28 feb

Reflexión sábado 28 de febrero

Lectura del santo evangelio según san Mateo 5, 43-48

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Habéis oído que se dijo: “Amarás a tu prójimo’ y aborrecerás a tu enemigo”.

Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos.

Porque, si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y, si saludáis solo a vuestros hermanos, ¿qué hacéis de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles? Por tanto, sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto».

Palabra del Señor

Reflexión

Qué directo es el Señor, sin rodeos ni concesiones. Jesús no suaviza el Evangelio: amar al enemigo y orar por quien nos hiere no es una opción para algunos, sino el camino para parecernos al Padre.

Este texto nos invita a revisar con sinceridad nuestra oración. ¿Cómo oro?
¿Es una oración centrada solo en mí, en mis necesidades, en mis problemas y agradecimientos? ¿O es una oración que se abre al dolor, a los sueños y a las luchas de los demás?

Pero Jesús va aún más lejos: nos pide orar también por aquellos con quienes la relación se nos hace difícil, por quienes nos han herido, incomodado o decepcionado. Ahí la oración deja de ser cómoda y se convierte en un acto profundamente evangélico. Orar por el enemigo no justifica el mal, pero sí libera el corazón del rencor y nos hace verdaderamente hijos del Padre, que ama sin excluir a nadie.

Ser “perfectos” como el Padre no significa no fallar, sino amar con un amor que no pone condiciones, que no selecciona, que no se cierra.

Un buen ejercicio para hoy es sencillo y exigente a la vez: detenernos un momento y orar por otros, poniendo nombre y rostro a quienes lo necesitan… y también a aquellos por quienes menos ganas tenemos de orar. Allí comienza la verdadera transformación del corazón.

pastoral

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