en una escuela de la misma confesión, desde joven Anthony sintió escaso interés por las ceremonias litúrgicas y el culto religioso en general. Realizó sus estudios universitarios en Oxford durante la segunda Guerra Mundial y desde entonces ha dedicado su vida a la filosofía, a la enseñanza universitaria y a escribir, principalmente en Estados Unidos. Ha publicado unos 35 libros, con numerosas reediciones y ha participado en numerosos debates públicos.

Marxista durante sus años universitarios. El pensamiento de Wittgenstein ejerció posteriormente una poderosa y duradera influencia sobre él. Sus grandes temas han sido los que señaló Kant: Dios, libertad, inmortalidad. Ha escrito ampliamente acerca de la filosofía de la ciencia social y ha mantenido a lo largo de sus años un interés por el conocimiento de su tiempo, en particular por la ciencia natural.

Convencido de la posibilidad de progreso en la filosofía, ha mantenido siempre como principio fundamental aquella exhortación platónica atribuida a Sócrates: “Hay que seguir el argumento te lleve donde te lleve”. Su fidelidad a este principio le llevó a difundir su ateísmo durante más de cincuenta años y a cambiar y defender su opinión posteriormente acerca del concepto y existencia de Dios.

 

2.1.- Breve exposición biografía de Flew:

Más allá de los vaivenes particulares de la biografía intelectual de Flew, y de los razonamientos concretos que movieron a éste a aceptar que existe una Inteligencia Fundante del cosmos, esta obra que tenemos delante es un testimonio valiosísimo de confianza en la Razón; es decir, “cordialidad en unos argumentos racionales bien combinados que constituyen el nuestro mejor camino de acceso a la realidad”.

Su libro “Dios Existe” nos enseña los argumentos a seguir hasta donde ellos nos llevan, a tomarlos en serio y a construirlos con la mayor honradez y rigor que uno se pueda imaginar.

Pero, ¿Qué rasgos formales caracterizan a Flew en su discurso, más allá del cambio en los contenidos a lo largo de sus años? ¿Cómo es su forma de argumentar?

(1) El que desee adentrarse en el itinerario científico de Flew experimenta un respeto por su actitud y honestidad intelectual. En sus obras no encontramos descalificaciones globales, ni caricaturas groseras sobre el teísmo. Todo lo contrario: descubrimos argumentos expuestos con severo detalle, serenidad y con un espíritu inquieto.

Su mejor rasgo: la forma de presentar los argumentos del adversario del modo más fuertemente posible, antes de rebatir en la discusión. Diríamos que ésta es su regla fundamental.

(2) Otro rasgo de su estilo intelectual es su preocupación por definir bien los términos de los que va a tratar. Si se quiere desarrollar un argumento a favor de la existencia de Dios –diría Flew- el teísta tiene en primera instancia que explicar bien qué entiende por Dios. De ahí que el concepto de “ateísmo negativo” (o ateísmo pacífico) se convierta en su marca de la casa respecto del ateísmo agresivo.

(3) Su estilo académico se centra en la preocupación por encontrar un procedimiento adecuado para el desarrollo de las controversias. Se trata de justificar, que quién tiene la carga de la prueba en un debate, y por qué y bajo qué circunstancias podría invertirse dicha carga. Cuando Flew usa la expresión “carga de pruebas” lo extrae del ámbito jurídico, como un abogado en un juicio[1]. Por tanto, así como los procedimientos que se siguen en los tribunales nos muestran un método a seguir; los filósofos –propone- debieran hacer lo mismo para averiguar la auténtica solidez de las diferentes posiciones.

(4) Y finalmente, su más notable característica: la ausencia de cualquier sospecha de ocultas intenciones bajo los argumentos que analiza. No encontraremos a priori en ninguna de sus obras una marca ideológica o antropológica que manche su interés intelectual por encontrar la verdad. Diríamos que su seriedad intelectual se apoya en una objetividad racionalizada. ¿Qué quiere decir esto? No descalifica de entrada ningún argumento manchado de factores externos a ellos. Más bien, como se observa en sus obras, se despliega con toda su fuerza para ver lo que son capaces de dar de sí. De ahí que afirme:

«Si las decisiones de las que parten son correctas, y si en el desarrollo lógico de los mismos no se deslizan falsedades, entonces no habrá en el mundo ningún interés oculto que pueda desacreditarlos».

 

2.2.- Un ateo convencido: “Ateísmo detenidamente considerado.”

Teniendo en cuenta el uso de los criterios procedimentales ya mencionados con “las cargas de la prueba”, Flew sostuvo su ateísmo pacífico, reflexionando:

(1)   el teísta es quien debe demostrar la existencia de Dios, y no el ateo el que debe definir su no-existencia. El que afirma algo es aquel que debe demostrarlo.

