“RELACIONALIDAD” Y CONSTITUTIVOS DE LA PERSONA EN EL PENSAMIENTO DE SANTO TOMÁS DE AQUINO[1] – Manuel Ocampo Ponce

Actas del Seminario de Santo Tomás de Aquino. Cátedra Fides et Ratio. Universidad Católica de Valencia.  “Relacionalidad y constitutivos de la persona en el pensamiento de Santo Tomás de Aquino”. Ponente: Dr. D. Manuel Ocampo Ponce, Profesor y Académico investigador de la Universidad Panamericana. Valencia. 12 de febrero de 2014.

FASTA-Universidad Católica de Valencia

11 de febrero de 2014.

Es evidente el hecho de que el mundo contemporáneo se caracteriza por el imperio de la técnica y de las ciencias particulares y por el olvido de la Filosofía. Algunos de los signos más representativos de la época actual consisten en el descrédito de la Filosofía y por ende de las humanidades, la disolución de la Universidad como consejera y promotora de la actividad intelectual y cultural de las sociedades contemporáneas, las ciudades altamente tecnificadas y comercializadas, la supremacía de la mercadotecnia, la excesiva intervención del hombre en los procesos químicos y biológicos, la especialización pormenorizada, el relativismo científico y axiológico, la vida eminentemente utilitaria y la abundancia de productos ineficaces. En muchos casos, la ciencia sustituye su actividad especulativa restringiendo su campo y colocándose exclusivamente al servicio de la técnica y de los procesos económicos y productivos que no siempre contribuyen a la realización humana.

Hace falta el diálogo de la Filosofía perenne con todas las disciplinas en las que el hombre desarrolla su actividad humana y por lo tanto cultural y por esta razón, esta breve presentación es un intento por dejar muy claro en qué radica la importancia de un concepto adecuado de persona y su carácter relacional y su dignidad para la correcta comprensión del obrar humano.

En efecto,  nos encontramos ante el mito del cientificismo y del individualismo que desde su método adecuado y limitado a las realidades físicas, sobrepasando su campo, sustituye los contenidos de los conceptos elaborados y desarrollados a lo largo de los siglos, desvirtuándolos, sustituyéndolos por contenidos superficiales y equivocados, algunos pertenecientes a elaboraciones conceptuales de los inicios del pensamiento y de la cultura, que en aquella época pertenecían a un proceso de descubrimiento y desarrollo y que ahora no pueden constituir más que un retroceso.

Es increíble la acelerada disolución de los fundamentos teóricos de la cultura en los países europeos y otros que forman parte de lo que hoy llamamos países desarrollados. Hoy es patente la falta de capacidad de superación de las crisis provocadas por la inadecuada transmisión y aplicación de los principios perennes en épocas del pasado. Nos encontramos ante la falta de filósofos y de audiencias con la formación necesaria, que presten atención al dialogo que la Filosofía perenne y realista debe tener con los ámbitos humanísticos, científicos, técnicos, políticos, administrativos, etc. Es notable la vulnerabilidad de las sociedades aparentemente “desarrolladas” por la falta de aceptación y de diálogo a partir de los principios fundamentales que las ha conducido a dejarse invadir por ideologías superficiales de pueblos sin tradición cultural. Hoy en día podemos decir que pocos son los que tienen acceso a los valores perennes.

Las mismas ciudades han adquirido una fisionomía propia de civilizaciones tecno-científicas sin tradición cultural que se imponen intentando borrar todo indicio de cultura y de valores perennes, para no dejar rastro de tradición alguna que no sea la que ellos mismos han desarrollado e impuesto, muy diestra en lo que se refiere a la tecnología que indudablemente ha tenido grandes logros pero que ahora vemos que el hombre no ha podido ponerla bien a su servicio, basta como ejemplo el problema de la devastación del medio ambiente y de la mala distribución de la población y de la riqueza. El hombre avanza en el conocimiento especializado del universo físico, biológico, de las realidades psíquicas y sociales pero se encuentra muy lejos de una comprensión profunda del mundo, de lo que es propiamente humano, de la persona y su dignidad y su fin como fundamento de todo su actuar en función de la plena realización de todos y cada uno de los hombres; y en este contexto, Dios ha quedado relegado al mundo de las subjetividades, de lo opinable, de lo que no se puede hablar porque cada uno tiene su propia idea subjetiva que hay que tolerar por encima de todo.

En no pocas ocasiones parece que la arquitectura, la escultura, la pintura, la música, la técnica y el arte en general trataran de eliminar todo elemento del pasado, no hay creatividad en lo que se refiere a la expresión de un pensamiento profundo y totalizante que integre realmente el progreso científico y técnico. Los grandes avances tecno-científicos presentan grandes retos imposibles de afrontar desde un pensamiento débil o muy especializado sobre todo en lo que se refiere al concepto de persona y su dignidad.

Por todo lo anterior, con toda certeza, me atrevo a afirmar que por sus principios ontológicos perennes, el realismo metafísico o el realismo filosófico, y más específicamente el tomismo, es el único sistema capaz de ofrecer un fundamento que garantice tanto la dignidad de la persona como los derechos y deberes que emanan de dicha dignidad. Sin una Filosofía adecuada y realista, resulta imposible comprender, con la profundidad debida, a la persona humana y todas sus dimensiones y si no tenemos un concepto adecuado de persona no podemos, abordar adecuadamente sus actos humanos. Y esto es porque resulta fundamental comprender que antes del hombre está el ser y su causa, y por esta razón dependiendo del sistema filosófico será el concepto de persona que se tenga y según el concepto de persona será el sistema ético.

Y en este sentido, es preciso saber que los sistemas monistas que reducen al hombre a un sólo elemento ya sea su cuerpo, ya sea su espíritu no pueden ser fundamento de la dignidad integral del hombre y de los derechos y deberes que derivan de esta dignidad. Tampoco aquellos sistemas en los que se opone el cuerpo y el espíritu como si fueran dos cosas sobrepuestas que luchan constantemente. Mucho menos pueden ser fundamento de la dignidad de la persona y de su obrar moral, aquellos sistemas que niegan su capacidad cognoscitiva para conocer la verdad y el bien que requiere para comportarse conforme a su naturaleza objetiva; ni mucho menos aquellos sistemas de pensamiento que reducen al hombre a la nada, a la negación del ser como ha sido el caso del “humanismo” ateo que es el pensamiento que subyace a todos los sistemas jurídicos actuales.

Sólo desde una Filosofía y una Antropología realista que considere la unidad substancial del ser corpóreo-espiritual de la persona humana puede ser fundamento de su dignidad y con ella de las responsabilidades, derechos y deberes de su propia naturaleza. Como vemos no han sido pocas las propuestas de concepciones del hombre que se han dado y se siguen dando a lo largo de la historia, unas exaltando la espiritualidad y otras la materialidad, algunas otras aceptando los dos principios sin poderlos conciliar salvaguardando la unidad y por lo tanto la dignidad personal. Pero es más que evidente que la persona humana no puede ser reducida a puro espíritu porque la materia es evidente, y también es evidente que hay efectos que no pueden proceder de un principio puramente material.  La unidad y el orden de la materia resultan ininteligibles si los consideramos desde su aspecto puramente material. Los campos atómicos, energéticos, las leyes químicas y físicas, las hormonas, el material genético, la materia en sí misma no puede aceptarse como causa última de las operaciones humanas como el conocimiento de la verdad y del bien, de todas las realidades universales como la justicia, el amor, etc. Pretender explicar la producción de un concepto universal, un juicio o un razonamiento a partir de fenómenos físico-químicos, por la transmisión de impulsos eléctricos constituye en sí mismo una falta grave de rigor científico porque como es evidente que para mover hay que ser, resulta muy ingenuo pensar que el efecto puede ser superior a la causa en su ser o en su hacerse.[2] Es preciso desvelar desde la causalidad, que exige que haya dependencia real y efectiva en el ser del efecto, el principio de las operaciones humanas y desde ellas, el principio del sujeto humano, es decir, su ser persona.

Los mismos efectos nos conducen a la necesidad de aceptar que el pensamiento y la voluntad libre trascienden lo puramente material, de modo que el estudio del hombre ha de hacerse como el de cualquier ente material, como lo hemos dicho, a partir de sus actos, de sus operaciones -que son los efectos que percibimos- intentar llegar al principio de las mismas y de estos principios al principio del sujeto personal humano.

De tal modo que entre los extremos del racionalismo, del empirismo, del idealismo, intelectualista o irracional y del existencialismo, el realismo gracias a la analogía, es capaz de descifrar racionalmente el misterio del ser del hombre concreto, y de su carácter personal, de su dignidad y de su ser moral o ético, porque el realismo integra en su saber el conocimiento intelectual y empírico o de experiencia. Lamentablemente esto no es una cosa fácil como quisiéramos que fuera porque la Filosofía como cualquier ciencia requiere de esfuerzo y tiene un instrumental que es el lenguaje preciso que exige el manejo de los conceptos y la garantía de que estos se conformen con la realidad objetiva.

Por todo esto, para profundizar en el tema de la persona, desde un plano filosófico­, es necesario partir, del ser como constitutivo formal de los entes, considerando como postulado (verdad demostrada y necesaria) a Dios como ser infinito e increado, Acto Puro de ser y a la persona humana que es el único ente corpóreo, fuera de Dios, que posee el acto de ser, de un modo propio (por su conocimiento y voluntad), aunque participado.

De hecho,  ningún filósofo griego y ningún filósofo moderno ni contemporáneo ha llegado a descubrir lo que hay en torno al tema de la participación del ser y por eso desacierta en el tema de la persona. Por su parte, la fenomenología existencialista ha acusado injustamente al tomismo de haber partido del ser y haberse quedado en el ser sin considerar la dimensión relacional de los entes y sobre todo de la persona. Los griegos no alcanzaron el plano de la participación o comunicación de la esencia. El mismo Aristóteles[3], que  descubrió la explicación del cambio y la multiplicidad de los seres por el acto y la potencia, se quedó en la esencia[4]. Se detuvo en la materia prima y la forma substancial, y en la materia segunda y la forma accidental. Se percató de que la materia participa de su acto que es la forma, pero no llegó al descubrimiento de la potencia y el acto del ser en cuanto ser, no descubrió la esencia y el acto de ser (esse).

Es hasta Santo Tomás de Aquino, diecisiete siglos después, que se descubre la teoría de la participación, en su verdadero sentido y aquí es necesario aclarar que si no se entiende esto, no se puede entender la relación y por lo mismo es difícil una buena fundamentación de la dignidad de la persona. Es necesario comprender la participación del ser en cuanto ser del que deriva todo valor y toda dignidad. Y para poder llegar a este descubrimiento, a Santo Tomás no sólo le sirvió la Filosofía aristotélica, sino dos grandes aportaciones de la Revelación cristiana: la creación del mundo exnihilo (desde la nada) que puede ser alcanzada por la razón sin necesidad de la fe, pero que lamentablemente no fue descubierta por los filósofos paganos; y la existencia de espíritus o formas puras fintas sin materia, o sea los ángeles que se conocen gracias a la Revelación Judeocristiana aunque son indemostrables desde el punto de vista puramente racional pero no contradictorios al orden establecido en el Universo y que dieron luz a la solución de este problema.

En efecto, crear es conferir el ser desde la nada, lo cual equivale a la participación del esse o acto de ser; en participar, comunicar o dar el ser a tal ser o esencia. Una cosa es, ser y otra muy distinta tener acto de ser dentro de los límites de una esencia creada, es decir, ser un determinado existente que pertenece a una especie[5].

Un ser es participado porque no es, sino que recibe su esse o acto de ser. La esencia metafísica o constitutiva de la participación es la capacidad de ser participado que consiste en la composición real de dos co-principios co-relativos que son la esencia y el acto de ser (esse)[6].

La finitud y la contingencia son propiedades esenciales que se deducen de la misma esencia del ser participado. El ser participado es finito, porque su acto de ser está limitado por su esencia. Un ente, es contingente, porque su esencia no es el acto de ser, sino que lo posee con indiferencia para tenerlo o no tenerlo.

En el caso de la persona humana, si analizamos la definición real esencial de hombre que expresa su esencia: animal racional, vemos que en esta no se incluye el acto de ser, es decir, no expresa si es o no realmente. Por eso sabemos, que ese acto de ser no proviene de la esencia que es su constitutivo material, y que no es el ser; tampoco proviene el ser de sí misma, sino que lo obtiene de otro ser que ya es y, en última instancia, de un Ser (con mayúscula) que no sea tal ser, es decir, de un Ser no compuesto de esencia y acto de ser, sino del Ser por sí mismo o Acto Puro de Ser no participado en el que Esencia y Acto de Ser se identifican.

La participación sólo puede entenderse desde el ser que nos es conferido inmediatamente y que es nuestro constitutivo formal pero que no es el Acto Puro de Ser puesto que es un acto de ser participado dentro de los límites de una esencia o constitutivo material que además, en el caso del hombre, este acto de ser está limitado no sólo por la esencia que nos distingue de otras especies, sino también por la materia que nos hace individuos únicos e irrepetibles dentro de la misma especie. Sin el Acto Puro de ser, sólo es posible la nada absoluta[7]. La participación o comunicación del ser, es la explicación filosófica de la existencia o acto de ser de los entes del mundo, incluyéndonos a nosotros mismos y es la fuente de nuestra dignidad y del criterio objetivo para determinar la naturaleza de nuestros actos humanos libres que es nuestra misma naturaleza. También la participación del ser nos ayuda a comprender la relación más importante de todas que es la relación con el creador.

Todas las demás soluciones filosóficas, incluyendo la de Platón que se detiene en la explicación de las esencias de tal ser, pero no del mismo ser y la de Aristóteles que no alcanza el plano de la esencia, y mucho menos del acto de ser (esse) sino que no llegó más allá de la materia y la forma como potencia y acto que explican la esencia, resultan incompletas y por lo mismo no son filosóficamente válidas. La esencia es lo que define, constituye a un ente en tal ente (constitutivo material) y el acto de ser es lo que actualiza o confiere realidad a ese ente, lo que lo hace realmente ser (constitutivo formal).

La esencia es lo que determina el modo de ser del ente, un modo o medida de ser, que hace que un ente sea tal ser y de tal modo de ser deviene, en primera instancia, su dignidad, no es lo mismo el ser de una piedra, de un vegetal, de un animal o una persona humana.

