“¿Qué es un ángel? (según el judaísmo targúmico)”

Entrevista realizada por Francisco A. Cardells-Martí, profesor de la Universidad Católica de Valencia.

José Andrés Gallego es una persona fascinante, y lo es no sólo porque no importa que acumule títulos superiores sin parar y mantenga una humildad propia de los sencillos, sino porque mantiene los interrogantes de la más tierna infancia, algo que solemos perder las personas con los años.

Catedrático de historia en Universidades de Oviedo, León, Cádiz, UNED, profesor del CSIC, rector de universidad de Avila, director de proyectos nacionales e internacionales, … es una referencia historiográfica en la historia del cristianismo y la historiografía española entre otros campos.

Con esta obra “Qué es un ángel según el judaísmo targúmico” sorprende a las mentes perezosas y aquellos que se parapetan en torres de marfil para reflexionar sin miedo a la verdad. Antes de entrevistarlo le felicito y sé que aprenderé con sus respuestas.

1.Lo primero que llama la atención, tanto a mí como a Domingo Muñoz León, que realiza una excelente presentación de la obra, es que el título del libro parece que se aparta de la historia convencional y también de las corrientes dominantes de la teología, puesto que la angeleología no es precisamente un tema central entre las investigaciones científicas. ¿Por qué un libro de estas características?

Me llevó a ello el deseo de conocer mejor los orígenes del cristianismo. Pensaba que había fuentes sin utilizar suficientemente y métodos que no se habían empleado. Opté por lo que los historiadores llamamos la “microhistoria”: el estudio de hechos muy concretos de manera exhaustiva. ¿Cuál puede considerarse el primer hecho histórico relacionado directamente con Jesucristo? La aparición del ángel al sacerdote Zacarías, en el templo, unos meses antes de aparecerse a María virgen. Me fijé en que san Lucas no dice qué es un ángel; da por supuesto que los lectores lo saben. Así que, como él escribió en el siglo I, me pregunté qué creían que era un ángel los judíos del siglo I. Y la respuesta está en el libro. En eso consiste.

2. Sin duda es un acierto la hipótesis de trabajo del autor, puesto que la mayoría de los primeros cristianos procedían de una cultura israelita y la noticia fue fecunda desde ese punto de partida al generar opciones y posteriormente hábitos. Podría explicarlo.

Si san Lucas dio por supuesto que aquella gente sabía qué es un ángel y no tenía que explicarlo, es que aquella gente sabía eso precisamente por “hábito”; no necesitaba hacerse esa pregunta. Le bastaba oír la palabra “ángel” (malak en hebreo) para saber de qué se hablaba. Así que me puse a buscar todas las situaciones bíblicas en las que se menciona a un ángel. La Biblia no ofrece teorías, sino que narra hechos muy concretos. Sean históricos o no, están narrados de forma que “se entienden” porque la gente está “habituada” a manejar los conceptos que allí se manejan. Cuando conozcamos esos hábitos -las convicciones que formaban el judaísmo del siglo I- llegará el momento de preguntarse qué habitos cambió la presencia de Jesucristo en la historia. Le adelanto que son muchos y enormes.

3. En este contexto inicial, ¿Por qué recurrimos al Targum palestino como texto de referencia para entender el concepto de ángel de los primeros cristianos?

Porque esa es la fuente que los historiadores del primer cristianismo no han aprovechado debidamente. La mayoría de los judíos que convivieron con Jesucristo no sabían hebreo; su lengua materna era el arameo. En las sinagogas, leían en voz alta un párrafo de la Biblia en hebreo y luego se lo repetían -con aclaraciones- en arameo, que es lo que comprendían. Desde hace años, se ha comprobado que muchas de las referencias bíblicas del Nuevo Testamento no se corresponden con la Biblia hebrea, sino con los “targumín” (“traducciones” en arameo). También hay huellas importantes de las traducciones griegas, que ya se habían hecho al menos desde el siglo III antes de Cristo.

4. ¿Puede poner algún ejemplo de lo que añaden estas traducciones?