(2)   El teísta, si pretende demostrar la existencia de Dios, tendrá que empezar su argumentación precisando el concepto de Dios, con atributos bien definidos y sin dar proposiciones contradictorias.

(3)   El teísta tendrá que argumentar que existen datos de nuestra experiencia que requieran ese Dios como explicación, cuáles son, y por qué.

(4)   Mientras el teísta no hiciera tal argumentación intelectual, la posición del ateo es la de un ateísmo negativo (ateísmo pacífico); es decir no se puede afirmar la negación de Dios, sin un concepto claro y coherente de la idea y sin razonamientos suficientes para aceptarlo.

Sin embargo, Flew no se quedó en una simple postura cómoda de espera ante la argumentación teísta. Expuso con detalle los argumentos por los que consideraba que una definición de Dios, por mínima que fuera, tenía que incluir ciertos atributos que tradicionalmente se consideraban propios de la divinidad, sería irremediablemente incoherentes. De ahí que analizara lo dificultoso de atribuir a Dios rasgos que tienen origen y sentido natural en el ámbito de los cuerpos físicos. Por otro lado, discutió por extensamente los motivos por los que la carga de la prueba recaía sobre el teísta, y no sobre el ateo. De ahí su afirmación:

«Debería indicar aquí, que, a diferencia de otros argumentos anti-teológicos míos, el argumento de la presunción de ateísmo puede ser coherentemente aceptado por los teístas. ¡Dadas las razones adecuadas para creer en Dios, los teístas no comenten ningún pecado filosófico creyendo en él! La presunción de ateísmo es […] un punto de partir metodológico, no una conclusión ontológica».

2.3.- Hacia la evidencia.

            Veamos el camino que tuvo que recorrer Flew desde su iniciada juventud hasta lo que hoy tenemos en nuestras manos.

Desde los quince años, Flew afirma haber abrazado el ateísmo. Reconoce que sus argumentos eran inmaduros, aunque en cierto modo fue el registro rector de su potencial argumental. Su fundamento ateo se basaba en lo que describía como las dos “obsesiones juveniles”:

(1) El problema del mal que constituía una impugnación decisiva de la existencia de Dios como un alguien infinitamente bueno y omnipotente; y

(2) por otro, que el recurso de la libertad del hombre, donde no excusaba al Creador de su responsabilidad por los manifiestos defectos de la creación.

1955 escribe su libro “Teología y falsificación”, su objetivo fundamental se centraba en esclarecer la naturaleza de las afirmaciones mantenidas por los creyentes religiosos. De ahí su reflexión:

«Si decimos que Dios nos ama, debemos preguntar qué fenómenos excluye dicha afirmación. Obviamente, la existencia del dolor y el sufrimiento aparecen como un problema para la tesis en cuestión. Los teístas nos dicen que, con las apropiadas cualificaciones, estos fenómenos pueden ser reconciliados con la existencia y el amor de Dios. Pero entonces surge la cuestión de por qué no deberíamos simplemente concluir que Dios no nos ama. Los teístas, según parece, no permiten que ningún fenómeno pueda contar como incompatible con la tesis de que Dios nos ama. Esto significaría que nada puede contar a su favor tampoco. Se convierte, de hecho, en una afirmación vacía. […] Un hipótesis presuntuosa puede así ser muerta poco a poco: se le inflige la muerte de las mil cualificaciones.»

En este libro, Flew pretende reanimar el decaído diálogo entre el positivismo lógico y la religión cristiana, y situar el debate desde un nuevo plano, mucho más rico y fructífero. Su intención no fue ofrecer afirmaciones relativas a creencias religiosas carentes de sentido, más bien desafiaba a los creyentes a que explicaran cómo deben ser entendidas sus afirmaciones, sobre todo a la luz de aquellos datos que chocan con ellas.

Este trabajo fue refutado críticamente por Richard Mervyn Hare, Basil Mitchell o James Morrison Crombie. Raeburne Heimbeck o Eric Mascall. Dichas críticas ayudaron a nuestro filósofo a estimular nuevas perspectivas que le ayudaron a remover sus propios argumentos y la de sus críticos teólogos.

1966 publica “Dios y la filosofía”, una obra en la que intentó reconstruir y examinar la argumentación del teísmo cristiano, proponiendo una demostración sistemática a favor del ateísmo. Al inicio del libro sostuvo que su propio punto de partida debería ser la cuestión de la coherencia, la aplicabilidad y legitimidad del concepto mismo de Dios. En los siguientes capítulos, examina tanto los argumentos de la teología natural como las pretensiones de la revelación divina. Analiza las nociones de explicación, orden y finalidad. Como buen humeriano, sostuvo que el argumento del diseño, la cosmología y la moral en favor de la existencia de Dios eran inválidos.

Intentó mostrar la imposibilidad de deducir con validez la existencia de Dios desde la experiencia religiosa particular, donde su objeto es un ser divino trascendente (ente-no-físico).