Pero además, cada esencia es un modo o capacidad real de ser que se constituye por su relación real y esencial al Ser del Ser Supremo. Sin el acto de ser, la esencia se pierde en lo impensable y en lo absurdo. Si no hay Acto Puro de Ser, no puede haber esencia. Por esta razón toda esencia es tal, por su relación al Acto Puro de Ser e implica este Acto de Ser como fundamento indispensable de su constitución. El Acto Puro de Ser, debe ser al menos posible (no implicar contradicción lógica), para que la esencia de existentes o cosas que antes no eran y ahora son, pueda constituirse como esencia y tener sentido.[8]

De modo que en Dios todo es sustancial, la esencia y la relación, también por ello, la relación queda identificada con el ser divino. Este ser substancial es el que confiere realidad a la relación y la hace existir subsistentemente y no de modo inherente. La convierte en relación subsistente, en una relación substancial[9].

De todo lo anterior se sigue que las esencias únicamente pueden ser por participación real del Acto Puro de Ser que las funda y constituye. Cualquier esencia o posibilidad de ser implica y es una relación esencial o entitativa al Acto Puro de Ser. De modo que las esencias participables o creadas se fundan en el Acto de Ser divino o Esencia divina y son formalmente participación del Entendimiento divino y su dignidad y bondad o maldad de su funcionamiento o comportamiento está en función del ser participado dentro de los límites de cada esencia, de cada naturaleza.

1.1 La Participación del ser como fundamento de la dignidad de la persona humana.

La primera participación del ser es lo que se ha llamado en la tradición occidental: Creación. En efecto, crear es comunicar o participar el ser total desde la nada[10]. “Si todo el ser es hecho, lo que es ser hecho, el ente en cuanto ente, es necesario que sea hecho totalmente de la nada”[11] Crear es comunicar el ser a una esencia, la cual, antes de recibirla en sí misma realmente no es, sino que se constituye como pura capacidad real de ser o capacidad real de participar del ser.

Sólo un Ser que siempre ha sido y siempre será, un Ser perfecto puede actuar como Causa creadora, lo que equivale a decir que es capaz de conferir el acto de ser total a una esencia, que antes realmente no era y que comienza a ser justo por la comunicación creadora del acto de ser.

Conviene enfatizar, que las esencias en sí mismas no son, sino que sólo son capacidades reales de ser, capacidades reales de participar del ser, capacidad real de ser, pero no son. Por eso las esencias son constituidas y no creadas. Sólo son o existen en Dios. Las esencias son capacidades reales de ser, sin llegar a ser realmente. Semejante realidad de la esencia se constituye por participación causal ejemplar necesaria del Ser o Esencia divina.

Además también se puede demostrar racionalmente que Dios es capaz de crear aunque realmente no hubiera creado nada. Porque en el Ser infinito todo es infinito, también su Potencia activa que, por eso es Omnipotencia creadora, conservadora y providente. De modo que si no comprendemos suficientemente esta relación y dependencia entre el ser participado y el Ser Por sí mismo, difícilmente comprenderemos la dignidad de la persona humana con suficiente claridad, profundidad y rigor científico.

No es difícil deducir que sólo Dios puede crear, porque los demás entes obran bajo la razón formal de tal ser, más no de simplemente ser. De aquí también se sigue que la acción creadora es siempre infinita. El efecto creado, participado o creatura, será siempre finita, pero la acción necesaria para crear, para comunicar el ser a una esencia desde la nada, es esencialmente infinita, porque sólo puede proceder de una potencia infinita capaz de obrar bajo la formalidad infinita de ser.[12]

Mientras los seres materiales participan y manifiestan a Dios, es decir, lo reconocen inconsciente y necesariamente; los seres espirituales, como el hombre y los ángeles, lo han de reconocer formal, consciente y libremente por el conocimiento y el amor así como por el conocimiento racional y la aceptación y cumplimiento libre de la ley o el orden establecido en su propia naturaleza.

1.2 La conservación de todo el universo participado para la comprensión de la dignidad de la persona humana.

Pero no basta con crear o participar el ser, sino que una vez creado el ente ex nihilo (de la nada), es preciso que Dios le conserve en su ser[13], esto es lo que se llama conservación. En efecto, conservar es mantener un ente en su ser[14]. Pero una cosa existente puede ser conservada en cuanto ser o en cuanto tal ser. En cuanto tal ser, los entes son conservados por las causas segundas o entes participados (procesos y causas físicas, químicas, biológicas, etc.) y esa conservación puede ser incluso indirecta impidiendo las causas que destruyen a un ente como cuando colocamos un trozo de carne en el refrigerador para que esta causa segunda evite el desarrollo de otras causas segundas que pueden descomponer al ente; o puede ser una conservación directa como los accidentes son conservados en la substancia o como una molécula, una célula o incluso un órgano o un organismo se mantiene y conserva en sí mismo por la combinación y la disposición de los elementos que lo constituyen.

Sin embargo, la conservación fundamental es la que se refiere al ser mismo. La cosas se conservan en su ser, de modo que cuando los entes se conservan en su tal ser, estos pueden transformarse en otros entes, pero cuando la conservación es en su ser, si estos entes dejaran de ser conservados, dejarían de ser totalmente, se aniquilarían. La razón de esto ya la hemos dicho y es que todos los entes participados tienen una composición fundamental de esencia y acto de ser y la esencia no posee el acto de ser o existencia sino que lo recibe y lo posee contingentemente, es decir, pudiendo no tener el acto de ser.

De lo anterior se sigue que para que el acto de ser comunicado a la esencia por la Creación continúe actuando en la esencia, es necesaria la intervención inmediata y continua del Acto puro de Ser que lo mantenga unido a la esencia. Eso es lo que hemos visto como conservación divina de todos los entes en su ser[15].

Los entes participados sólo pueden actuar como tales seres, como esencias que no son sino que contingentemente tienen el acto de ser. Sólo pueden transformar las esencias de los entes substancial o accidentalmente.

Pero además, el ser participado o contingente, no sólo es, sino que posee una naturaleza que le permite actuar y desarrollar o acrecentar su propio ser, y el ser de los demás, se trata de la causalidad segunda o de la causalidad de los entes participados, en el que la persona humana posee una especial dignidad por su misma naturaleza que le hace participar de un modo más perfecto del acto de ser.

Los entes creados no sólo son la ocasión para que Dios actúe como lo señala el error del ocasionalismo que niega la causalidad de los seres creados o participados. Los entes creados y sobre todo el hombre, son verdaderas causas de los efectos que producen. Nosotros mismos somos capaces de causar nuestros actos de entender, de querer, de realizar actos humanos libres y responsables, etc. Pero como en el ser participado, la esencia nunca es su acto de ser, sino que sólo lo posee contingentemente[16], entonces el rigor científico exige que para que un existente participado pueda actuar pasando de la potencia al acto se requiere otro ser en acto y en última instancia un Acto puro de Ser que no dependa de ningún otro para ser, porque una cadena infinita de seres imperfectos que no eran y ahora son y luego dejan de ser no puede explicarse a sí misma. Nuevamente se deduce que si no fuera por el Ser o el Acto Puro fuente de todo ser, los demás entes no podrían actuar y se detendría toda la acción causal de la serie de causas participadas.

1.3 El concurso y la dignidad de la persona humana.

Por todo lo anterior este tema de la dignidad de la persona, no queda completo si no se entiende la premoción y el concurso, porqueaunque los seres participados son realmente causas, necesitan de la acción inmediata del Ser en Acto o del Acto Puro que de razón del tránsito de la potencia al acto[17]. La acción y el efecto son totalmente y a la vez del existente participado y de Dios: de la causa creada proceden totalmente bajo la razón formal de tal ser; y de la Causa divina proceden totalmente, pero bajo la razón formal de ser.

Realmente existen la causalidad y el efecto de la creatura, pero su causalidad y efectos están hechos también por Dios bajo la razón de ser[18]. Y la acción y el efecto de la creatura son propiamente de la creatura porque no son acción y efecto de Dios para Dios mismo, sino que para Dios únicamente son efecto.

En la premoción, Dios no sólo tiene que concurrir con los entes participados para que éstos puedan actuar, pasando de la potencia al acto, sino que además tiene que pre-moverlos[19].

El ser participado está doblemente en potencia para su acto o acción de causar:

  1. Para llegar a tener el acto y
  2. Para llegar a hacerlo o tenerlo como realizado por él mismo.

Además, gracias al concurso, se explica que los entes participados puedan llegar a tener su acto; pero para que puedan llegar a causar el acto como suyo, se requiere de la previa moción del Acto de Ser o de Dios, que implica y es la Acción misma en acto, que la haga pasar de la potencia al acto, o sea, que la habilite para obrar. Esta acción previa de Dios es instantánea, y es lo que mueve a la causa segunda a su acción de causar o causalidad. No se trata de una acción para mover algo inerte y pasivo, sino para poner en movimiento la actividad propia de la causa creada.

De la nada no puede salir el ser, sin el concurso del ente que ya es, que está en acto de ser. Por eso, ha quedado asentado que la acción y el efecto son totalmente de Dios y de la creatura, bajo diferentes aspectos: la creatura lo realiza como tal ser, porque ella es esencia o tal ser y no es el ser, sino que lo tiene contingentemente. Y en cambio Dios lo hace bajo la razón de ser, porque Dios es el Acto Puro de ser. No es difícil deducir las implicaciones éticas que esto tiene en el caso de los actos humanos.

En suma, todo ser o es Dios o depende de Dios, como causa eficiente inmediata  permanentemente. La creatura es un ser esencialmente y totalmente participado. Es un ser participado en su esencia y en su acto de ser.

Fuera de Dios como Acto puro de Ser, nada puede ser que no dependa de Él inmediatamente y permanentemente.

Las esencias dependen del Ser de Dios por vía de la causalidad ejemplar necesaria. El ser de la creatura únicamente puede y debe proceder de Dios como Causa eficiente, inmediata y libre. Sólo Dios es. Ninguno fuera de Dios, es, en sentido estricto, por sí mismo, porque todo procede de Dios como acción creadora y conservadora, inmediata y eficiente.

Si Dios no actuase inmediata y eficientemente con la creatura, ésta no podría actuar, sería incapaz de pasar de la potencia al acto de ser, se paralizaría toda su actividad o causalidad.

2. La persona humana y su dignidad.

Una vez asentados estos principios fundamentales y ontológicos, es posible pasar al tema de la Persona y de la persona humana con sus constitutivos material y formal así como ubicar la relación predicamental en la persona creada. Hemos visto que la dignidad de la persona humana deviene de su esencia, de su acto de ser participado, de su incomunicabilidad e individualidad, de su carácter subsistente y por eso para entender la dignidad o el valor de la persona y el actuar humano objeto de la Ética, es necesario profundizar suficientemente en estos aspectos.

En efecto, en el tema de la persona Santo Tomás retoma la definición de Severino Boecio: “substancia individual de naturaleza racional”[20] y al explicarla resulta un sentido nuevo, y muy distinto al de Boecio. Santo Tomás aclara que por persona hay que entender una substancia primera, debido a que se añade la palabra individual.[21] La substancia primera es un individuo racional cuya racionalidad le hace ser más perfecta que otras substancias individuales no racionales, y que no son personas.

Luego aclara que con el término substancia se excluyen los accidentes (incluido el accidente relación) que son abstractos, nunca individuos o individuales y con la expresión de naturaleza racional se excluyen los seres puramente materiales, los vegetales y los animales irracionales que siendo substancias primeras, nunca pueden ser personas desde el momento en que no son racionales. Por último excluye que el alma humana separada del cuerpo sea persona, pues no es la substancia completa sino incompleta por ser sólo una parte del compuesto hilemórfico humano, que conserva su tendencia natural de unirse a él.[22] De esto se sigue que la persona es incomunicable, es decir, que es única e irrepetible, su dignidad o su valor trasciende a todo el universo físico o material. Pero esta incomunicabilidad no es un individualismo sino la fuente que le permite comunicarse en un nivel más perfecto que los demás seres de la naturaleza.

Además añade que si el término racional lo comprendemos en un sentido amplio, aplicable a cualquier entendimiento discursivo o no discursivo, la definición de persona se referirá a la razón común de singularidad sin referirse a alguna persona singular. La persona es un ente subsistente (tiene un esse propio y proporcionado a su esencia) de una naturaleza.[23]

Por lo tanto, la persona no es la esencia substancial individual, y tampoco la racionalidad es el constitutivo formal de la misma, (lo cual comprometería los derechos humanos de personas que no están en posibilidades de razonar) ni mucho menos la relación predicamental, pues la racionalidad y la relación predicamental o comunicabilidad (relacionalidad) son aspectos accidentales que sólo se relacionan de manera analógica con la relación que implica el compuesto hilemórfico.  La relación entre la potencia y el acto, la relación de la esencia y el ser no es idéntica a las dos del ente que son: la de la materia y la forma y la de la substancia y los accidentes. Precisamente porque, como lo he dicho al inicio de este discurso, aunque la esencia y el ser se comportan como constitutivos material y formal del ente, no se relacionan como la materia y la forma o la substancia y los accidentes, porque los dos constitutivos del ente: la esencia y el ser, pertenecen a un orden distinto e irreductible al de las categorías y al substancial.

De modo que, como lo he venido sosteniendo: la relación en cuanto tal, no incluye su <ser en> -que la constituye como accidente y que es el elemento común o genérico con los otros accidentes-, por el que se distingue de la substancia y por el que se compone con ella. Lo propio de la relación, lo que la constituye como tal y no como accidente, es el <ser a>. La relación en sí misma, por ello no incluye el <ser en>, la inherencia, el adherirse intrínsecamente a otro.

Ahora sí podemos afirmar, que la relación NUNCA es el constitutivo de la persona, como lo sostiene el personalismo fenomenológico o existencialista.

Por eso para la Filosofía realista, es importante distinguir el aspecto accidental de la relación predicamental que es su <ser en otro> de la dimensión específica de la relación que es su <ser a> otro. Esto tampoco significa que el realismo sea individualista porque precisamente puede haber relación porque hay ser. El ser es el fundamento de la relación y por tanto de la sociedad y de la sociabilidad basada en la solidaridad y en última instancia en la caridad.

En lo que se refiere a la relación entre el Creador y las criaturas, esta no es mutua, porque aunque se afecta a los dos términos de la relación, sólo se da inmutación de uno solo. Dios no cambia, ni se muda, es siempre lo mismo. Es Creador y Conservador, pero realmente Él no cambia, son las criaturas que van apareciendo y desapareciendo.