No hay más que abrir la Biblia hebrea y leer la primera frase: “En principio, Elohim creó los cielos y la tierra”. En el targum, esa frase está “traducida” así:  “En el principio, la palabra de Yahweh, con sabiduría, creó y terminó los cielos y la tierra”. Me bastó leer eso y comprobar que el targum más antiguo, el Neófiti, está lleno de lugares donde quien actúa no es Yahweh o Elohim, sino su “palabra”. Me di cuenta enseguida de que esa era la clave de algo que no había comprendido jamás, por muchas razones que me dieran: por qué san Juan empezó su evangelio así: “En el principio era la palabra; la palabra estaba cabe Dios; la palabra era Dios; por la palabra fue hecho todo; la palabra se hizo carne”. Es inverosímil que san Juan pensara en el “logos” platónico al decir eso. Sencillamente, repetía a sus compatriotas lo que todos solían oír en la sinagoga en la traducción aramea de la Biblia y, por eso, llamaba “palabra” a Jesucristo. Era la forma de decirles que Jesucristo es esa “palabra” cuyas acciones se narran en la Biblia y, por tanto, el hijo de Dios.

5. Sin embargo, en la predicación sobre esas frases del Génesis, no suele hablarse de eso.

Eso es lo que constaté. Me pregunté por qué y comprobé que la mayoría de los teólogos católicos no quieren hablar de eso, ni mucho menos formar a los futuros sacerdotes en esos conocimientos. Por tanto, muchos de ellos ni siquiera tienen noticia de que, a mediados del siglo XX, se encontró el targum Neófiti (y mucho menos que, sobre esa base, se publicó en los años 70 la Biblia Políglota Matritense). Esta obra monumental -la Políglota Matritense- es un instrumento de trabajo de primerísimo orden, empleado por exegetas de todo el mundo y de todas las confesiones, judíos, cristianos y agnósticos. Pero, en España, ni nos suena.

6. ¿Por qué no emplean esas fuentes arameas los teólogos, con poquísimas excepciones como la de Domingo Muñoz?

Eso me pregunté también, claro, y descubrí esto: unos alegan que ese targum no es fidedigno y creen que, para justificarlo, basta decir que no es del siglo I, sino del siglo IV en el mejor de los casos. Aunque fuera así, nadie puede negar que es la versión aramea del Pentateuco más antigua que tenemos. Por tanto, es la más cercana a la que oían los seguidores de Jesucristo -y Jesucristo mismo- en la sinagoga. Pero se niegan a revisar sobre esa base su idea del Nuevo Testamento. Para ellos, el Nuevo Testamento es un relato idealizado por la tercera o cuarta generación de cristianos. Ahora bien, si resulta que hay frases que proceden directamente de los judíos de lengua aramea -que eran casi todos los que habitaban la Tierra Prometida-, esa teoría cae por su base. Esas frases no son de origen cristiano ni de tercera ni de vigésima generación; son judías. Y nadie se atreve a decir que es que los cristianos influyeron en esos judíos. Sería esperpéntico. Pero, con decir que es una fuente discutida (justamente por ellos), la ignoran.

7. Pero eso supone decir que hay exegetas que no se rigen por criterios rigurosamente científicos.

Por supuesto, es pura ideología y, si supieran su origen, se echarían a temblar. No tiene nada que ver con la Biblia. La idea de que el Nuevo Testamnto es obra colectiva y popular de tercera generación se basa en una filosofía de la cultura nacida a en las últimas décadas del siglo XVIII entre gente culta de habla alemana. Es una de las principales raíces del romanticismo y del germanismo del siglo XIX. Venían a decir que todo pueblo tiene “alma”. Esa alma se expresa sobre todo en su lengua y, con ella, esa comunidad genera la literatura popular. Esta es, por tanto, la expresión fidedigna del alma de los pueblos. Eso llevó a dar enorme importancia a la épica -la canción de Roldán principalmente- y llegó a lo sublime con las composiciones de Wagner. Para abreviar: es uno de los hitos principales en la formación del racismo germano. Pero todo esto, la mayoría de los exegetas lo ignora. No sabe que Bultmann, el gran exegeta protestante alemán del siglo XX, proyectó sobre la Biblia esa idea de la cultura como fruto colectivo de la comunidad (en este caso, judía). Bultmann no siguió a Hitler. Tuvo que ver con sus propios ojos lo contrario: cómo Hitler intentaba fomentar una exégesis bíblica que prescindiera del carácter judío de la narración: la cuadratura del círculo. Pues bien, semejante método exegético entró en la Iglesia católica desde los años cincuenta del siglo XX como modelo a imitar fielmente. Era la panacea: como si, finalmente, se hubiera hecho la luz. Ya estaba impuesta cuando se reunió el Concilio Vaticano II, en el que no se logró erradicarla. Quizá no se conocían debidamente sus fundamentos. Ni todos los conocen aún hoy.