Su aportación más interesante fue observar tres cuestiones acerca del concepto de Dios para ser esclarecidas por parte de los teístas:

  1. Cómo se puede identificar a Dios.
  2. Cómo pueden ser predicados de Dios términos positivos tales como no-corpóreo.
  3. Cómo puede explicarse la inconsistencia entre atributos clásicamente predicados de Dios y ciertos hechos innegables (cómo explicar a Dios y el sufrimiento en el mundo).

Ante las críticas recibidas, Flew comenta que ante la segunda y tercera cuestión había sido debatida con contundencia por parte de sus críticos; pero ante la primera, nadie había respondido con seriedad ante tal cuestión, es decir ante la pregunta del an sit.

En la década 70´s publica “La presunción de ateísmo”. En esta obra sostuvo que el debate sobre la existencia de Dios debería partir de la presunción del ateísmo, pues la carga de la prueba debe corresponder a los teístas. En dicho libro, saca a la luz problemas conceptuales del teísmo que podría escapar a la atención de éstos obligándoles a proceder una explicación coherente desde el comienzo absoluto. De ahí su afirmación: «El uso teísta de la palabra “Dios” debe ser provisto de un significado que haga teóricamente posible que un ser real sea descrito por ella». Flew pretende esclarecer la precaridad argumentaría de los teístas.

En esta obra reta al teísta, es decir «al defensor de cualquier hipótesis existencial», que explique el particular concepto de Dios que va a emplear, y de ahí que indique de qué manera puede ser identificado el objeto correspondiente. «Solo si estas dos condiciones preliminares –afirma Flew- son satisfechas puede tener sentido empezar a desplegar evidencias que intenten mostrar que el concepto posee un correlato real».

2.4.- Camino proto-teísta de Flew: “la racionalidad divina”.

Hay que destacar en Flew su actitud intelectual como a-típica respecto al mundo del pensamiento ateo, o al menos entre los autores del siglo XIX. Tenemos que decir que los intelectuales ateos suelen –como marca de la casa- presentarse a sí mismos como defensores de la racionalidad, frente a cualquier tipo de supuesta irracionalidad (o incluso soteriología) que es característica por parte de los pensadores religiosos, arguyendo tópicos, -extendidos hasta la actualidad- de que “a más ciencia, menos religión”, o la supuesta “disyuntiva irreconciliable entre fe y razón”, o “el pensamiento débil o mitológico de la teología”. Estos tópicos contrastan vivamente con algunos datos tozudos y complicados de negar.

Debemos destacar que los principales pensadores del pensamiento ateo con bastante influencia del romanticismo alemán marcaron una época. Ellos son los llamados maestros de la sospecha (Marx, Nietzsche y Freud) donde la razón –y ante la crisis de la metafísica- se convertía en una facultad poco digna de confianza. Centraban sus críticas no ya sobre el análisis de los argumentos que son manejados en favor de esta imagen del mundo, sino en la premisa de que detrás de tales argumentos, se distinguen poderosas fuerzas irracionales que hay que poner de manifiesto. Estas fuerzas ciegas (argumentos no-racionales) serán las líneas auténticas que dirigirán la concepción de la realidad (Nietzsche: la voluntad de poder; Marx: la infraestructura económica que libere al hombre desde una visión material de la realidad; Freud: las pulsiones de vida y de muerte del Ic). En cualquier caso, cualquier argumentación donde la razón no está presente como estatuto epistemológico, será la herramienta que suministrará a factores más fundamentales. Llegados a la actualidad, y desde estas premisas de los maestros de la sospecha, no nos extrañe que los defensores del ateísmo contemporáneo dediquen poco tiempo (o indiferencia irónica) a la discusión de los argumentos teístas.

Ante esta situación en el debate teísta-ateísta, Flew descubrirá en su última etapa aquellos argumentos que le llevarán a lo que sería su proto-teísmo, es decir, una confianza instintiva en el poder de la razón, encontrando finalmente sentido a concluir que la fuente es la “Racionalidad Divina”. Veamos qué claves le llevaron a su mediática conclusión a partir de sus diálogos más fervientes destacados por el mismo autor:

1º debate: Tubo lugar en Denton (Texas) en 1976 ante la presencia del filósofo cristiano Thomas Bratton Warren. En dicho encuentro gran parte de la argumentación versó sobre el ataque a la teoría de la evolución, planteamiento famoso en aquella época. La posición de Flew fue rotunda:

«Sé que Dios no existe. […] Un sistema de creencias relativas a Dios contiene el mismo tipo de contradicción que los maridos solteros o los cuadrados redondos. […] Por mi parte, estoy inclinado a creer que el universo no tuvo comienzo y no tendrá final. En verdad, no conozco buenas razones que se opongan a ninguna de estas dos sugerencias. […] Creo que los seres vivos evolucionaron a partir de la materia inorgánica a lo largo de un período de tiempo desmesuradamente largo».