De modo que, volviendo a la  persona creada y en este caso a la persona humana, esta incluye los mismos elementos que el ente, la esencia (potencia) y el esse (acto de ser), pues la persona creada significa una cierta naturaleza y un cierto modo de existir que es la subsistencia, y, por eso se concluye necesariamente, que su constitutivo formal es el esse o acto de ser propio aunque participado que es su causa, y el constitutivo material de la persona creada es la esencia substancial individual, tanto en el plano entitativo o del ser, como en el plano esencial o del pensar.[24]

El acto de ser (esse) se compara a la esencia como el acto a la potencia y por eso son el constitutivo material y formal del ente y de la persona creada, ya que se comportan como la materia y la forma de la esencia substancial.[25]

Es de este modo, como la persona es una substancia que se define por el orden al acto de ser en sí, o por el orden a la subsistencia, en la independencia, en su mismo existir, respecto de todo sujeto de inhesión. La supositalidad o la personalidad individual de la persona implica así la incomunicabilidad con otros de los cuales se distingue desde el momento en que el propio acto de existir como tal ente (persona humana), lo termina, lo constituye en subsistente, lo in-comunica ontológicamente, de aquí que sea una totalidad substancial incomunicada, precisamente en virtud de su último acto que es el acto de ser, el esse.[26] Aunque paradójicamente, como lo he dicho, gracias este acto de ser, la persona está abierta a la comunicación y a una comunicación más perfecta a base de actos humanos libres y responsables, a la solidaridad y al bien común como fin último individual y social. La absoluta incomunicabilidad metafísica de la persona no impide la comunicación o relación por el entendimiento y la voluntad, sino que por el contrario, la posibilita, si no hay ser no puede haber relación.  Es la incomunicabilidad metafísica de la persona humana la que le permite ser verdadero sujeto consciente de sí mismo y de entender y querer, de actuar, y por estas vías, relacionarse o comunicarse y comprometerse con el bien de otras personas que son su prójimo, sus semejantes. Esta incomunicabilidad es fundamento de su eminente dignidad y de la posibilidad de realización de actos humanos libres y responsables.

En efecto, en lo que se refiere a la dignidad de la persona humana, es necesario partir como lo hemos hecho en esta exposición, del ser de la persona y de esta incomunicabilidad anterior y necesaria para expresar que la persona no es la otra ni lo otro, que tiene sus propios límites metafísicos por lo que cualquier tipo de comunicación de la persona debe respetar y partir de esta incomunicabilidad ontológica que es su fundamento y además es causa de su dignidad. La persona es una individualidad intransferible, que expresa su unidad interna y que evidencia su distinción de los demás, y mientras la persona sea más una, más distinta, más sí misma y no otra,  paradójicamente, será más capaz de comunicarse de una manera más perfecta con las demás. Y es que al mismo tiempo que la persona es incomunicable por el esse propio de cada una aunque participado, al mismo tiempo el ser que incomunica es lo que nos es común con otras personas.[27] Y además de esta unidad e integridad hay que añadir la unidad e integridad del pensar y el obrar humano que se refiere a la unidad e integridad moral y que también es un factor importante de la dignidad de las personas. En el plano moral una persona puede ser más digna que otra si es más íntegra, si sus actos humanos libres se realizan con integridad y conforme a su conciencia debidamente instruida por la objetividad del orden natural.[28]

La persona es una unidad sintética, de modo que no hay un sólo acto propio de esta unidad que no incluya o implique el todo, y el todo implica cada uno de sus actos. La subsistencia que es una de las principales características de la dignidad personal, se refiere a que la persona es un ente autónomo e independiente en sentido metafísico independientemente de sus capacidades que pueden verse disminuidas o comprometidas y de su obrar moral que puede realizarla como persona o frustrarla.

La persona expresa lo subsistente en tal esencia: el ente subsistente.[29] Además no hay que identificar el acto de ser (esse) con la existencia, lo que aparece o la mera presencia de la realidad del ente que es un efecto del esse.[30] El acto de ser o esse convierte a la esencia en ente y hace que el ente exista.

De todas las substancias individuales, sólo son supuestos o personas los que subsisten, no sólo las esencias individuales sino las esencias individuales que subsisten, aquellas en las que la existencia representa el subsistir, es decir, aquellas que participan de un grado mayor del acto de ser. Por eso las partes de un sujeto, por ejemplo un órgano, aunque sea substancia o más bien una parte substancial cuando está en el cuerpo, no es persona porque no subsiste, no existe per se et in se, no participa del ser de una manera tan perfecta como la persona, y por lo mismo no es sujeto de derechos, pero definitivamente si lo es la persona. En el caso de los órganos hay que considerarlos siempre en función de la persona como valor principal. Para todo esto existe una jerarquía objetiva y ontológica de valores que hay que considerar pero que sería objeto de otra exposición.

Por otra parte, de todo esto se deduce también, que este caso de los órganos o partes substanciales, no es el caso del cigoto,  embrión o feto humano que no es un órgano, ni es una parte substancial, porque tiene un esse subsistente desde el momento de la concepción ya que su forma espiritual o esse propio es el que informa, da unidad y vida a la materia para que se desarrolle como persona humana y no como otra cosa, o incluso, como lo he sostenido en otros trabajos[31], si se trata de dos formas substanciales, pueden producirse dos seres humanos monocigóticos por bipartición de una célula original en tanto la materia o agregado molecular está en potencia que es capacidad real de acto, -en ese estadio del desarrollo- de recibir la información de las formas substanciales que pueda participar Dios en el momento de la concepción o en el que así convenga por la disponibilidad de la materia (que tengo entendido permite esto hasta varios días después de la fecundación).

De modo que, continuando con el tema de los fundamentos de la dignidad de la persona, la esencia o naturaleza y el acto de ser o esse son los constitutivos material y formal de la persona respectivamente. Y en lo que se refiere a la naturaleza o esencia, ésta no es el supuesto, ni tampoco hay que pensar que la persona es el compuesto de naturaleza y esse como si fuera un elemento resultante de la composición de los dos anteriores, más bien la naturaleza y el esse son los constitutivos de la persona en los que el esse puede considerarse en las personas humanas como un constitutivo extrínseco si se considera a la persona desde un punto de vista denomintativo o esencial o bien intrínseco si vemos a la persona según su acepción formal o sea real, es decir, desde el plano lógico o desde el plano ontológico.

  1. El principio de individuación como elemento fundamental para la fundamentación de la dignidad de la persona humana.

Pero además de los constitutivos material y formal de la persona, para la comprensión de la persona humana es importante comprender su principio de individuación que no es lo mismo que individualismo. Ser un individuo es la misma cosa que ser, de modo que lo que no tiene individualidad o singularidad, no puede tener ser. Por eso es importante para un estudio completo de la persona, considerar la individualización de Dios, la del ángel, la del hombre y la de los seres puramente corporales.[32]

Y en este caso, el individuo también puede considerarse de dos maneras: Lógica y ontológicamente. Lógicamente la palabra individuo se opone a universal (substancias segundas); la naturaleza individua se opone a la naturaleza universal o en abstracto  aunque como lo hemos dicho, el término individuo sólo puede aplicarse con rigor a los individuos corpóreos y materiales aunque analógicamente se aplica a los entes vivientes, a los puramente espirituales y a Dios.  Ontológicamente individuo implica tres cosas.

  1. Ser un todo completo en número y especie.
  2. Unidad numérica o indivisión interna en cuanto a la razón de substancia.
  3. Distinción e incomunicabilidad respecto a los demás sujetos o individuos substanciales.

De modo que el individuo substancial tiene distintos nombres: substancia primera, como contrapuesto a substancia segunda (universales), hoc aliquid suppositum (traducción de la palabra griega hypóstasis, lo que está debajo, y que equivale etimológicamente a sub-stancia), persona cuando se trata, de un supuesto de naturaleza espiritual[33]. El individuo substancial es un todo, que se concibe en el orden lógico y se produce en el orden ontológico, con todas sus partes esenciales completas. En el caso de los seres corpóreos, cada individuo tiene su materia y su forma, ni la una ni la otra por separado son el ente, sino que lo es sólo el compuesto.[34]

Y dada la variedad de individuos, el principio de individuación tampoco puede ser unívoco, sino más bien análogo, de modo que a cada esencia distinta o a cada orden de esencias le corresponde un principio de individuación distinto conforme a su naturaleza. No podemos hablar de un mismo principio de individuación para todos los seres, no es lo mismo el principio de individuación en Dios, que en las substancias simples (ángeles) o en las substancias corpóreas.

De tal modo que en Dios, el principio de individuación y el principio de ser se confunden. Al ser una esencia absolutamente simple y pura, su esencia se identifica con su ser.[35] Por lo tanto, la esencia de Dios es individua por sí misma, por existir por sí, y por eso Dios es uno e infinito, no puede multiplicarse numéricamente, no hay ni puede haber muchos dioses. Filosóficamente, Dios es una sola esencia individua que excluye totalmente su pluralidad. Teológicamente hemos dicho que el principio para distinguir las Tres Divinas Personas se da a partir de las Relaciones Subsistentes. En la Trinidad, la distinción de personas radica en función de las Relaciones Subsistentes, pero no de la relación predicamental, ni considerando el <ser en> otro sino <el ser a> porque todo lo que en el mundo es predicamental en Dos es su misma esencia.]Por eso es importante el carácter analógico de la distinción de personas humanas, angélicas y divinas. Por eso también resulta incorrecto definir a la persona humana como relación, puesto que en este caso caeríamos, o bien en deificarla confundiéndola con la Relación Subsistente, o en degradarla ontológicamente al confundirla con el accidente relación.

Las creaturas tienen una diferencia esencial respecto a Dios, se trata de seres contingentes, cuya esencia no se identifica con su acto de ser y esto hace posible su multiplicación en esencias distintas (ángeles) y en individuos numéricamente distintos en el caso de las personas humanas y los seres corpóreos.[36]

De todo esto se sigue que el principio de individuación análogo no pueda ser el mismo para Dios, para los ángeles y para las personas humanas. Mientras Dios es Acto Puro, los ángeles, se individualizan por su esencia creada y las creaturas materiales se individualizan por su esencia como especie y por la materia como individuos singulares concretos.

La forma accidental de la cantidad no puede preceder a la substancial; el principio de individuación en las substancias corpóreas es la materia signata quantitatae que es el cuerpo material extenso, físico.[37]

En los seres corpóreos las formas substanciales se individualizan por su recepción inmediata en la materia prima y el accidente se individualiza por su recepción en la substancia, que es el sujeto. En cuanto al accidente cantidad, ya individualizado por su recepción en la substancia, sirve a su vez de principio de individuación en cuanto hace posible la división de las partes que antes estaban en potencia en esa misma substancia.[38]

La cantidad, por sí misma no causa la multiplicación, sino que tanto la corporeidad de la substancia como el accidente cantidad únicamente hacen posible la multiplicación que debe ser realizada por una causa eficiente extrínseca. La cantidad no causa la substancia corpórea individua, ya perfectamente constituida antes de su advenimiento, lo que hace es hacer posible que esa substancia pueda multiplicarse numéricamente en muchos individuos substanciales distintos dentro de la misma especie, cada uno con su propia cantidad, como accidente que resulta de cada una de esas nuevas substancias. El individuo substancial es el término de una generación substancial, en la cual, gracias a la acción de la causa eficiente, un nuevo existente pasa de la potencia al acto.

Con todo esto es importante concluir que para la constitución de la persona humana y para fundamentar su dignidad, no basta el alma espiritual, la inteligencia, la consciencia, la voluntad, la libertad, su cuerpo organizado. La persona humana es temporal y móvil (histórica) pero no es tiempo, ni movimiento, ni relación, ni cualquier otra circunstancia predicamental.[39]  Y además, hemos visto que es muy importante distinguir a la persona de la relación predicamental.[40]

En las creaturas no puede haber distinción de personas por las relaciones, las personas deben distinguirse por principios esenciales, porque en las creaturas las relaciones no son subsistentes.[41] Desde luego también hay que excluir del constitutivo de la persona humana la relación social o alteridad.[42] No somos personas por ser otro en relación con otro hombre o mujer, sino que por ser personas podemos estar abiertos dinámicamente a la interacción social. Es un grave error confundir la relación con el constitutivo formal de la persona creada, puesto que sobretodo en el caso de la relación predicamental, esta no es subsistente, y si tratamos de llevar la relación a un nivel supra-predicamental o Relación Subsistente, confundimos a la persona humana con las Personas divinas. El hecho de que en la significación de la persona divina se contenga la relación, y en las personas angélicas y humanas no se contenga, no significa por eso que el nombre de persona sea equívoco pues hemos demostrado que es análogo, si consideramos el aspecto de la relación en su dimensión que le es propia y específica, la respectividad o referencia a otro, el <ser a> otro y no su aspecto accidental que es <ser en> otro[43].

La persona es lo más perfecto de toda la naturaleza[44] y la persona humana, aunque no pueda existir más que circunstanciada y relacionada, su ser es mucho más que circunstancia y relación.[45] Es el acto de ser subsistente lo que constituye formalmente a las personas creadas. Mientras las Relaciones Subsistentes con el Acto puro de Ser Subsistente por Sí mismo  de Dios es lo que distingue a las Personas Divinas que se relacionan subsistentemente de modo distinto con su Acto Puro de Ser.

En parte igual y en parte distinto porque la realidad y el ser no es unívoco ni equívoco sino análogo con analogía de proporción intrínseca, es decir, fundada en las relaciones de causa-efecto en la que Dios es el analogado principal y los entes los analogados secundarios a los que participa formalmente el ser. Y con analogía de proporcionalidad propia en tanto que el ser se da en los entes en distintas proporciones pero siempre en la realidad y no únicamente en la apariencia.

De todo lo anterior podemos concluir la importancia de partir de un adecuado concepto de persona para comprender su dignidad y poder fundar en ella el análisis de los derechos humanos que de su misma naturaleza emanan. La analogía es el método filosófico del realismo metafísico, que supera por mucho la metodología empírico-científica y fenomenológica que si bien puede contribuir a enriquecer el conocimiento fenoménico de las cosas, por ningún motivo conviene considerarla como un método estrictamente filosófico, porque la Filosofía realista exige alcanzar el ser y no quedarse en la dispersión del fenómeno.

Sólo con todos estos elementos que hoy hemos resumido podemos tener una plataforma segura que garantice el conocimiento de los derechos que se desprenden de la misma naturaleza de la persona humana; del orden natural que mediante la investigación rigurosamente científica podemos determinar procediendo de los efectos a las causas. Pero el tema de la ley natural y los derechos humanos que se deducen de esta concepción realista de la persona, es tema de otra exposición. La persona es un individuo cuyo ser que le viene del creador, le permite relacionarse con Él, con la Verdad y el Bien y con el universo y sus semejantes en la búsqueda de un bien que es común; el verdadero bien de todas y cada una de las personas humanas, y en ese bien el de todo el universo creado.

Muchas gracias.

 

 

 

 

 

 

  1. Ante las afirmaciones de algunos pensadores personalistas[46], es decir, fenomenólogos o existencialistas contemporáneos acerca de que desde el tomismo es imposible entender el carácter relacional de la persona porque       -según la postura fenomenológica- el tomismo parte del ser mismo, profundizando en él pero sin salir del ser hacia el otro. He preparado esta breve exposición sobre los constitutivos material y formal de la persona y su comunicabilidad o “relacionalidad” en el pensamiento analógico de Santo Tomás de Aquino. De modo que el objeto material de este trabajo no consiste en la exposición de la postura personalista, sino en presentar y profundizar, en los constitutivos material y formal de la persona y su comunicabilidad, bajo el objeto formal del pensamiento filosófico y teológico, es decir analógico, de Santo Tomás de Aquino.

