¿Cuál es el valor del noviazgo? ¿Por qué los gestos conyugales plenos deben reservarse al matrimonio?
El noviazgo cristiano es fundamentalmente tiempo de gracia y de discernimiento de la vocación al matrimonio con una persona en concreto. No existe la vocación al matrimonio en general sino en relación con una persona singular, lo que exige lógicamente un tiempo de conocimiento cultivo de la amistad pura y respetuosa de la libertad y la afectividad del otro.
Debe vivirse en la Iglesia como un período formativo especialmente intenso, el tiempo de la preparación próxima e inmediata al matrimonio, pero a la relación entre los novios no corresponden las expresiones propias del amor conyugal porque simplemente tal amor no existe.
Sólo el consentimiento matrimonial válido da origen inseparablemente al amor conyugal y al matrimonio.
Esto implica la valoración auténtica del matrimonio como don irrevocable de si en función de la creación de una nueva familia. Si se admite que el divorcio por mutuo acuerdo o por imposición de uno de los dos es un derecho consolidado, entonces desaparece necesariamente la diferencia esencial entre el noviazgo y el matrimonio.
De hecho la tendencia actual a las formas convivenciales no institucionalizadas (uniones de hecho, etc.) no son más que fenómenos coherentes con la abolición cultural del carácter definitivo de los compromisos matrimoniales. El noviazgo más que tiempo de conquista del amado, es tiempo de conquista de uno mismo, es decir, de la propia capacidad de entrega en exclusiva que llamarnos «virginidad espiritual». Tal virginidad es el mayor y mejor regalo que deben hacerse los novios el día de su boda.
Autor: Juan Andrés Talens, profesor de la asignatura “Ética de la sexualidad”.
(Artículo extraido del libro “La Familia. 150 preguntas y respuestas”)