2º Debate: Tubo lugar diez años más tarde en Texas (1975). Se unió a tres pensadores ateos: Wallace Matson, Kai Nielsen y Paul Kurtz. En el otro bando se encontraban los filósofos teístas Alvin Patinga, Wiliam P. Alston, George Mavrones y Ralph McInerny.

Flew recuerda tal encuentro como poco espectacular, ya que ninguno de ellos estaba dispuesto a implicarse intelectualmente en una discusión frenética. Sin embargo, reconoce que su argumento fue sostener que el ateísmo derivaba de la vieja máxima según la cual “la carga de la prueba” recaía sobre quien afirmaba la existencia de Dios, no sobre quien la niega.

Otros debates:

(1) Mientras estaba en Dallas, Flew mantuvo contacto con dos destacados filósofos evangélicos: Terry Miethe y Gary Habermas con quienes el debate sobre la cuestión seguía siendo destacado.

Flew destaca un argumento formidable expuesto por Terry Miethe del quedó sorprendido y del cual removió sus argumentos más fervientes hasta ese momento: (a) las tesis sobre la coherencia del concepto de Dios y (b) la presunción del ateísmo. El argumento de Miethe versaba desde la perspectiva cosmológica. Suscribimos sus ideas:

«Existe(n) algún(os) ser(es) limitado(s), mutable(s).

La existencia actual de todo ser limitado y mutable es causada por otro ser.

No puede haber un registro infinito en las causas, pues una cadena infinita de seres finitos no causaría la existencia de nada.

Por tanto, hay una primera Causa de la existencia actual de estos seres.

La primera Causa debe ser infinita, necesaria, eterna y única.

La primera Causa in-causada se identifica con el Dios de la tradición judeocristiana».

Estas tesis de Miethe le hicieron pensar a Flew, ya que no se basaban en el principio de la razón suficiente -que rechazaba fervientemente- sino en el principio de causalidad existencial que hasta el momento no había sido contemplado. Sin embargo, discrepó alegando que las causas eficientes que operan en el universo son eficaces por sí mismas, sin necesidad de una Primera Causa eficiente in-causada. Pero, admite:

«Sí admití, sin embargo, que aunque no es cierto que la mera existencia continuada del universos físico requiera alguna explicación externa […] es fácil, no obstante persuadir al público de que el Big Bang original requirió algún tipo de Primera Causa (desencadenadora)».

(2) Durante la década de los ochenta mantuvo en la universidad de Ohio debates intensos con el filósofo Ricarhd Swinburne, un refutado pensador y con gran autoridad ante el argumento de la existencia de Dios, que defendía el concepto de “un espíritu omnipresente e incorpóreo”. Recordemos que éste era uno de los puntos más críticos de Flew en su obra “Dios y la filosofía”. Las largas discusiones con Swinburne no llevaron a ningún sitio, puesto que Flew no terminaba de darle sentido al concepto de espíritu in-corpóreo.

(3) Otro gran debate, lo mantuvo con Wiliam Lane Craig en 1998 en Madison (Wisconsin). Craig sostenía que en el origen del universo y en el complejo orden patente del mismo se hallaba la mejor explicación en la existencia de Dios. Ante tal tesis, Flew seguía admitiendo que el origen universo terminaba con el Big Bang, y que por tanto debe ser visto como el último hecho, y no descartaría la existencia de Alguien-anterior. Defendía que la constitución del universo es simple y llanamente producto de fuerzas físicas y mecánicas inconscientes[2] (=producto de la inercia).

(4) El último debate público, fue realizado en la Universidad New York en 2004. Entre los participantes se encontraban el científico israelí Gerald Schroeder y el filósofo escocés John Haldane. Desde el comienzo del acto, Flew había sorprendido al público admitiendo el argumento de la existencia de Dios. Tal debate se compuso en una interesante exploración conjunta de los desarrollos de la ciencia moderna que parecían apuntar a una Inteligencia más alta. En tal simposio, admitió:

«Sí, ahora pienso que es así […] casi enteramente a causa de las investigaciones sobre el ADN. Lo que creo que ha conseguido hacer el ADN es mostrar, por medio de la increíble complejidad de las estructuras que son necesarias para producir (vida), que alguna inteligencia ha debido participar en el ensamblamiento de esos elementos extraordinariamente diversos. [Lo que asombra] es la enorme complejidad del número de elementos y la enorme sutileza de las formas en que cooperan. La probabilidad de que todos estos elementos hayan podido encontrarse por casualidad en el momento adecuando es simplemente minúscula. La enorme complejidad [de los caminos] por lo que fueron conseguidos los resultados es lo que me parece producto de la inteligencia».