Y es que, con toda certeza, me atrevo a afirmar que por sus principios ontológicos perennes, el tomismo es el único sistema capaz de solucionar el problema planteado por el pensamiento actual: el ser del hombre existente concreto e histórico, su ser personal y el carácter analógico de la persona humana respecto a las personas angélicas y divinas incluido el caso de Jesucristo en quien se integran la naturaleza humana y divina en la persona del Verbo.

Entre los extremos del racionalismo, del empirismo y del idealismo, intelectualista o irracional, el tomismo gracias a la analogía, es capaz de descifrar racionalmente el misterio del ser del hombre concreto, y de su carácter personal, analógicamente con las personas angélicas y divinas, porque el tomismo integra en su saber el conocimiento intelectual y empírico o de experiencia.

Por eso, para lograr este objetivo, desde un plano filosófico­-teológico, es necesario partir, con Santo Tomás, del ser como constitutivo formal de los entes, considerando a Dios como ser infinito e increado, Acto Puro de ser y a la persona creada que es el único ente corpóreo, fuera de Dios, que posee el acto de ser, de un modo propio (por su conocimiento y voluntad), aunque participado. Es así como intentaré resaltar el carácter participable o comunicable del ser, es decir, el modo como se da la relación del ser o acto de ser (esse) tanto en el plano metafísico-teológico, es decir, desde Dios hacia los entes; como en el plano ontológico-antropológico, considerando no sólo la creación, participación o comunicación del acto de ser y de la esencia, sino la conservación,  premoción y concurso de este acto de ser que constituye la base fundamental del  pensamiento de Santo Tomás y que, justo por ser analógico, nos permite entender cualquier otro tipo de comunicación o relación que pueda darse en torno a las personas humanas, angélicas o divinas incluida, como lo he dicho, la unión hipostática de Jesucristo.

1.La participación del ser y de la esencia

Para hacer un poquito de historia, recordemos que el tema de la participación del ser o de la comunicación del ser, es un tema clásico estudiado por los colosos griegos especialmente por Platón[47]. Platón descubrió la verdad metafísica de la participación, porque supo ver con claridad que todo lo que en el universo hay de imperfecto supone y es por participación de lo perfecto[48]. Platón descubrió que lo múltiple supone y es siempre por lo uno y que las cosas buenas suponen y son por la bondad, las cosas verdaderas son y suponen la verdad y las cosas bellas son y suponen la belleza. Platón fue el primer pensador que descubrió que todo este mundo finito y contingente no es ni puede ser por sí mismo, sino que se funda y es participado de otra realidad, que es por sí misma y, por tanto, infinita y necesaria[49].

Sin embargo, Platón no pudo descubrir cómo se realiza la participación o comunicación del ser, porque no llegó a comprender la esencia de la participación, y por esa razón tuvo algunos errores porque no pudo distinguir entre las propiedades trascendentales que se identifican con el ser en cuanto ser, y las perfecciones predicamentales de las esencias de ser.

Platón no observó que las propiedades o perfecciones trascendentales, no tienen imperfección aunque puedan darse en grados limitados e imperfectos en los entes. No se percató de que el ser, la unidad, la verdad, la bondad y la belleza, así como otras propiedades trascendentales que se derivan de estas, son co-extensivas con el ser y no tienen imperfección aunque en la realidad puedan existir imperfectamente y limitadamente en los entes concretos.

El mismo error tuvo con respecto a la inteligencia y la voluntad o amor, identificadas en los grados supremos o espirituales de ser, respectivamente con la verdad y la bondad. Platón no se dio cuenta de que estas perfecciones aunque pueden existir en grado ilimitado formalmente como tales, porque no encierran imperfección alguna; no sólo es posible que existan, sino que deben existir en grado infinito, porque su existencia finita y contingente, sólo es posible, por la participación del Ser, Unidad, Verdad, Bondad y Belleza no participadas por darse en modo perfectísimo en el Ser Absoluto de Dios. De hecho ahora sabemos que la unidad es el ser en cuanto no dividido; la verdad es el ser en cuanto inteligible, objeto de la inteligencia; la bondad es el ser en cuanto apetecible, objeto de la voluntad y la belleza es el ser en cuanto contemplado y gozado por la inteligencia. Platón no alcanzó a ver que las perfecciones predicamentales incluyen imperfección en su misma esencia.

Pero además, al no distinguir entre estos planos: trascendental perfecto y predicamental imperfecto, llevó al plano trascendental, no sólo la unidad, la verdad, la bondad y la belleza de las cosas concretas, sino que llevó todas las nociones como perro, loro, gato, caballo…. al orden trascendental.[50] Platón llevó al grado trascendental las perfecciones predicamentales que son esencias finitas y que no pueden existir más que de modo participado porque de lo contrario serían el Acto Puro de ser y se confundirían con el Ser infinito[51]. De hecho, este es el error que desemboca en el Panteísmo que identifica las perfecciones predicamentales con Dios.

Y es que en el fondo, Platón confundió el plano lógico con el plano ontológico. Porque las perfecciones predicamentales son por participación lógica o puramente mental de las mismas en grado perfecto y no participado. Pero esas perfecciones no existen en la realidad sino sólo en la inteligencia humana. El hombre se puede concebir como animal en la mente, pero en la realidad extramental existen Alicia, Silvia, Mario, Antonio… que comparten como individuos el género o la especie animal.

Estos errores se deben a que Platón no descubrió la distinción entre esencia y acto de ser o esse, y por lo mismo no distinguió entre el acto de ser o el ser en cuanto ser y lo confundió con la participación del ser en tales esencias. Las Ideas en Platón son las Esencias no participadas y los seres del mundo son, esencias participadas de aquellas. Platón no alcanzó la participación del ser que es lo que otorga actualidad o realidad a los entes.

De hecho,  ningún filósofo griego llegó a descubrir lo que hay en torno de la participación. Los griegos no alcanzaron el plano de la participación o comunicación de la esencia. El mismo Aristóteles[52], que  descubrió la explicación del cambio y la multiplicidad de los seres por el acto y la potencia, se quedó en la esencia en la cuestión del acto y la potencia[53]. Se detuvo en la materia prima y la forma substancial, y en la materia segunda y la forma accidental. Se percató de que la materia participa de su acto que es la forma, pero no llegó al descubrimiento de la potencia y el acto del ser en cuanto ser, no descubrió la esencia y el acto de ser (esse).

Es hasta Santo Tomás de Aquino, diecisiete siglos después, que se descubre la doctrina de la participación, en su verdadero sentido. La participación del ser en cuanto ser. Para poder llegar a este descubrimiento, a Santo Tomás no sólo le sirvió la Filosofía aristotélica, sino dos grandes aportaciones de la Revelación cristiana: la creación del mundo exnihilo (desde la nada) que puede ser alcanzada por la razón, pero que lamentablemente no fue descubierta por los filósofos paganos; y la existencia de espíritus o formas puras fintas sin materia, o sea los ángeles que se conocen gracias a la Revelación Judeocristiana. En efecto, crear es conferir el ser desde la nada, lo cual equivale a la participación del esse o acto de ser; en participar, comunicar o dar el ser a tal ser o esencia. Ya desde este punto se pone de manifiesto el error de quienes afirman que el tomismo se queda en el ser y profundiza en el ser, sin tomar en cuenta la relación o lo que llaman “relacionalidad” o comunicabilidad del ser, que en realidad es respectividad o referencia a otro.

Y es que en el fondo, el personalismo y el existencialismo no entendieron el ser, porque el método fenomenológico no puede ser un método filosófico en sentido estricto, porque no trasciende, como su nombre lo dice,  los fenómenos o apariencias. El personalismo fenomenológico no entendió la relación porque no comprende el accidente relación como respectividad, o referencia a otro, el <ser a otro> que constituye a la relación en cuanto tal y que no incluye su <ser en> que es lo que  constituye a la relación como accidente[54], en cuanto es el elemento común con los otros accidentes.

De hecho veremos que la relación entre la esencia y el ser es posible, sin ser estos substancias o accidentes, porque en la relación de esencia y ser, no se significa el aspecto accidental de la relación, su ser <en otro>, sino que sólo se significa otra dimensión de la relación, que es la propia o específica: la respectividad o referencia a otro, el <ser a otro> que se da en el ser sin añadir nada real.[55] Esto sucedió porque con el método fenomenológico no es posible pasar del fenómeno al fundamento que es la realidad del ser.

Santo Tomás alcanzó una gran profundidad que supera a los demás, porque se percató de que los ángeles, espíritus puros o formas puras sin materia creados, exigían una limitación fuera de la materia que es el principio de individuación de los seres corpóreos. Esta limitación de potencia y acto, es la esencia y el acto de ser o esse. Los ángeles son formas puras e ilimitadas en su acto esencial y por lo tanto, no se individualizan por la materia, no son individuos porque no son multiplicables dentro de la misma especie, pero reciben su acto de ser de un modo contingente dentro de los límites de sus esencias (potencia). Los ángeles no son el Acto Puro de ser, no son el ser imparticipado o increado, porque su esencia no es simplemente ser, sino que participa y tiene el acto de ser. Una cosa es, ser y otra muy distinta tener acto de ser dentro de los límites de una esencia creada[56].

La esencia de los ángeles no es simplemente ser  sino que participa y tiene el acto de ser. El ser participado está constituido, por la composición real de esencia y acto de ser o esse. Un ser es participado porque no es, sino que recibe su esse o acto de ser. La esencia metafísica o constitutiva de la participación es la capacidad de ser participado que consiste en la composición real de dos co-principios co-relativos que son la esencia y el acto de ser (esse)[57]. Santo Tomás descubrió que esta relación esencia y ser, no es idéntica a las otras dos relaciones del ente, la de la materia y la forma y la de la substancia y los accidentes. Porque aunque la esencia y el ser se comportan como constitutivos material y formal del ente, no se relacionan como la materia y la forma o la substancia y los accidentes, debido a que los dos constitutivos del ente: la esencia y el ser, pertenecen a un orden distinto e irreductible al categorial (substancia y accidentes), la esencia y el esse, no sólo se distinguen realmente, como los otros constitutivos del ente, sino que además pertenecen a un orden distinto e irreductible al categorial y al substancial. La clave del problema está en que en el plano entitativo o real del ser (ontológico) -al que me referiré más adelante- donde están situados la esencia y el ser, las relaciones materia-forma y potencia-acto, tienen un sentido análogo a las que se dan en el plano esencial (lógico) y que fueron descubiertas por Aristóteles.

La finitud y la contingencia son propiedades esenciales que se deducen de la misma esencia del ser participado. El ser participado es finito, porque su acto de ser está limitado por su esencia. Los entes creados no son el ser sino que son tal ser. Un ente, es contingente, porque su esencia no es el acto de ser, sino que lo posee con indiferencia para tenerlo o no tenerlo. Porque la esencia creada no es el acto de ser ni incluye el acto de ser en sí misma; porque si su acto de ser fuera su esencia, estaría incluido en su definición, y esto no es así aunque de hecho haya una relación esencial de la esencia creada con el Acto Puro de Ser de Dios, sin el cual no pueden ser las esencias participadas ni puede ser el acto de ser participado dentro de los límites de esas esencias.

Si analizamos la definición real esencial de hombre que expresa su esencia: animal racional, vemos que en esta no se incluye el acto de ser, es decir, no expresa si es o no realmente. Por eso sabemos, que ese acto de ser no proviene de la esencia que es su constitutivo material, y que no es el ser; tampoco proviene el ser de sí misma, sino que lo obtiene de otro ser que ya sea y, en última instancia, de un Ser (Dios) que no sea tal ser, es decir, de un Ser no compuesto de esencia y acto de ser, sino del Ser por sí mismo o Acto Puro de Ser no participado en el que Esencia y Acto de Ser se identifican.

La participación sólo puede entenderse desde el ser que nos es conferido inmediatamente y que es nuestro constitutivo formal pero que no es el Acto Puro de Ser puesto que es un acto de ser participado dentro de los límites de una esencia o constitutivo material que además, en el caso del hombre, este acto de ser está limitado no sólo por la esencia como en los ángeles sino también por la materia.

Es claro que el ser participado no puede ser si no hay un Ser que no sea participado sino que sea Acto Puro y no participado de Ser. En el realismo metafísico tomista, únicamente por el Ser en sí (Dios), pueden llegar a ser, o participar del ser todos aquellos entes que no son, sino que tienen finita y contingentemente el ser. Sin el Acto Puro de ser, sólo es posible la nada absoluta[58].

La participación o comunicación del ser, es la explicación filosófica de la existencia o acto de ser de los entes del mundo, incluyéndonos a nosotros mismos.

Todas las demás soluciones filosóficas, incluyendo la de Platón que se detiene en la explicación de las esencias de tal ser, pero no del mismo ser y la de Aristóteles que no alcanza el plano de la esencia, y mucho menos del acto de ser (esse) sino que no llegó más allá de la materia y la forma como potencia y acto que explican la esencia, resultan incompletas y por lo mismo no son filosóficamente válidas. De tal suerte que, en esta discusión filosófica es importante destacar la relación propia o específica de la respectividad o referencia a otro, el ser <<a otro>>, la relación en sí misma: “si consideramos […] las relaciones en cuanto relaciones, hallaremos que son concomitantes y no intrínsecamente inherentes, ya que significan una respectividad como tangencial a la cosa relativa, en cuanto desde ella tiende a otra”[59] que en este caso, resulta de la participación del ser entre Dios y el ente creado[60]. Cosa que tampoco alcanzó el personalismo por no ir más allá de los fenómenos.

Todos los existentes del mundo son por participación de las perfecciones trascendentales y están constituidos, a la vez, por perfecciones predicamentales. Todo ser finito y contingente es por participación real del Acto Puro de Ser no-participado en quién se identifican, en grado infinito, las perfecciones trascendentales de modo real y formal. De modo que las perfecciones predicamentales de las esencias finitas, participan de modo real y eminente y se encuentran eminencial e infinitamente en Dios: “Todo lo que en las criaturas tiene de ser accidental, trasladado a Dios tiene ser sustancial: nada pues está en Dios como accidente en el sujeto sino que todo lo que está en Dios es su misma esencia”[61]. Eminencialmente significa el modo en que se encuentra en Dios  toda la perfección de algo predicamental, sin su esencial limitación. Por ejemplo, Dios, sin ser cuerpo posee toda la perfección del cuerpo sin su esencial limitación corporal. De tal suerte que, en todo ser participado hay una distinción real entre su esencia y su acto de ser[62], es decir, hay una distinción entre: por lo que un ente es tal ente y por lo que ese mismo ente es.

