Reflexión domingo 22 de marzo
Lectura del santo evangelio según san Juan (11,3-7.17.20-27.33b-45):
En aquel tiempo, las hermanas de Lázaro mandaron recado a Jesús, diciendo: «Señor, tu amigo está enfermo.»
Jesús, al oírlo, dijo: «Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.»
Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo, se quedó todavía dos días en donde estaba.
Sólo entonces dice a sus discípulos: «Vamos otra vez a Judea.»
Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedaba en casa.
Y dijo Marta a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá.»
Jesús le dijo: «Tu hermano resucitará.»
Marta respondió: «Sé que resucitará en la resurrección del último día.»
Jesús le dice: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?»
Ella le contestó: «Sí, Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo.»
Jesús sollozó y, muy conmovido, preguntó: «¿Dónde lo habéis enterrado?»
Le contestaron: «Señor, ven a verlo.»
Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban: «¡Cómo lo quería!»
Pero algunos dijeron: «Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que muriera éste?»
Jesús, sollozando de nuevo, llega al sepulcro. Era una cavidad cubierta con una losa.
Dice Jesús: «Quitad la losa.»
Marta, la hermana del muerto, le dice: «Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días.»
Jesús le dice: «¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?»
Entonces quitaron la losa.
Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo: «Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado.»
Y dicho esto, gritó con voz potente: «Lázaro, ven afuera.»
El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario.
Jesús les dijo: «Desatadlo y dejadlo andar.»
Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.
Palabra del Señor
Reflexión
En estos tres últimos Domingos de Cuaresma hemos escuchado los tres evangelios de las catequesis bautismales de la iglesia antigua. Son la respuesta a tres grandes interrogantes del hombre: la insatisfacción, la oscuridad y la muerte. Frente a estos tres grandes interrogantes que preocupan al hombre de todos los tiempos, la Palabra de Dios viene a darnos la respuesta: Jesucristo es la fuente de agua viva ca-paz de calmar nuestra sed, Jesucristo es la luz del mundo, y Jesucristo es la resurrección y la vida.
El evangelio de la resurrección de Lázaro es una palabra importante que el Señor quiere darnos a cada uno de nosotros: ayudarnos a descubrir dónde está la vida.
Porque muchas veces estamos vi-vos pero no vivimos del todo. Y eso lo expresamos mucho en el lenguaje cotidiano. A veces a la pregunta “¿cómo estás?”, respondemos diciendo: “voy tirando”. Y cuando uno tira, ¿qué quiere decir? Pues que va arrastrando una carga y por eso va tirando de la carga. Y la vida se nos vuelve así muchas veces, una carga pesada que nos cuesta llevarla.
Otras veces decimos que “vivimos en modo supervivencia”. Pero uno que está sobreviviendo es uno que está luchando con la muerte, y que a veces parece que gana la muerte y a veces parece que gana la vida. Quiere decir que está ahí, en un combate muy serio, muy in-tenso.
Y Jesús hoy nos dice, yo no te he creado para vivir en modo supervivencia, ni te he creado para que vayas tirando: Yo he venido –dirá Jesús– para que tengas vida y vida en abundancia (cf. Jn 10, 10). Pero esa vida no te la puedes dar tú.
Cuando pretendemos vivir sin Dios, al final nos morimos, porque nuestra vida depende de Dios. Tú no te has dado la vida a ti mismo.
Así, también nosotros muchas ve-ces como Lázaro, vivimos muertos, encerrados en el sepulcro, y olemos mal muchas veces. No mal físicamente, sino de otra manera que podemos percibir también, vivimos con una insatisfacción crónica, instalados en la queja permanente, sin esperanza… Vivimos sacando lo que hay en el corazón, que es la muerte.
Deja que hoy entre Jesucristo en tu sepulcro y te diga: Lázaro, sal afuera, María, sal afuera, Jorge, sal afuera… deja que Jesús entre hoy en ese sepulcro en el que hoy estás medio muerto, deja que entre su Espíritu Santo y lo haga todo nuevo.
Deja que el Señor te saque de la muerte y que puedas vivir una vida nueva.
Eso es lo que Jesucristo quiere regalarte: una vida nueva, la vida eterna. Y la vida eterna no sólo es la vida después de la muerte. Vida que no es sólo para ochenta o cien años. Dios te ama tanto que no podía crearte para tan poco tiempo: la vida a la que Dios te llama no tiene fin, es la vida eterna.
En el Evangelio, vemos a Jesús que llega a casa de Marta y María, tras la muerte de Lázaro. En este encuentro,
Jesús dice: Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. Y añadió: ¿Crees esto?
Una pregunta que Jesús nos dirige hoy a cada uno de nosotros. También te la dirige hoy a ti: ¿Crees esto?
Para responder bien a esta pregunta necesitas el Espíritu Santo. ¡Pídelo! Para que tú, como Marta, puedas responder: Sí, Señor, yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo.
Y también tú si crees ¡verás la gloria de Dios!
Verás cumplida en tu vida la palabra de Ezequiel: Yo mismo abriré vuestros sepulcros, y os sacaré de ellos, pueblo mío… Pondré mi espíritu en vosotros y viviréis. Porque del Señor viene la misericordia, la redención copiosa.
También nos la dicho san Pablo: si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús también dará vida a vuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros.
Para que, en medio de tus dudas, de tus oscuridades… puedas dar el sal-to de la fe, puedas creer que Jesucristo vive; que sólo Él tiene palabras de vida eterna; puedas creer que Él te ama tanto que quiere que tengas vida en abundancia y te invita a vivir para siempre, más allá de la muerte, en el cielo; porque ni el ojo vio, ni el oído oyó ni el hombre puede siquiera imaginar lo que Dios tiene preparado para los que le aman (cf. 1 Co 2, 9). Que puedas confesar que Él es Señor de tu vida.
Pero, además, la vida eterna comenzamos a gustarla ya aquí. El Señor quiere sacarte del sepulcro, de tu muerte existencial. Si dejas entrar a Jesucristo y le proclamas Señor de tu vida, verás la gloria de Dios.