Esta declaración expuesta por Flew representaba un radical cambio, donde mantenía su coherente itinerario filosófico socrático: “seguir el razonamiento adonde quiera que lleve”.

Flew reconoce que el argumento que más le impresionó fue el presentado por Gerry Schroeder con “el teorema de los monos”. De defiende la posibilidad de que la vida no surge por azar recurriendo a la analogía de un grupo de monos que aporrean durante mucho tiempo los teclados de unos ordenadores y terminan escribiendo un soneto de Shakespeare.

Con este argumento, Flew se sorprendió por tal descubrimiento concluyendo que el teorema de los monos, aunque pudiera ser una basura, resultaba convincente a la hora de analogizarlo con el soneto de Shakespeare. Si el teorema no funciona para un solo soneto, entonces, es simplemente absurdo sugerir que algo mucho más difícil que escribir un soneto –o la aparición de la vida- pueda haberse producido por casualidad.

2.5.- El descubrimiento de lo divino: el camino de la razón.

            Analizado el camino que le llevó a Flew desde su ateísmo hasta la afirmación de la existencia de una Inteligencia más alta, observemos el entramado racional que defendió hasta la hora de su muerte. Reconoce que en medio del ambiente ateo existe un gran peligro, un mal endémico (como afirma): “el ateísmo dogmático”, donde sus afirmaciones son tales como:

  • no deberíamos pedir una explicación de por qué existe el mundo; está aquí, y eso, es todo
  • o también “como no podemos aceptar una fuente trascendente de la vida, escogemos creer lo imposible: que la vida surgió espontáneamente, por azar, de la materia
  • o “las leyes de la física son leyes a-legales que surgen del vacío: ¡fin de la discusión!”.

Estas pueden ser respuestas que a primera vista se invisten de cierto caris racional, pero reconozcamos que no son ninguna prueba racional para concluir sobre la no-existencia de Alguien anterior. Simplemente es una afirmación no-racional, donde se preocupa de qué modo (quomod) y no del por qué (quid) o el qué (an sit).

El statu questioni que plantea Flew a partir de estas premisas del mundo científico, o del ateísmo dogmático, es plantear una argumentación racional que necesariamente proporcione razones que sustenten una tesis. Veamos su modo de diseccionamiento racional:

«Supongamos entonces que no tenemos claro qué está arguyendo alguien que emite cierta afirmación, o imaginemos, más radicalmente, que ni siquiera estamos seguros de está arguyendo algo en absoluto: una forma de intentar comprender su afirmación consistiría en intentar descubrir qué pruebas, en caso de que haya alguna, aduce a favor de la verdad de sus tesis. Pues, si la afirmación es verdaderamente racional, si es realmente un argumento, debe ciertamente proporcionar razones científicas o filosóficas que la sustenten. Y todo lo que podría anular la afirmación, o que induciría al hablante a abandonarla y admitir que era errónea, debe también ser expuesto. Pero si no hay ninguna razón ni ninguna prueba que pueda aducirse en su favor, entonces no hay ninguna razón por la que debamos considerarla un argumento».

Así como los que nos consideramos creyentes, pareciera que no tenemos argumentos racionales para afirmar la existencia de Dios frente al ateísmo dogmático de mentalidad científica, Flew desde esa seriedad intelectual que tanto hizo gala durante toda su vida, se atreve a tirar el guante ahora desde el otro lado de la acera, cuestionando a sus excompañeros: «¿Qué tendría que pasar o haber pasado, qué pudiera suponer una razón para que al menos considerarais la existencia de una Mente superior?». Veamoslas razones que expone Flew y en las que se apoya.

  1. Las cartas sobre la mesa.

¿Por qué nuestro filósofo anglosajón ha pasado desde el ateísmo-pacífico- convencido a la plena apertura de la existencia de una Mente Inteligente? ¿por qué ahora apoya la tesis del origen de una Fuente Divina? La respuesta es bien sencilla: la imagen del mundo que ha ofrecido la misma ciencia moderna, atisba hacia tres dimensiones de la naturaleza que ayudan a apuntar hacia la existencia de Dios:

(1) El hecho de que la naturaleza obedece a unas leyes.

(2) La dimensión de la vida, la existencia de seres organizados inteligentemente y guiados por propósitos, que han surgido de la materia.

(3) La misma existencia de la naturaleza.