La esencia es lo que define, constituye a un ente en tal ente (constitutivo material) y el acto de ser es lo que actualiza o confiere realidad a ese ente, lo que lo hace realmente ser (constitutivo formal).

La esencia es lo que determina el modo de ser del ente, un modo o medida de ser, que hace que un ente sea tal ser.

Pero además, cada esencia es un modo o capacidad real de ser que se constituye por su relación real y esencial al Ser de Dios. No se trata de un accidente relación predicamental entre el ser participado y la esencia creada como si el ser fuera algo sobreañadido a la esencia, sino que el Acto de Ser de Dios participado es constitutivo formal de la esencia, lo cual NO equivale a decir que la esencia creada es el acto de ser ni que este acto de ser de la esencia creada provenga de ella misma, más bien es lo que la hace esencia, aunque se trate de una esencia y un ser participados del Acto Puro de Ser. Sin el acto de ser, la esencia se pierde en lo impensable y en lo absurdo. Si no hay Acto Puro de Ser, no puede haber esencia. Por esta razón toda esencia es tal, por su relación al Acto Puro de Ser e implica este Acto de Ser como fundamento indispensable de su constitución. El Acto Puro de Ser, debe ser al menos posible (no implicar contradicción lógica), para que la esencia pueda constituirse como esencia y tener sentido. Pero un Acto Puro de Ser, no puede ser puramente posible, sino que debe ser necesariamente, porque si tal Ser fuera únicamente posible, no podría llegar a existir y por lo mismo sería imposible.[63]

De modo que en Dios todo es sustancial, la esencia y la relación, también por ello, la relación queda identificada con el ser divino. Este ser substancial es el que confiere realidad a la relación y la hace existir subsistentemente y no de modo inherente. La convierte en relación subsistente, en una relación substancial[64].

De todo lo anterior se sigue que las esencias únicamente pueden ser por participación real del Acto Puro de Ser que las funda y constituye. Cualquier esencia o posibilidad de ser implica y es una relación esencial o entitativa al Acto Puro de Ser, Dios.

De modo que las esencias participables o creadas se fundan en el Acto de Ser divino o Esencia divina y son formalmente participación del Entendimiento divino.

Dios funda infinitos modos finitos capaces de participar de Sí como Modelo de infinita Perfección, que es el Ser o Esencia divina[65]. Estas esencias o participabilidades de ser, están necesariamente fundadas en la Esencia o Ser de Dios, pero como infinitos modos finitos capaces de existir fuera de Dios ya que en Dios no cabe nada finito. (Spinoza cometió el error de incluir o identificar los modos finitos de las esencias, con la Esencia divina o Acto de Ser de Dios).[66]

La Esencia divina como modelo de infinita Perfección funda las esencias como posibles de existir fuera de él. La Esencia divina es la causa ejemplar de la que participan y se fundan todas las esencias. Dios ve en sí mismo los infinitos modos finitos capaces de existir fuera de Sí mismo. Las esencias son por participación necesaria del Acto puro de Ser de Dios: de su Esencia, que las funda, y de su Entendimiento que las constituye[67].

Las puras esencias son pura capacidad real de ser (potencia), pero no tienen acto de ser, no poseen acto en sí mismas, son pura potencia o capacidad real de ser, pero no son acto de ser. Son objeto del Pensamiento de Dios que las constituye. Las esencias de las cosas creadas son por el Acto Puro de Dios (extrínseco a ellas) en el que se fundan y en el que son como objeto de su Pensamiento (Omnipotencia).

Sin embargo, las esencias, como potencia que son, poseen una realidad metafísica que es la capacidad real de ser que es más que la nada aun cuando por sí mismas no tienen acto de ser.

Las esencias pertenecen y son fundamento de todo el orden metafísico, que como ellas es necesario, inmutable y eterno. Aunque sólo existiera Dios, y nada hubiera sido creado fuera de Él, este mundo metafísico de las esencias sería siempre necesario, inmutable y eterno, como el mismo Dios que lo funda y constituye necesariamente. En el plano metafísico no cabe cambio alguno en las esencias ni siquiera en el caso de los milagros en los que Dios suspende las leyes naturales porque el orden metafísico de las esencias es anterior al orden natural y contingente de la existencia de las cosas, y está fundado en la Esencia necesaria de Dios y en la visión también necesaria, de su Entendimiento divino.[68]

Las esencias son porque Dios las está eternamente pensando, en el Acto puro eterno e inmutable de su Entendimiento[69].

Sin embargo, en lo que se refiere a la participación del acto de ser o esse y a la existencia, esta es por participación de la libre Voluntad o amor de Dios[70]. Dios es el Ser o perfección infinita, que no necesita de ningún ser participado para perfeccionarse ya que se posee perfectamente por vía de la Inteligencia y del Amor identificados con su Ser o Esencia que le hace absolutamente feliz, la Felicidad misma[71].

Pero Dios puede dar el ser a las esencias que Él libremente elija, porque es propio del bien comunicarse a los demás[72]. La comunicación del ser se hace por Vía de la Inteligencia y la Voluntad o Amor de Dios porque nada puede hacer Dios fuera de Sí mismo sino por esta vía del Espíritu. Toda la actividad de Dios es Inteligencia y amor, por eso en Dios no cabe una actividad inconsciente, ni tampoco una actividad puramente instrumental.

1.1 La Creación

La primera participación del ser es la Creación. En efecto, crear es comunicar o participar el ser total desde la nada[73]. Dice Santo Tomás: “Si todo el ser es hecho, lo que es ser hecho, el ente en cuanto ente, es necesario que sea hecho totalmente de la nada”[74] Crear es comunicar el ser a una esencia, la cual, antes de recibirla en sí misma realmente no es, sino que se constituye como pura capacidad real de ser o capacidad real de participar del ser.

Sólo Dios como Causa creadora, es capaz de conferir el acto de ser total a una esencia, que antes realmente no era y que comienza a ser justo por la comunicación creadora del acto de ser. Y de este modo, dice Santo Tomás: “La creatura tiene su propia esencia en cuanto de algún modo participa de la semejanza de la divina Esencia. Por eso, Dios al conocer su divina Esencia en cuanto imitable –participable- por tal creatura, conoce a ésta en su propia razón –causa ejemplar- y en la idea de esta creatura”[75] pues “Dios es la Causa ejemplar de todas las cosas. Para entender lo cual hay que considerar que para la producción de una cosa se requiere un ejemplar, para que el efecto logre una determinada forma (…).  Pero es evidente que las cosas que se hacen naturalmente -por la naturaleza-, logran determinadas formas. Tal determinación de las formas es necesario que se reduzca como al primer principio, a la divina Sabiduría, que ha pensado –organizado- el orden del universo, que consiste en la distinción de las cosas. Por eso hay que afirmar que en la divina Sabiduría están las razones –esencias- de todas las cosas, a las que antes llamamos ideas, es decir, las formas ejemplares existentes en la Mente divina. Las cuales aunque se multipliquen respecto a las cosas, sin embargo no son realmente distintas de la divina esencia, en cuanto su semejanza puede ser participada por diversos entes de diversas maneras. De este modo, pues, Dios es el primer ejemplar de todas las cosas”.[76] “Todas las demás cosas –fuera del Ser en sí de Dios- no son su ser, sino que participan de él. Es necesario, pues, que todas las cosas –distintas del Ser en sí de Dios- estén causadas por  un único Ente que es perfectísimo”[77]. Por eso todas demás causas, sólo pueden transformar o cambiar las cosas de un modo de ser a otro o de una forma sustancial o accidental a otra, porque “…el entendimiento divino es la medida de todas las cosas, porque cada cosa en tanto participa de la verdad en cuanto imita, -participa- del Entendimiento divino”.[78]

Conviene enfatizar, que las esencias en sí mismas no son, sino que sólo son capacidades reales de ser, capacidades reales de participar del ser, capacidad real de ser, pero no son. Por eso las esencias son constituidas y no creadas. Sólo son o existen en Dios, quién al contemplar su Ser o Esencia infinita no puede dejar de constituirlas formalmente con su Verbo y contemplarlas como objetos capaces de ser o participar de aquel Modelo infinito. Las esencias son capacidades reales de ser, sin llegar a ser realmente. Semejante realidad de la esencia se constituye por participación causal ejemplar necesaria del Ser o Esencia divina.

Además Dios es capaz de crear aunque realmente no hubiera creado nada. Porque en el Ser infinito todo es infinito, también su Potencia activa que, por eso es Omnipotencia creadora, conservadora y providente.

Pero para que una Potencia activa sea realmente infinita tiene que obrar bajo la razón formal de ser, no de tal ser, porque únicamente el ámbito del ser no tiene límites y es infinito. Por esta razón sólo Dios puede crear, porque los demás entes obran bajo la razón formal de tal ser, más no de simplemente ser. De aquí también se sigue que la acción creadora es siempre infinita. El efecto creado o la creatura, será siempre finita, pero la acción necesaria para crear, para comunicar el ser a una esencia desde la nada, es esencialmente infinita, porque sólo puede proceder de una potencia infinita capaz de obrar bajo la formalidad infinita de ser.[79]

Dios no sólo puede crear sino que de hecho ha creado el mundo por vía de la Inteligencia y del Amor. Y Dios no puede tener otro fin al crear que Él mismo, porque si el fin fuera la creatura sería causado por ella y Dios no necesita nada fuera de Él. Crea, sólo para dar, es decir, para hacer partícipe de su Ser o Perfección a otros seres a fin de que esos seres manifiesten la bondad divina, eso es lo que se llama gloria de Dios.

Mientras los seres materiales participan y manifiesta a Dios, es decir, lo glorifican inconsciente y necesariamente; los seres espirituales, como el hombre y los ángeles, lo han de glorificar formal, consciente y libremente por el conocimiento y el amor así como por la aceptación de su ley.

Si Dios dejase de pensar por un instante las esencias y de amar los actos de ser de un modo necesario y libre respectivamente, el ente participado dejaría de ser totalmente.

Todos los dones del Amor de Dios tienen como fundamento el Acto inicial de amor de Dios que otorga y participa el acto de ser a una esencia. El conocimiento, la salud, las virtudes, los dones, los carismas, los frutos, la misma Redención de Cristo y la gracia divina que nos hace participar de la misma vida de Dios tienen como fundamento y son posibles por el don fundamental que es el acto de ser inicial y amorosamente participado por el acto creador de Dios.

1.2 La conservación

Pero no basta con crear, sino que una vez creado el ente ex nihilo, es preciso que Dios le conserve en su ser[80], esto es lo que se llama conservación. En efecto, conservar es mantener un ente en su ser[81]. Pero una cosa existente puede ser conservada en cuanto ser o en cuanto tal ser. En cuanto tal ser, los entes son conservados por las causas segundas o entes participados y esa conservación puede ser incluso indirecta impidiendo las causas que destruyen a un ente como cuando colocamos un trozo de carne en el refrigerador para que esta causa segunda evite el desarrollo de otras causas segundas que pueden descomponer al ente; o puede ser una conservación directa como los accidentes son conservados en la substancia o como una célula se mantiene y conserva en sí misma por la combinación y la disposición de los elementos que la constituyen.

Sin embargo, la conservación fundamental es la que se refiere al ser mismo. La cosas se conservan en su ser, de modo que cuando los entes se conservan en su tal ser, estos pueden transformarse en otros entes, pero cuando la conservación es en su ser, si estos entes dejaran de ser conservados, dejarían de ser totalmente, se aniquilarían. La razón de esto ya la hemos dicho y es que todos los entes participados tienen una composición fundamental de esencia y acto de ser y la esencia no posee el acto de ser o existencia sino que lo recibe de Dios y lo posee contingentemente, es decir, pudiendo no tener el acto de ser.

De lo anterior se sigue que para que el acto de ser comunicado a la esencia por la Creación continúe actuando en la esencia, es necesaria la intervención inmediata y continua del Acto puro de Ser que lo mantenga unido a la esencia. Eso es lo que hemos visto como conservación divina de todos los entes en su ser[82].

Los entes participados sólo pueden actuar como tales seres, como esencias que no son sino que contingentemente tienen el acto de ser. Sólo pueden transformar las esencias de los entes substancial o accidentalmente.

Pero además, el ser participado o contingente, no sólo es, sino que posee una naturaleza que le permite actuar y desarrollar o acrecentar su propio ser, y el ser de los demás, se trata de la causalidad segunda o de la causalidad de los entes participados.

Los entes creados no sólo son la ocasión para que Dios actúe como lo señala el error del ocasionalismo que niega la causalidad de los seres creados o participados. Los entes creados son verdaderas causas de los efectos que producen. Nosotros mismos somos capaces de causar nuestros actos de entender, querer, etc. Pero como en el ser participado, la esencia nunca es su acto de ser, sino que sólo lo posee contingentemente[83], entonces para que una creatura pueda actuar pasando de la potencia al acto se requiere otro ser en acto y en última instancia un Acto puro de Ser que no dependa de ningún otro par ser. Si no fuera por el Ser o el Acto Puro fuente de todo ser, los demás entes no podrían actuar y se detendría toda la acción causal de la serie de causas participadas.

1.3 La persona y el concurso

Por eso este tema no queda completo si no se entiende la premoción divina, porqueaunque los seres participados son realmente causas, necesitan de la acción inmediata del Ser en Acto o del Acto Puro que de razón del tránsito de la potencia al acto[84]. La acción y el efecto son totalmente y a la vez de la creatura y de Dios: de la causa creada proceden totalmente bajo la razón formal de tal ser; y de la Causa divina proceden totalmente, pero bajo la razón formal de ser.

Realmente existen la causalidad y el efecto de la creatura, pero su causalidad y efectos están hechos también por Dios bajo la razón de ser[85]. Y la acción y el efecto de la creatura son propiamente de la creatura porque no son acción y efecto de Dios para Dios mismo, sino que para Dios únicamente son efecto.

Cuando el hombre entiende, Dios actúa para que su acto de entender sea, pero con ese acto sólo entiende el hombre, para Dios el acto de entender del hombre es únicamente efecto de su acción divina.

En la premoción divina, Dios no sólo tiene que concurrir con la creatura para que ésta pueda actuar, pasando de la potencia al acto, sino que además tiene que pre-moverla[86]. De modo que todo ser participado necesita no sólo del concurso inmediato del Ser de Dios, sino de la acción previa con que Dios lo mueve para que él pueda llegar a actuar o causar[87]. “La fuerza de la Causa primera une la causa segunda a su efecto”[88].

El ser participado está doblemente en potencia para su acto o acción de causar:

  1. Para llegar a tener el acto y
  2. Para llegar a hacerlo o tenerlo como realizado por él mismo.

Además, gracias al concurso divino se explica que la creatura pueda llegar a tener su acto; pero para que ella pueda llegar a causar el acto como suyo, se requiere de la previa moción del Acto de Ser o de Dios, que implica y es la Acción misma en acto, que la haga pasar de la potencia al acto, o sea, que la habilite para obrar. Esta acción previa de Dios es instantánea, y es lo que mueve a la causa segunda a su acción de causar o causalidad. No se trata de una acción para mover algo inerte y pasivo, sino para poner en movimiento la actividad propia de la causa creada.

De la nada no puede salir el ser, sin el concurso del ente que ya es, que está en acto de ser. Por eso, ha quedado asentado que la acción y el efecto son totalmente de Dios y de la creatura, bajo diferentes aspectos: la creatura lo realiza como tal ser, porque ella es esencia o tal ser y no es el ser, sino que lo tiene contingentemente. Y en cambio Dios lo hace bajo la razón de ser, porque Dios es el Acto Puro de ser.

En suma, todo ser o es Dios o depende de Dios, como causa eficiente inmediata  permanentemente. La creatura es un ser esencialmente y totalmente participado. Es un ser participado en su esencia y en su acto de ser.

Fuera de Dios como Acto puro de Ser, nada puede ser que no dependa de Él inmediatamente y permanentemente.

Las esencias dependen del Ser de Dios por vía de la causalidad ejemplar necesaria. Son porque Dios con su Inteligencia divina las piensa y las constituye, contemplándolas en el modo de la infinita Perfección de su Esencia, que las funda como participaciones posibles de ser.

Y en lo que se refiere al acto de ser que actualiza o que da realidad a las esencias, este siempre es participado inmediatamente de Dios. Este ser de las creaturas no puede proceder de Dios por emanación, porque el Ser en sí es simple y no tiene partes. Tampoco puede proceder de Dios por información, porque el Ser en Sí de Dios es todo Acto, que no puede ser recibido como potencia de otros  que lo coartarían en su realidad de Acto Puro.[89]

El ser de la creatura únicamente puede y debe proceder de Dios como Causa eficiente, inmediata y libre. Sólo Dios es. Ninguno fuera de Dios, es, en sentido estricto, por sí mismo, porque todo procede de Dios como acción creadora y conservadora, inmediata y eficiente.

De la moción y concurso divino, eficiente e inmediato, procede también el ser de la acción creada y de su efecto. La causalidad creada sólo es capaz de proceder al acto y de acrecentar el ser del mundo, bajo la acción inmediata y eficiente de Dios que la actúa o mueve al acto y concurre con ella para que pueda producir el ser, bajo la formalidad de tal ser. Si Dios no actuase inmediata y eficientemente con la creatura, ésta no podría actuar, sería incapaz de pasar de la potencia al acto de ser, se paralizaría toda su actividad o causalidad.

Toda la comunicación o participación del ser por la Causalidad eficiente, inmediata de Dios, es un acto de Voluntad o de Amor, bajo la luz del acto de su Inteligencia.

Dios no necesita crear, lo hace por un Acto de Amor y por eso todo ser participado es contingente, indiferente para ser o no ser, porque depende de una Causa libre. Sólo las esencias participadas son necesarias porque dependen de la causa ejemplar divina que la funda y de un Verbo divino que la formula y da consistencia necesariamente. Por eso, la participación de la esencia es necesaria como Esencia y el Pensamiento divino, y la del acto de ser es contingente, porque depende de la Voluntad libre o del Amor de Dios.[90]

En suma, las esencias son necesariamente porque Dios las piensa y existen contingentemente porque Dios libremente las ama[91].

2.La persona

Una vez asentados estos principios fundamentales y ontológicos de la propuesta tomista, es posible pasar al tema de la Persona y de la persona creada con sus constitutivos material y formal así como ubicar la relación predicamental en la persona creada, para después pasar, por medio de la analogía, a la relación subsistente o substancial en las Tres Divinas Personas de la Santísima Trinidad.

En efecto, en el tema de la persona Santo Tomás retoma la definición de Severino Boecio: “substancia individual de naturaleza racional”[92] e intenta justificarla analizando los posibles errores que se pueden seguir de esta definición con lo que resulta un sentido nuevo, y muy distinto al de Boecio. Santo Tomás aclara que por persona hay que entender una substancia primera, debido a que se añade la palabra individual.[93] La substancia primera es un individuo racional cuya racionalidad le hace ser más perfecta que otras substancias individuales no racionales, y que no son personas.

Santo Tomás aclara que con el término substancia se excluyen los accidentes (incluido el accidente relación) que son abstractos, nunca individuos o individuales y con la expresión de naturaleza racional se excluyen los seres puramente materiales, los vegetales y los animales irracionales que siendo substancias primeras, nunca pueden ser personas desde el momento en que no son racionales. Por último excluye que el alma humana separada del cuerpo sea persona, pues no es la substancia completa sino incompleta por ser sólo una parte del compuesto hilemórfico humano, que conserva su tendencia natural de unirse a él.[94] De esto se sigue que la persona es incomunicable, es decir, que es única e irrepetible, en cuanto que no tiene la comunicación que tienen los accidentes respecto a la substancia a la que pertenecen, que no tiene la comunicación que puede haber de lo universal a lo singular o individual, que no tiene la comunicación que puede tener la substancia incompleta con respecto a las demás partes substanciales que constituyen el compuesto substancial, y que no tiene la comunicación de la substancia singular respecto a lo común o indistinto, ni la de la substancia individual completa, que en el caso de la Teología es asumida por una persona superior como sucede en Cristo, pues en Cristo, la Persona del Verbo asume todas las partes substanciales del cuerpo de Jesucristo; la naturaleza humana completa y la naturaleza divina en la única Persona de Cristo.[95]

Además Santo Tomás añade que si el término racional lo comprendemos en un sentido amplio, aplicable a cualquier entendimiento discursivo o no discursivo, sea humano, angélico o divino, la definición de persona se referirá a la razón común de singularidad sin referirse a alguna persona singular. La persona es un ente subsistente (tiene un esse propio y proporcionado a su esencia) de una naturaleza, y por tanto no es la esencia, ni la esencia substancial individual que no pueda ser asumida por una persona superior como en el caso de Cristo, por eso hay que resaltar el matiz del análisis de la definición que Santo Tomás hace de Boecio; porque es evidente que el término substancia individual no se refiere al punto de vista denominativo o esencial (al plano de la esencia o lógico), sino al punto de vista entitativo o real (al plano del ser o de la realidad extramental) con un esse o acto de ser propio, aunque en el caso de la persona creada sea participado y en el caso de Dios sea increado, Infinito, Acto Puro de modo que la persona significa la esencia substancial con un acto de ser o esse por lo que se refiere al ente substancial o ente autónomo.[96]

Por lo tanto, la persona no es la esencia substancial individual, y tampoco la racionalidad es el constitutivo formal de la misma, ni mucho menos la relación predicamental, pues la racionalidad y la relación predicamental o comunicabilidad (relacionalidad) son aspectos accidentales que sólo se relacionan de manera analógica con la relación que implica el compuesto hilemórfico.  La relación entre la potencia y el acto, la relación de la esencia y el ser no es idéntica a las dos del ente que son: la de la materia y la forma y la de la substancia y los accidentes. Precisamente porque, como lo he dicho al inicio de este discurso, aunque la esencia y el ser se comportan como constitutivos material y formal del ente, no se relacionan como la materia y la forma o la substancia y los accidentes, porque los dos constitutivos del ente: la esencia y el ser, pertenecen a un orden distinto e irreductible al de las categorías y al substancial.

Es por todo esto que también hay que aplicar la relación, en sentido análogo y no unívoco a las Relaciones Trinitarias, o Relaciones Subsistentes[97] en las que las Tres Divinas Personas se distinguen realmente por estas Relaciones Subsistentes, en las que se le predica su inherencia, no su carácter accidental.[98]

Y para comprender este punto es importante considerar que la distinción u oposición y, por tanto, la individualidad, en Dios, la da la Relación divina. Lo único poseído individualmente en Dios es la Relación, porque su Naturaleza o Esencia divina que se identifica con su Ser propio, es común a las Tres Divinas Personas, y, por ello, las Tres son Dios de manera absoluta y necesaria[99].

De modo que, las Relaciones reales internas, distintas e individuales constituyen las Tres Personas Divinas, distintas realmente entre Sí. Cada una de las tres Relaciones Subsistentes distintas e individuales son, cada una de las tres Personas divinas, porque, como lo he sostenido en este trabajo, la persona en cuanto tal significa la substancia completa en su individualidad o incomunicabilidad.

Las Relaciones personales en Dios se identifican realmente con la misma Esencia o Naturaleza divina[100]. En Dios, la Persona es idéntica realmente con su Naturaleza, porque, en Dios, cada Persona divina, tal como enseña la fe, es Dios, y, si las Personas divinas no fueran idénticas a la única Naturaleza o Esencia divina, habría que concluir que habría tres esencias divinas, y por tanto, tres dioses. Es lo mismo la deidad y Dios. En Dios, se identifica la esencia abstracta con la esencia concreta. También, por la ausencia de toda composición en Dios, que se significa con el atributo de la simplicidad, la Relación divina es idéntica a su Esencia o Naturaleza que refiere[101].

Lo que hay que agregar y comprender, es que la Relación divina es subsistente. La razón es porque, si la Relación divina es lo mismo que la Naturaleza, que refiere, y la Esencia y el Ser divinos no se distinguen realmente –Dios es su Ser-, la Relación divina será idéntica con el Ser divino. Por consiguiente, la Relación en Dios posee un Ser propio (constitutivo formal de toda persona) y proporcionado a ella, y, por tanto, es subsistente, o una Substancia, que existe por sí y en sí, de un modo autónomo e independiente.[102]

La pregunta que queda después de lo anterior es: ¿cómo es posible que en Dios el constitutivo de la Persona sea una relación? Y la respuesta es: porque, en la Relación divina, por ningún motivo se significa el aspecto o dimensión accidental de la relación, su <ser en> otro, su inherencia y que la constituye como accidente. Sólo se significa la otra dimensión de la relación, que es la propia o específica: la respectividad o referencia a otro, el <ser a> otro.

De modo que, como lo he venido sosteniendo: la relación en cuanto tal, no incluye su <ser en> -que la constituye como accidente y que es el elemento común o genérico con los otros accidentes-, por el que se distingue de la substancia y por el que se compone con ella. Lo propio de la relación, lo que la constituye como tal y no como accidente, es el <ser a>. La relación en sí misma, por ello no incluye el <ser en>, la inherencia, el adherirse intrínsecamente a otro.

Cuando la relación se atribuye a Dios, como, a diferencia de los otros accidentes, la inherencia accidental no es un constitutivo esencial de la relación, queda removido este carácter accidental y, por tanto, no se predica de Dios. En Dios todo es su propia Esencia, idéntica a su Acto Puro de Ser.

Lo que se predica de Dios con la relación es la misma Relación, que resulta del despojamiento de lo accidental, y, por lo tanto, la Relación en sí misma. La Relación que se predica de Dios es una Relación Substancial, porque al perder su carácter accidental queda identificada con la misma esencia substancial divina, y por lo tanto, esta Relación Substancial, se se identifica con los constitutivos del ente, queda una relación entitativa y análoga con las otras relaciones entitativas del mundo creado.

Ahora sí podemos afirmar, que la relación NUNCA es el constitutivo de la persona. Ni en Dios, porque las Relaciones divinas son Personas por ser Subsistentes, por incluir, por tanto, el Ser, que es el que hace subsistir, verdadero constitutivo formal de la persona, y de toda persona, humana, angélica o divina.

Es únicamente de este modo que podemos decir que estas Relaciones son:de filiación entre el Padre y el Hijo (Verbo) que es engendrado por el Padre y de espiración con el Espíritu Santo que procede por esta vía del Amor del Padre y el Hijo y que comparten una misma naturaleza o esencia identificada con el Acto Puro de ser. Un sólo Dios y tres Personas distintas por las Relaciones Subsistentes que comparten el único Acto Puro de Ser de Dios.

“En Dios que es una sola esencia o naturaleza divina –común al Padre ya la Hijo y al Espíritu Santo-, su entendimiento y su amor tienen como efecto dos procesiones: la generación y la espiración, es decir, la generación del Hijo y la espiración del Espíritu Santo.”[103]

“Por cada una de estas procesiones hallamos dos relaciones opuestas: una de lo que procede a su principio, y otra del principio a lo procedente. La procesión del verbo se llama generación, conforme a la razón propia con que la generación compete a los vivientes, y la relación de principio de generación en los vivientes perfectos se llama paternidad, así como la relación de lo que procede de principio se llama filiación. En cuanto a la procesión del amor no tiene […] nombre propio y de aquí que tampoco lo tengan las relaciones que a ella se siguen. Sin embargo, a la relación de principio de esta procesión se le llama espiración, y a la de término procesión.”[104]

Si en Dios la diferencia es por la relación, debido a que “por las relaciones se distinguen entre si las personas divinas”[105] las relaciones comunes, por no ser distintivas o singulares, no pueden constituir a la persona. La paternidad y la filiación no son comunes, sino opuestas entre sí. Lo mismo sucede con la relación del Espíritu Santo al Padre y al Hijo es singular o espiración pasiva. En cambio, la espiración activa es la relación del Padre y del Hijo al Espíritu Santo que es común a estas dos personas, que son sujeto, y por ello, no constituye una nueva persona.[106]

De modo que sólo mediante la analogía, partiendo de las creaturas al Creador podemos acercarnos, aunque vagamente, a este gran misterio de la fe católica. En Dios nada es accidental porque todo es su propio Ser y la Relación Subsistente o Substancial implica una distinción real entre las Tres Divinas Personas que constituyen un sólo Dios verdadero, porque de la relación se toma lo propio y específico que es la respectividad o referencia a otro, el <ser a> otro y no el <ser en> otro. Por eso hay que partir de la relación de las creaturas y considerarla análogamente, en parte igual y en parte distinta, con las Relaciones Subsistentes Trinitarias.

Por eso es importante distinguir el aspecto accidental de la relación predicamental que es su <ser en otro> de la dimensión específica de la relación que es su <ser a> otro que es el que se considera en  las Relaciones Subsistentes de las Personas Divinas.

En lo que se refiere a la relación entre el Creador y las criaturas, esta no es mutua, porque aunque se afecta a los dos términos de la relación, sólo se da inmutación de uno solo. Dios no cambia, ni se muda, es siempre lo mismo. Es Creador y Conservador y que deja de serlo, pero realmente Él no cambia, son las criaturas que van apareciendo y desapareciendo.