Sin embargo, Flew reconoce que no ha sido la ciencia en sí misma quien le ha guiado hacia tal recorrido, sino más bien la visión filosófica de los clásicos quienes le han hecho reconsiderar la cuestión. ¿Ha sido ésta una consecuencia para un desplazamiento radical en la reconsideración de los hechos de la naturaleza? No, -afirma-; el hecho de que ahora piense que Dios existe es lo que Flew reconoce en Sócrates: «debemos seguir la argumentación hasta donde quiera que lleve». Por tanto, no fue la ciencia quien le llevó hasta su argumentación, sino su visión filosófica de las leyes de la naturaleza quienes le ayudaron a que reconsidere la cuestión. De ahí que afirme:

«Se podrá preguntar cómo yo, un filósofo, me atrevo a hablar de asuntos tratados por científicos. La mejor respuesta a esto es otra pregunta: ¿se trata aquí de ciencia o de filosofía? Cuando estudiamos la interacción de dos cuerpos físicos por ejemplo, dos partículas subatómicas- estamos haciendo ciencia. Cuando preguntamos cómo es que pueden existir estar partículas –o cualquier otra cosa física- estamos haciendo filosofía. Cuando extraemos consecuencias filosóficas de datos científicos, estamos pensando como filósofos».

  1. Pensar desde la filosofía.

La tesis filosófica de Flew ante la afirmación de una “Mente Inteligente” fue la siguente: “el origen de la vida no puede ser explicado si partimos de la mera materia”. Su preocupación no se establece en el hecho físico-químico o genético, sino sobre qué significa estar vivo y cómo se relaciona esto con el conjunto de nuestros conocimientos físico-químicos y genéticos considerados como un todo. Por tanto, la cuestión es pensar desde la filosofía, desde el por qué de las cosas.

Tres son las áreas que han ayudado a Flew desde el ámbito de la ciencia:

(1) La cuestión del ¿cómo llegaron a existir las leyes de la naturaleza?

(2) ¿cómo pudo emerger el fenómeno de la vida a partir de lo no vivo?

(3)El problema cosmológico: ¿cómo llegó a existir el universo (entendiendo universo por todo lo que es físico)?

  1. El Dios de Aristóteles: Acto Puro.

Desde el plano filosófico, Flew se convenció de la argumentación planteada por el filósofo David Conway, en su libro “La recuperación de la sabiduría. Desde la actualidad a la Antigüedad, en busca de Sofía”. El Dios que defendió Conway y al que Flew se acercó fue el Dios de Aristóteles, el cual estableció una concepción clásica de la filosofía, es decir entiende que “la explicación del mundo es que éste ha sido creado por un inteligencia suprema, omnipotente y omnisciente, a la que habitualmente nos referimos como Dios, y que Ésta lo creó para traer a la existencia y sustentar a seres racionales”. Desde ahí, descubrimos que Dios creó el mundo para traer al ser una raza de criaturas racionales.

Por tanto, -concluye Flew- es posible conocer la existencia (an sit) y naturaleza (quid sit) de este Dios aristotélico mediante el ejercicio de la mera razón humana. Sin embargo, no nos engañemos, los argumentos de Flew son pura y llanamente racionales. No hizo caso a los argumentos sobrenaturales. De ahí que afirme:

«Ha sido un ejercicio de lo que tradicionalmente es conocido como teología natural. Tampoco pretendo haber tenido una experiencia personal de Dios, ni ninguna otra experiencia que pueda considerarse sobrenatural o milagrosa. En resumen, mi descubrimiento de lo divino ha sido una peregrinación de la razón, no de la fe».

2.6.- Dos áreas de conocimiento para la prueba de Dios

            Visto el estatuto filosófico que guarda el argumento racional de la existencia de Dios, veamos cómo Flew a partir de los contenidos científicos elabora la evidencia desde una lectura filosófica.

Plantea que el argumento más popular a favor de la existencia de Dios es “el argumento del diseño”, según el cual el diseño que es patente en la naturaleza sugiere la existencia de un Diseñador cósmico. Este argumento conduce a la idea de diseño a partir de la idea de orden, es decir: desde el orden percibido en la naturaleza hasta la evidencia de un diseño y, por tanto, de un Diseñador. Aunque reconoce que fue notablemente crítico con esta idea en su momento, plantea ahora mostrarse de acuerdo para la prueba de Dios. Así afirma:

«Los avances de dos áreas del conocimiento, de manera especial, me han llevado a esta conclusión. La primera es la cuestión del origen de las leyes de la naturaleza, y las intuiciones al respecto de eminentes científicos modernos. La segunda es la cuestión del origen de la vida y de la reproducción».

  1. Las leyes de la naturaleza

¿Qué entendemos por leyes de la naturaleza? Por ley -sugiere Flew- entendemos, , una regularidad o simetría en la naturaleza, como por ejemplo la ley de Boyle[3], o la famosa primera ley de Newton sobre el movimiento[4] o la ley de conservación[5]. Lo interesante de la cuestión de las leyes para Flew, no es que existan regularidades en la naturaleza sino que esas regularidades son matemáticamente precisas, es decir, son universales y están –como afirma- “atadas las unas con otras”. Einstein se refirió a esto como “la razón encarnada”. De ahí la pregunta que nos ofrece y que también ha sido formulada por Isaac Newton, Albert Einstein, James Maxwll, Werner Heisenberg, o el mismo Stephen Hawking: ¿por qué la naturaleza venía empaquetada en esta forma? La respuesta no puede ser otra: la Mente de Dios. Como ejemplo ponemos en la palestra una reflexión del mismo Stephen Hawking:

«Si descubrimos una teoría completa, esta debería, al cabo del tiempo, resultar comprensible por todos, no solo por unos cuantos científicos. Y entonces todos –filósofos, científicos y gente común- podremos participar en el debate sobre por qué existimos nosotros y por qué existe el universo. Si encontramos una respuesta a eso, estaríamos ante el triunfo máximo de la razón humana, pues entonces podríamos conocer la mente de Dios».