De modo que, volviendo a la  persona creada, esta incluye los mismos elementos que el ente, la esencia (potencia) y el esse (acto de ser), pues la persona creada significa una cierta naturaleza y un cierto modo de existir que es la subsistencia, y, por eso se concluye necesariamente, que su constitutivo formal es el esse o acto de ser propio aunque participado que es su causa, y el constitutivo material de la persona creada es la esencia substancial individual, tanto en el plano entitativo o del ser, como en el plano esencial o del pensar.[107]

El acto de ser (esse) se compara a la esencia como el acto a la potencia y por eso son el constitutivo material y formal del ente y de la persona creada, ya que se comportan como la materia y la forma de la esencia substancial.[108]

Es de este modo, como la persona es una substancia que se define por el orden al acto de ser en sí, o por el orden a la subsistencia, en la independencia, en su mismo existir, respecto de todo sujeto de inhesión. La supositalidad de la persona implica así la incomunicabilidad con otros de los cuales se distingue desde el momento en que el propio acto de existir como tal ente, lo termina, lo constituye en subsistente, lo in-comunica ontológicamente, de aquí que sea una totalidad substancial incomunicada, precisamente en virtud de su último acto que es el acto de ser, el esse.[109] Aunque paradójicamente, gracias este acto de ser, la persona está abierta a la comunicación. La absoluta incomunicabilidad metafísica de la persona no impide la comunicación o relación por el entendimiento y la voluntad, sino que por el contrario, la posibilita.  Es la incomunicabilidad metafísica de la persona humana la que le permite ser verdadero sujeto consciente de sí mismo y de entender y querer, y por estas vías relacionarse o comunicarse con otros sujetos semejantes. Análogamente en Dios, la incomunicabilidad, o distinción queda identificada con las Relaciones divinas originadas por las procesiones divinas del entendimiento y la voluntad y que, como hemos visto son Relaciones Subsistentes.

Es necesario partir de esta incomunicabilidad anterior y necesaria para expresar que la persona no es la otra ni lo otro, que tiene sus propios límites metafísicos por lo que cualquier tipo de comunicación de la persona debe respetar y partir de esta incomunicabilidad ontológica que es su fundamento y además es causa de su dignidad. La persona es una individualidad intransferible, que expresa su unidad interna y que evidencia su distinción de los demás, y mientras la persona sea más una, más distinta, más sí misma y no otra;  paradójicamente, al mismo tiempo que la persona es incomunicable por el esse propio de cada una aunque participado, al mismo tiempo el ser que incomunica es lo que nos es común con otras personas.[110]

Por esta razón si queremos saber cómo es posible el acto de comunicación o de relación personal e interpersonal, es necesario partir del fundamento de la incomunicabilidad del núcleo ontológico subsistente de la persona.[111] La persona es una unidad sintética, de modo que no hay un sólo acto propio de esta unidad que no incluya o implique el todo, y el todo implica cada uno de sus actos. Por eso la persona es la esencia substancial individual que subsiste pues la subsistencia, es el propio ser proporcionado a la esencia, aun cuando en el caso de las personas creadas sea un ser participado pero propio (realmente distinto).  La subsistencia se refiere a que la persona es un ente autónomo e independiente en sentido metafísico. La persona expresa lo subsistente en tal esencia: el ente subsistente.[112] Además Santo Tomás no identifica el acto de ser (esse) con la existencia, lo que aparece o la mera presencia de la realidad del ente que es un efecto del esse.[113] El acto de ser o esse convierte a la esencia en ente y hace que el ente exista. De todas las substancias individuales, sólo son supuestos o personas los que subsisten, no sólo las esencias individuales sino las esencias individuales que subsisten, aquellas en las que la existencia representa el subsistir, es decir, aquellas que participan de un grado mayor del acto de ser. Por eso las partes de un sujeto, por ejemplo un órgano, aunque sea substancia o más bien una parte substancial cuando está en el cuerpo, no es persona porque no subsiste, no existe per se et in se. No es el caso del cigoto, embrión o feto humano que tiene un esse subsistente desde el momento de la concepción ya que su forma espiritual o esse propio es el que informa, da unidad y vida a la materia para que se desarrolle, o incluso, como lo he sostenido en otros trabajos[114], si se trata de dos formas substanciales, pueden producirse dos seres humanos monocigóticos por bipartición de una célula original en tanto la materia o agregado molecular está en potencia -en ese estadio del desarrollo- de recibir la información de las formas substanciales que pueda infundir Dios en el momento de la concepción o en el que así convenga por la disponibilidad de la materia.

De modo que, volviendo al tema, la esencia o naturaleza y el acto de ser o esse son los constitutivos material y formal de la persona respectivamente. Y en lo que se refiere a la naturaleza o esencia, ésta no es el supuesto, ni tampoco hay que pensar que la persona es el compuesto de naturaleza y esse como si fuera un elemento resultante de la composición de los dos anteriores, más bien la naturaleza y el esse son los constitutivos de la persona en los que el esse puede considerarse en las personas creadas como un constitutivo extrínseco si se considera a la persona desde un punto de vista denomintativo o esencial o bien intrínseco si vemos a la persona según su acepción formal o sea real.

Dicho de otro modo, en el caso en el que el supuesto o persona, sea considerado en su acepción formal, es decir, entitativa o real que Santo Tomás denomina ex his, es evidente que sus constitutivos ontológicos, esencia o naturaleza y esse son intrínsecos. En cambio si consideramos a la naturaleza que es perfeccionada o actualizada por el esse, es decir, que el esse es tenido por la esencia y el esse es denominado por ella, es decir, desde el plano denominativo o esencial (lógico), que Santo Tomás llama cum his, en el que gracias a la esencia se define un modo del ser del esse, en este caso podemos considerar al esse como algo extrínseco a la esencia. Toda creatura tiene estas dos composiciones ex his y cum his. De suerte que el supuesto queda caracterizado como un compuesto ex his o de constitutivos intrínsecos de orden entitativo y es un compuesto cum his de esencia y esse en el plano denominativo[115].

En resumen, si tomamos en cuenta la dimensión esencial del supuesto se obtiene el compuesto cum his porque el esse es un constitutivo extrínseco distinto al esencial y si lo consideramos en la dimensión entitativa obtendremos el compuesto ex his, entitativo en el que la esencia y el esse son constitutivos intrínsecos y, por tanto, todo el compuesto con unidad perfecta es el supuesto o persona. Según el plano en que se quiera ver la persona, entitativo o esencial, serán las formas distintas de considerar la esencia y el esse, de aquí que podamos hablar de dos composiciones de la persona creada.

3.El pricipio de individuación

Pero además de los constitutivos material y formal de la persona, para la comprensión de las personas creadas, sobre todo de la persona humana es importante comprender su principio de individuación. Pata santo Tomás, ser un individuo es la misma cosa que ser, de modo que lo que no tiene individualidad o singularidad, no puede tener ser. Por eso es importante en su pensamiento, considerar la individualización de Dios, la del ángel, la del hombre y la de los seres puramente corporales.[116]

Y en este caso, el individuo también puede considerarse de dos maneras: Lógica y ontológicamente. Lógicamente la palabra individuo se opone a universal (substancias segundas); la naturaleza individua se opone a la naturaleza universal o en abstracto  aunque como lo hemos dicho, el término individuo sólo puede aplicarse con rigor a los individuos corpóreos y materiales aunque analógicamente se aplica a los entes puramente espirituales y a Dios.  Ontológicamente individuo implica tres cosas.

  1. Ser un todo completo en número y especie.
  2. Unidad numérica o indivisión interna en cuanto a la razón de substancia.
  3. Distinción e incomunicabilidad respecto a los demás sujetos o individuos substanciales.

De modo que el individuo substancial tiene distintos nombres: substancia primera, como contrapuesto a substancia segunda (universales), hoc aliquid suppositum (traducción de la palabra griega hypóstasis, lo que está debajo, y que equivale etimológicamente a sub-stancia), persona cuando se trata, de un supuesto de naturaleza espiritual[117]. El individuo substancial es un todo, que se concibe en el orden lógico y se produce en el orden ontológico, con todas sus partes esenciales completas. En el caso de los seres corpóreos, cada individuo tiene su materia y su forma, ni la una ni la otra por separado son el ente, sino que lo es sólo el compuesto.[118]

Y dada la variedad de individuos, el principio de individuación tampoco puede ser unívoco, sino más bien análogo, de modo que a cada esencia distinta o a cada orden de esencias le corresponde un principio de individuación distinto conforme a su naturaleza. No podemos hablar de un mismo principio de individuación para todos los seres, no es lo mismo el principio de individuación en Dios, que en las substancias simples (ángeles) o en las substancias corpóreas. La multiplicación de los individuos en número y especie va en función de sus esencias respectivas y de este modo podemos afirmar, que el principio de individuación es aquello que hace posible que existan substancias o esencias concretas y particulares. Una esencia absolutamente simple, como la de Dios, es única y no puede multiplicarse en individuos, de modo que hemos dicho que la distinción de Personas se da por Relaciones Subsistentes sin que estas relaciones sean tres Dioses porque las tres comparten un mismo Acto Puro de Ser. Las esencias angélicas, que carecen de materia, pero no se identifican con su acto de ser, pueden multiplicarse en especie y en número, pero no en individuos distintos dentro de la misma especie.[119] En cambio, las esencias de los seres corpóreos se multiplican en muchas especies y en individuos numéricamente distintos dentro de la misma especie, esto es debido a que en su estructura ontológica poseen un principio de multiplicación numérica que es la materia y la cantidad.[120]

De tal modo que en Dios, el principio de individuación y el principio de ser se confunden. Al ser una esencia absolutamente simple y pura, su esencia se identifica con su ser.[121] Por lo tanto, la esencia de Dios es individua por sí misma, por existir por sí, y por eso Dios es uno e infinito, no puede multiplicarse numéricamente, no hay ni puede haber muchos dioses. Filosóficamente, Dios es una sola esencia individua que excluye totalmente su pluralidad. Teológicamente hemos dicho que el principio para distinguir las Tres Divinas Personas se da a partir de las Relaciones Subsistentes. En la Trinidad, la distinción de personas radica en función de las Relaciones Subsistentes, pero no de la relación predicamental, ni considerando el <ser en> otro sino <el ser a> porque todo lo que en el mundo es predicamental en Dos es su misma esencia. Por eso es importante el carácter analógico de la distinción de personas humanas, angélicas y divinas. Por eso también resulta incorrecto definir a la persona humana como relación, puesto que en este caso caeríamos, o bien en deificarla confundiéndola con la Relación Subsistente, o en degradarla ontológicamente al confundirla con el accidente relación.

Las creaturas tienen una diferencia esencial respecto a Dios, se trata de seres contingentes, cuya esencia no se identifica con su acto de ser y esto hace posible su multiplicación en esencias distintas (ángeles) y en individuos numéricamente distintos en el caso de las personas humanas y los seres corpóreos.[122]

De todo esto se sigue que el principio de individuación análogo no pueda ser el mismo para Dios, para los ángeles y para las personas humanas. Mientras Dios es Acto Puro, los ángeles, se individualizan por su esencia creada y las creaturas materiales se individualizan por su esencia como especie y por la materia como individuos singulares concretos. La esencia de los ángeles es simple, pero no absolutamente simple como la de Dios; no se identifica con su acto de ser. Su ser no es su esse y por eso son seres contingentes. En los ángeles no puede darse generación, sino únicamente creación,[123]existen en virtud de un acto creador de Dios que crea tantas formas angélicas como quiera, pero no por tener otro principio de multiplicación, cada forma angélica agota, toda la especie.[124]

Además es necesario considerar que la substancia precede siempre lógica y ontológicamente a los accidentes; que la materia prima, antes de recibir la forma substancial no es sujeto de ningún accidente, ni de cantidad, ni tampoco de relación; que la forma substancial es única y precede siempre a todas las formas accidentales.[125] Por tanto, la forma accidental de la cantidad no puede preceder a la substancial; el principio de individuación en las substancias corpóreas es la materia signata quantitatae.[126]

En los seres corpóreos las formas substanciales se individualizan por su recepción inmediata en la materia prima y el accidente se individualiza por su recepción en la substancia, que es el sujeto. En cuanto al accidente cantidad, ya individualizado por su recepción en la substancia, sirve a su vez de principio de individuación en cuanto hace posible la división de las partes que antes estaban en potencia en esa misma substancia.[127]

La cantidad, por sí misma no causa la multiplicación, sino que tanto la corporeidad de la substancia como el accidente cantidad únicamente hacen posible la multiplicación que debe ser realizada por una causa eficiente extrínseca. La cantidad no causa la substancia corpórea individua, ya perfectamente constituida antes de su advenimiento, lo que hace es hacer posible que esa substancia pueda multiplicarse numéricamente en muchos individuos substanciales distintos dentro de la misma especie, cada uno con su propia cantidad, como accidente que resulta de cada una de esas nuevas substancias. El individuo substancial es el término de una generación substancial, en la cual, gracias a la acción de la causa eficiente, un nuevo existente pasa de la potencia al acto.

Con todo esto es importante concluir que para la constitución de la persona humana no basta el alma espiritual, la inteligencia, la consciencia, la voluntad, la libertad, su cuerpo organizado. La persona humana es temporal y móvil (histórica) pero no es tiempo, ni movimiento, ni relación, ni cualquier otra circunstancia predicamental.[128]  Y además en la doctrina tomista es muy importante distinguir a la persona de la relación predicamental, ya que Santo Tomas expresa muy claramente, que al definir Boecio a la persona como substancia individual de naturaleza racional, quedan excluidos los accidentes incluyendo la relación.[129]

En las creaturas no puede haber distinción de personas por las relaciones, las personas deben distinguirse por principios esenciales, porque en las creaturas las relaciones no son subsistentes.[130] Desde luego también hay que excluir del constitutivo de la persona humana la relación social o alteridad.[131] No somos personas por ser otro en relación con otro hombre o mujer, sino que por ser personas podemos estar abiertos dinámicamente a la interacción social. La relación predicamental no puede ser subsistente, puesto que recibe el ser de la substancia y en última instancia de la subsistencia a la que es propio el subsistir, es decir, de Dios.[132] Es un grave error confundir la relación con el constitutivo formal de la persona creada, puesto que sobretodo en el caso de la relación predicamental, esta no es subsistente, y si tratamos de llevar la relación a un nivel supra-predicamental o Relación Subsistente, confundimos a la persona humana con las Personas divinas. El hecho de que en la significación de la persona divina se contenga la relación, y en las personas angélicas y humanas no se contenga, no significa por eso que el nombre de persona sea equívoco pues hemos demostrado que es análogo, si consideramos el aspecto de la relación en su dimensión que le es propia y específica, la respectividad o referencia a otro, el <ser a> otro y no su aspecto accidental que es <ser en> otro[133].