Por otro lado, Albert Einstein, el descubridor de la relatividad, creyó claramente en una fuente trascendente de la racionalidad del mundo. Una fuente a la que llamó, según los momentos: “mente superior”, “espíritu superior ilimitado”, “fuerza racional superior”,  o “fuerza misteriosa que mueve las constelaciones”.

Pero no fue Einstein el único descubridor de la relación que existe entre las leyes de la naturaleza y la Mente de Dios. Entre muchos destacados científicos, Werner Heisenberg, famoso por su principio de incertidumbre y la mecánica matricial, afirmó:

«En el curso de mi vida, me he visto repetidamente obligado a mediar sobre la relación entre estas dos regiones del pensamiento [la ciencia y la religión], pues nunca he sido capaz de dudar de la realidad de aquello hacia lo que ambas apuntan».

O también una interesante pregunta que se formula:

«Wolfgang me preguntó inesperadamente: ¿crees en un Dios personal? […] ¿puedo reformular la pregunta?, pregunté a mi vez. Preferiría la siguiente formulación: ¿puedes, o puede alguien, alcanzar el orden central de las cosas o de los hechos, cuya existencia parece que está más allá de toda duda, tan directamente como puedes alcanzar el alma de otro ser humano? Uso deliberadamente el término alma, para que no se me malinterprete. Si formulas así la pregunta, diría que sí».

Flew, después de encontrar en diversos científicos y filósofos destacados argumentos similares en la relación entre las leyes de la naturaleza y la Mente divina entre los que destaca Erwin Schrödinger, Max Planck, Paul Adrien Maurice Dirac, Paul Davies, John Barrow, John Foster, Richard Swinburne,… concluye que todos ellos apuntan a la Mente de Dios no a partir de argumentos o procesos de razonamientos silogísticos. Más bien, proponen una visión de la realidad que surge del corazón conceptual de la ciencia moderna imponiéndose al argumento de una “Mente Racional”. De ahí, que concluya: “es una visión que personalmente estimo persuasiva e irrefutable”.

  1. El origen de la vida y de la reproducción

Flew sostuvo la explicación de la primera aparición de la materia viva a partir de la materia inerte. Ello invitaba a una nueva versión del argumento del diseño. Concluyendo de esa manera que no existe ninguna explicación materialista satisfactoria para un fenómeno de esa envergadura.  Aunque este argumento le llevó a ardientes críticas por parte de Richard Dawkins, afirmando la elevada ignorancia por parte de éste respecto a los recientes trabajos científicos, Flew se defendía diciendo que usaba estas objeciones científicas para empalmarlas a la visión filosófica sobre el origen de la vida. De ahí su controvertida afirmación:

«La mayor parte de tales estudios son trabajos realizados por científicos que raramente prestan atención a la dimensión filosófica de sus descubrimientos. Los filósofos, por otra parte, han dicho poca cosa sobre la naturaleza y el origen de la vida. La cuestión filosófica que no ha sido resuelta por los estudios sobre el origen de la vida es la siguiente: ¿cómo puede un universo hecho de materia no pensante producir seres dotados de fines intrínsecos, capacidad de autorreplicación y una “química codificada”?»

Observemos la disección elaborada de Flew para dar respuesta a ello:

(1)   En primer lugar, debemos de considerar la naturaleza de la vida desde una perspectiva filosófica. La materia viva posee una intrínseca organización teleológica que no aparece por ningún lado en la materia que la precedió. La cuestión de la teleología que ya fue planteada por Aristóteles.

(2)   El origen de la autorreproducción es un segundo problema central, puesto que las teorías sobre el origen de la vida no nos dan explicaciones suficientemente como para responder a la cuestión central, presuponen la existencia de la autorreproducción en una fase temprana, pero no se ha mostrado que ésta pudiera surgir por medios naturales desde una base material.

(3)   La cuestión de la codificación y procesamiento de la información (el código genético) esencial para en todas las formas de vida. De ahí que nos preguntemos con el matemático David Berlinski:

«¿Puede ser explicado el origen de un sistema de codificación química sin recurrir para nada al tipo de hechos que invocamos al explicar los códigos y lenguajes, los sistemas de comunicación, la impronta de las palabras ordinarias en el mundo material?»