La persona es lo más perfecto de toda la naturaleza[134] y la persona humana, aunque no pueda existir más que circunstanciada y relacionada, su ser es mucho más que circunstancia y relación.[135] Es el acto de ser subsistente lo que constituye formalmente a las personas creadas, mientras las Relaciones Subsistentes con el Acto puro de Ser Subsistente por Sí mismo  de Dios es lo que distingue a las Personas Divinas que se relacionan subsistentemente de modo distinto con su Acto Puro de Ser.

En parte igual y en parte distinto porque la realidad y el ser no es unívoco ni equívoco sino análogo con analogía de proporción intrínseca, es decir, fundada en las relaciones de causa-efecto en la que Dios es el analogado principal y los entes los analogados secundarios a los que participa formalmente el ser. Y con analogía de proporcionalidad propia en tanto que el ser se da en los entes en distintas proporciones pero siempre en la realidad y no únicamente en la apariencia.

De todo lo anterior podemos concluir la importancia de la analogía como método filosófico que supera por mucho la metodología fenomenológica que si bien puede contribuir a enriquecer el conocimiento fenoménico de las cosas, por ningún motivo conviene considerarla como un método estrictamente filosófico, porque la Filosofía realista y tomista exige alcanzar el ser y no quedarse en la dispersión del fenómeno.

Manuel Ocampo Ponce

Universidad Católica de Valencia

[1] Coloquio del autor sobre Santo Tomás de Aquino en Puebla de los Ángeles el 29 de Marzo de 2012

[2] Cfr. Gilson. El Tomismo. Ed. EUNSA, Pamplona, 1989, pp. 379-381.

[3] Cfr. Atistóteles. Metafísica. a,1, 993 y b,24.

[4] Cfr. Aristótieles. Física. Libros I y II.

[5]  Cfr. Aquino, Tomás de. De ente et essentia, c. VI.

[6] Cfr. Derisi, Octavio Nicolás. Estudios de Metafísica y gnoseología. Tomo I Metafísica, Ed. EDUCA, Buenos Aires, 1985. P. 38.

[7] Cfr. Idem. p. 38-39. Fabro, Cornelio, La nozione Métafísica di partecipazione Secondo S. Tommaso d’Aquino. Societá Editrice Internazionale, Torino, 1950.

[8] Cfr. Derisi, Octavio Nicolás. Op. cit. p.41.

[9] Cfr. Forment, Eudaldo. Santo Tomás de Aquino. Op. cit. P.518.

[10] Cfr. Aquino, Tomás de. S.Th., I, q.44, a.1; I, q.45, a.2 y 3.

[11] Aquino, Tomás de. In Physica, lecc.2 y 5.

[12] Cfr. Derisi, Octavio Nicolás. Op. cit. p.

[13] Cfr. Aquino, Tomás de. S.Th., I, q.104, a.1 y ad.4.

[14] Cfr. Aquino, Tomás de. S.Th., I, q.104, a.1.

[15] Ibidem.

[16] Cfr. Aquino, Tomás de. S.Th., I, q.54, a.1 y 3.

[17] Cfr. Aquino, Tomás de. S.Th., I, q.44, a.1 y C.G. II, 15 y III, 66.

[18] Cfr. Aquino, Tomás de. C.G. III, 71.

[19] Cfr. Aquino, Tomás de. C.G. III, q.70; S.Th., I, q.105, a.5, ad.2.

[20] Boecio. Liber de persona et duabus naturis contra Eutychen et Nestorium.

[21] Cfr. Aquino Tomás de. S.Th., I, q.29, a.7 ad.2.

[22]Cfr. Q.A. De Pot. q. 9, a.2; ob, et ad. 18. Apud. Forment, Eudaldo, Persona y modo substancial. Promociones Publicaciones Universitarias, Barcelona, 1984. P.69.

[23] Cfr. Forment, Eudaldo. op. cit. p.34.

[24] Cfr. Q.D. de Potentia, q.9, a.3.

[25] Cfr. Ocampo, Manuel. Las dimensiones del hombre. Un estudio sobre la persona humana a la luz del pensamiento filosófico de Santo Tomás de Aquino. Ed. EDICEP. Valencia, España. Pp. 48 y 49.

[26] Cfr. Caturelli, Alberto. Reflexiones para una filosofía cristiana de la educación. Dirección general de Publicaciones. Universidad Nacional de Córdoba, Argentina, 1981, p.67.

[27] Cfr. Ocampo, Manuel. Op. cit. p.49.

[28] Cfr. Caturelli, Alberto, op. cit. p. 68.

[29] Cfr. Aquino, Tomás de. S.Th., I, q.19, a.1.

[30]Cfr. Forment, Eudaldo. Persona y Modo substancial, op. cit. p. 42.

[31] Cfr. Ocampo, Manuel. Op. cit., p. 52. (nota al pie de página). “The Anahuac Journal” n.

[32] Cfr. Aquino, Tomás de. S.Th., I, q.29, a.4, c.1.

[33] Cfr. Aquino, Tomás de Q.D. De Anima, a. I.

[34] Cfr. Aquino, Tomás de De por. q.3, a.1, ad12 y q.9, a.5, ad 13.

[35] Cfr. Aquino, Tomás de. C.G., I, a.1; S.Th., I, q.3, a.2, ad.3.

[36] Cfr. Aquino, Tomás de. S.Th. I, q.3, a.4 y q.25, a.3.

[37] Cfr. Aquino, Tomás de. De ente et essentia, c.2.

[38] Cfr. Aquino, Tomás de. De ente et essentia, c.7, n.1.

[39] Cfr. Rodríguez, Victorino. O.P. Estudios de antropología teológica. SPEIRO, Madrid, 1991, p.14.

[40] Cfr. Aquino, Tomás de. S.Th., I, q.75, a.4.

[41] Cfr. Aquino, Tomás de. S.Th., I, q.39, a.1, ad.1.

[42] Cfr. Aquino, Tomás de. S.Th., I, q.29, a.1, ad.1.

[43] Cfr. Eudaldo Forment. Santo Tomás op. cit. p.517.

[44] Cfr. Aquino, Tomás de. S.Th., I, q.29, a.3.

[45] Cfr. Rodríguez, Victorino. Op.Cit., p.16.

[46] Cfr. Díaz, Carlos, Manuel Mounier, Gabriel Marcel…

[47] Cfr. Platón. Sofista, 248 E y textos similares en Fedón, Timeo y Teeteto.

[48] Cfr. Platón. La República. 514ª-518ª; 521c.

[49] Cfr. Idem. 505d, 521c.

[50] Cfr. Platón. Teeteto 191-195; Filebo, 34.

[51] Cfr. Aquino, Tomás de. Pot. 9,7 ad 3 y Ver. 21,1.

[52] Cfr. Atistóteles. Metafísica. a,1, 993 y b,24.

[53] Cfr. Aristótieles. Física. Libros I y II.

[54] Cfr. Aquino, Tomás de. S.Th., I, q.28 a. 1 y 2, corpus.

[55] Cfr. Forment, Eudaldo. Santo Tomás de Aquino. Su vida, su obra y su época. Ed. B.A.C. Madrid 2009. P.517.

[56]  Cfr. Aquino, Tomás de. De ente et essentia, c. VI.

[57] Cfr. Derisi, Octavio Nicolás. Estudios de Metafísica y gnoseología. Tomo I Metafísica, Ed. EDUCA, Buenos Aires, 1985. P. 38.

[58] Cfr. Idem. p. 38-39. Fabro, Cornelio, La nozione Métafísica di partecipazione Secondo S. Tommaso d’Aquino. Societá Editrice Internazionale, Torino, 1950.

[59] Aquino, Tomás de.  S.Th., I, q.28, a.2, corpus.

[60] Cfr. Aquino, Tomás de. S.Th., I, q.44, a.1 y C.G. II,15.

[61] Aquino, Tomás de. S.Th., I a.2. corpus; Forment, Eudaldo. Santo Tomás de Aquino. Su vida, su obra y su época. Ed. B.A.C. Madrid 2009. P 518.

[62]Cfr.  Aquino, Tomás de. De Ente et Essentia, c. VI. Y  S.Th., I. q.3, a.4.

[63] Cfr. Derisi, Octavio Nicolás. Op. cit. p.41.

[64] Cfr. Forment, Eudaldo. Santo Tomás de Aquino. Op. cit. P.518.

[65] Cfr. Aquino, Tomás de. S.Th., I, q.15, a.2.

[66] Cfr. Derisi, Octavio Nicolás. Op cit. p.42.

[67]Cfr. Ibidem.

[68]Cfr. Idem. p. 43.

[69] Cfr. Aquino, Tomás de. S.Th., I, q.14, a.4 y q.27, a.2.

[70] Cfr. Aquino, Tomás de. I, q.19, a.3.

[71] Cfr. Aquino, Tomás de. C.G. I, 74.

[72] Cfr. Aquino, Tomás de. S. Th., I, q.19, a.3.

[73] Cfr. Aquino, Tomás de. S.Th., I, q.44, a.1; I, q.45, a.2 y 3.

[74] Aquino, Tomás de. In Physica, lecc.2 y 5.

[75]  Aquino, Tomás de. S.Th., I, q. 15, a.2.

[76] Aquino, Tomás de. S.Th., I, q.44, a.3.

[77] Aquino, Tomás de. S.Th., I, q.44, a.1.

[78] Aquino, Tomás de. S.Th., I, q.93, a.1, ad.3.

[79] Cfr. Derisi, Octavio Nicolás. Op. cit. p.

[80] Cfr. Aquino, Tomás de. S.Th., I, q.104, a.1 y ad.4.

[81] Cfr. Aquino, Tomás de. S.Th., I, q.104, a.1.

[82] Ibidem.

[83] Cfr. Aquino, Tomás de. S.Th., I, q.54, a.1 y 3.

[84] Cfr. Aquino, Tomás de. S.Th., I, q.44, a.1 y C.G. II, 15 y III, 66.

[85] Cfr. Aquino, Tomás de. C.G. III, 71.

[86] Cfr. Aquino, Tomás de. C.G. III, q.70; S.Th., I, q.105, a.5, ad.2.

[87] Cfr. Aquino, Tomás de. C.G. III, 67; S.Th., I-II, q.9 a.1.

[88] Aquino, Tomás de. S.Th., I, q.36, a.3, ad.4.

[89] Cfr. Derisi, Octavio Nicolás. Op. cit. p.48.

[90] Cfr. Derisi, Octavio Nicolás. Op. Cit., p.49.

[91] Cfr. Derisi, Octavio Nicolás. Op. Cit., pp. 49-50.

[92] Boecio. Liber de persona et duabus naturis contra Eutychen et Nestorium.

[93] Cfr. Aquino Tomás de. S.Th., I, q.29, a.7 ad.2.

[94]Cfr. Q.A. De Pot. q. 9, a.2; ob, et ad. 18. Apud. Forment, Eudaldo, Persona y modo substancial. Promociones Publicaciones Universitarias, Barcelona, 1984. P.69.

[95] Cfr. Aquino, Tomás de, III Sent, d.5, q.2, a.1, ad.2.

[96] Cfr. Forment, Eudaldo. op. cit. p.34.

[97] Cfr. Forment, Eudaldo. Santo Tomás op. cit. p.514.

[98] Cfr. Aquino, Tomás de. S.Th., I, q.36, a.2. corpus.

[99] Cfr. Forment, Eudaldo. Santo Tomás op. cit. p.514.

[100] Cfr. Eudaldo, Forment. Santo Tomás. Op. cit. p.514.

[101] Ibidem.

[102] Ibidem.

[103] Ibidem.

[104] Aquino, Tomás de. S.Th., I q.3 a.4 corpus. Apud. Forment, Eudaldo. Santo Tomás, op. cit. p.514.

[105] Aquino, Tomás de. S.Th., q.36 a.2 corpus.

[106] Cfr. Aquino, Tomás de. S.Th., I q.30, a.2 corpus.

[107] Cfr. Q.D. de Potentia, q.9, a.3.

[108] Cfr. Ocampo, Manuel. Las dimensiones del hombre. Un estudio sobre la persona humana a la luz del pensamiento filosófico de Santo Tomás de Aquino. Ed. EDICEP. Valencia, España. Pp. 48 y 49.

[109] Cfr. Caturelli, Alberto. Reflexiones para una filosofía cristiana de la educación. Dirección general de Publicaciones. Universidad Nacional de Córdoba, Argentina, 1981, p.67.

[110] Cfr. Ocampo, Manuel. Op. cit. p.49.

[111] Cfr. Caturelli, Alberto, op. cit. p. 68.

[112] Cfr. Aquino, Tomás de. S.Th., I, q.19, a.1.

[113]Cfr. Forment, Eudaldo. Persona y Modo substancial, op. cit. p. 42.

[114] Cfr. Ocampo, Manuel. Op. cit., p. 52. (nota al pie de página). “The Anahuac Journal” n.

[115] Cfr. Forment, Eudaldo, Ser y Persona, op. cit. pp. 163 y 164.

[116] Cfr. Aquino, Tomás de. S.Th., I, q.29, a.4, c.1.

[117] Cfr. Aquino, Tomás de Q.D. De Anima, a. I.

[118] Cfr. Aquino, Tomás de De por. q.3, a.1, ad12 y q.9, a.5, ad 13.

[119] Cfr. Aquino, Tomás de. De ente et essentia. C.5, n.5

[120] Cfr. Aquino, Tomás de. S.Th., I, q.3, a.2.

[121] Cfr. Aquino, Tomás de. C.G., I, a.1; S.Th., I, q.3, a.2, ad.3.

[122] Cfr. Aquino, Tomás de. S.Th. I, q.3, a.4 y q.25, a.3.

[123] Cfr. Aquino, Tomás de II Sent. D.1, q.1, a.4. apud. Fraile, Guillermo, Historia de la Filosofía T.II Ed.B.A.C. Madrid. p. 315.

[124] Cfr. Aquino Tomás de. De ente et essentia, c.5, n.2.

[125] Cfr. Aquino, Tomás de. S.Th., I, q. 76, a.6.

[126] Cfr. Aquino, Tomás de. De ente et essentia, c.2.

[127] Cfr. Aquino, Tomás de. De ente et essentia, c.7, n.1.

[128] Cfr. Rodríguez, Victorino. O.P. Estudios de antropología teológica. SPEIRO, Madrid, 1991, p.14.

[129] Cfr. Aquino, Tomás de. S.Th., I, q.75, a.4.

[130] Cfr. Aquino, Tomás de. S.Th., I, q.39, a.1, ad.1.

[131] Cfr. Aquino, Tomás de. S.Th., I, q.29, a.1, ad.1.

[132] Cfr. Aquino, Tomás de. S.Th., I, q.29, a.4, ad.1.

[133] Cfr. Eudaldo Forment. Santo Tomás op. cit. p.517.

[134] Cfr. Aquino, Tomás de. S.Th., I, q.29, a.3.

[135] Cfr. Rodríguez, Victorino. Op.Cit., p.16.

administrador

administrador

Los comentarios están cerrados.