 Después de examinar la increíble grandeza y problemática del estudio sobre el origen de la vida (la protogénesis) subraya la aportación de grandes científicos como Carl Woese, Paul Davies, Andy Knoll, John Maddox, Antonio Lazcano o George Wald; Flew termina concluyendo:

«Esta es también mi conclusión: la única explicación satisfactoria del origen de esta vida orientada hacia propósitos y autorreplicante que vemos en la Tierra es una Mente infinitamente inteligente».

           

3.- CONCLUSIÓN: abiertos a la trascendencia.

Llegados a este momento, afirmamos junto con Flew que la ciencia en cuanto tal no puede proporcionar un argumento que demuestre la existencia de Dios. Sin embargo, los tres problemas que él mismo ha observado: (1) las leyes de la naturaleza, (2) la vida con su organización teleológica y (3) la existencia del universo, son tres razonamientos que defiende para resultar explicables a la luz de una Inteligencia que da razón tanto de su propia existencia como la del mundo. Tal demostración no se realiza a partir de experimentos y ecuaciones matemáticas, sino por medio de la comprensión de estructuras que los mismos experimentos y ecuaciones nos desvelan. Y todo esto, -se pregunta nuestro autor- ¿a dónde nos lleva?

«En primer lugar, estoy enteramente abierto a aprender más sobre la Realidad divina, especialmente a la luz de lo que sabemos sobre la historia de la naturaleza. En segundo lugar, la cuestión de si lo divino se ha revelado en la historia humana sigue siendo un tema de discusión válido. No es posible limitar las posibilidades de la omnipotencia, excepto si se trata de lo lógicamente imposible. Todo lo demás está abierto a la omnipotencia». 

Según lo planteado hasta ahora, podemos preguntarnos: ¿Existió en Flew algún tipo de experiencia religiosa personal, o llegó a giñar a alguna religión revelada? La respuesta es no. Su propósito fue realizar un ejercicio de lo que tradicionalmente es conocido como teología natural. Su pretensión no fue haber tenido una experiencia personal de Dios, ni ninguna otra experiencia que pueda considerarse sobrenatural o milagrosa. Su descubrimiento sobre lo divino ha sido una peregrinación de la razón, no de la fe. Pero llama la atención su aportación casi final respecto al cristianismo:

«Como he dicho más de una vez, ninguna otra religión posee algo parecido a la combinación de una figura carismática como Jesús y un intelectual de primera clase como san Pablo. ¡Si creemos que la omnipotencia funda una religión, ésta es la que tiene todas las papeletas para ser la elegida!».

¿Y por lo menos abierto a mantener ese contacto? Tampoco. Pero como honesto intelectual abre su corazón al final de su libro afirmando:

«Algunos [científicos, filósofos y otros] han aceptado la existencia de una Mente infinitamente inteligente. Algunos aseguran haber establecido contacto con esa Mente. Yo no lo he hecho; no todavía. Pero ¿quién sabe lo que podría ocurrir en el futuro? Quizá algún día pueda oír una Voz que me dice: ¿me oyes ahora?».

 

 

 

[1] El onus probandi (o carga de la prueba) es una expresión latina del principio jurídico que señala “quién está obligado a probar un determinado hecho ante los tribunales”.

El fundamento del “onus probando” radica en un viejo aforismo de derecho que expresa que “lo normal se presume, lo anormal se prueba”. Por tanto, quien invoca algo que rompe el estado de normalidad, debe probarlo (“affirmanti incumbit probatio“: a quien afirma, incumbe la prueba). Básicamente, lo que se quiere decir con este aforismo es que la carga o el trabajo de probar un enunciado debe recaer en aquel que rompe el estado de normalidad (el que afirma poseer una nueva verdad sobre un tema).

 

[2] «En ese debate, reafirmé que la tesis según la cual un Dios omnipotente podría crear seres humanos de una forma tal que escogieran libremente obedecerle. Esto significa que la defensa tradicional del libre albedrío no puede escapar coherentemente de la idea según la cual Dios predetermina todas las cosas, incluso las elecciones libres. Siempre me había repelido la doctrina de la predestinación, que sostiene que Dios predestina a la mayoría de los seres humano a la condenación».

[3] LEY DE BOYLE: Dada una temperatura constante, el producto del volumen y la presión de una cantidad fija de un fas ideal es constante.

[4] PRIMERA LEY DE NEWTON sobre el movimiento: un objeto en reposo seguirá en reposo a menos que actúe sobre él una fuerza externa e inestable; y un objeto en movimiento seguirá en movimiento a menos que actúe sobre él una fuerza externa e inestable.

[5] LEY DE CONSERVACIÓN DE LA ENERGÍA: la cantidad total de energía en un sistema aislado permanece constante.

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