8. Hablando impropiamente, todo esto que usted dice tenía que entusiasmar a los exegetas que no aceptan esa exégesis protestante, digamos los “conservadores” (católicos y protestantes también).

Justo por eso no les entusiasma: son “conservadores” partidarios de la seguridad que da el “nihil innovetur”. No piensan que quien no se arriesga no cruza la mar. Algunos de ellos me han dicho expresamente que tomar en consideración una fuente despreciada hasta ahora (hasta el hallazgo del targum Neófiti y la publicación de la Biblia Políglota Matritense) es como abrir la caja de Pandora: no se sabe qué puede salir. Así que me dije: si no queréis sacarlo, os forzaré a llevarlo a cabo. ¿Cómo? Arriesgándome a estudiar algo de lo que sabéis mucho más que yo, para obligaros a rectificarme y, para eso, a trabajarlo.

9. En la época de Zacarías según se desprende de su estudio podía uno valerse de textos escritos en hebreo, en arameo o en griego (LXX). Pero, ¿con el mismo valor sagrado?

Desde el punto de vista judío, sí, sin duda. Los traductores arameos estaban formados en la exégesis bíblica dominante; no eran aficionados ni improvisadores. Todos tenían claro que el texto recibido de Moisés era el hebreo. Pero no se les ocurría pensar que fuese letra muerta. Había que interpretarlo contando con que Dios les inspiraría. En el siglo I, los judíos de Qumrán ya hablaban además de que el inspirador es el espíritu santo. Por otra parte, desde el momento en que consideraron “bíblicos” algunos libros que estaban escritos en arameo y no en hebreo (gran parte del libro de Daniel, por ejemplo) y tradujeron la Biblia al griego -con aclaraciones también, no literalmente-, no había obstáculo para considerar que todo ello era fruto de inspiración divina: la Biblia hebrea, la traducción griega que se dijo hecha por 72 sabios hebreos (llamada por eso “Los 70”, o “Septuagésima”) y los targumín. Hoy los rabinos no lo admiten. Pero eso es fruto de la evolución del judaísmo a raíz de la expulsión de la Tierra Prometida entre el año 70 y el 135. Por eso es importante el targum Neófiti: será del siglo IV ó del que fuere; pero no está afectado por la completa revisión del judaísmo que hicieron los rabinos desde esas fechas. Para ellos fue el primer “holocausto”: Dios les había dado la tierra que les había prometido y permitía que los romanos los echaran de ella (nada menos que hasta el siglo XX). Quisieron entenderlo y reorientaron completamente el judaísmo. Es lo que los expertos llaman “la Mishná”.

10. ¿Y el magisterio de la Iglesia?

No hay pronunciamiento sobre ello (ni creo que sea prudente pronunciarse cuando aún está sin estudiar ese filón). Primero tienen que trabajar los exegetas sobre el targum y ya se verá. Lo he trabajado íntegramente y no he hallado nada contrario a la fe cristiana. Sucede exactamente lo contrario: el del targum Neófiti es un judaísmo mucho más próximo al cristianismo que el judaísmo actual. Para empezar, sólo le falta el concepto de Trinidad.

11. Eso parece importante. ¿Podría explicarlo?

Sí, claro. Ellos concebían a Dios como quien se expresa por medio de su aliento con el que forma su palabra. Desde el libro de Oseas especialmente (antes, también), está claro que Dios se expresa amor. Así resultaba más sencillo entender que, si Dios es amor y se expresa, su expresión engendra una palabra que es puro amor como él (que, de esa forma, es padre, y la palabra, hijo). El aliento con que lo expresa y, así, lo engendra, se dice “rúah” en hebreo y aramo, “pneuma” en griego y “spiritus” en latín, en el que viene de “espirar”, arrojar el aire después de inspirado. Por eso la tercera persona que es Dios uno se ha quedado con su nombre originario, el de “espíritu”.

12. No nos ha dicho qué es un ángel según esas fuentes.

Naturalmente, en el libro, no me baso sólo en las fuentes arameas, sino en todas, incluidas las latinas (concretamente, la recomposición anterior a la Vulgata que es la Vetus latina) y claro está que en la hebrea y la griega. Como la versión hebrea que nos ha llegado es muy tardía (del siglo X), todas las frases que tomo de ella las he cotejado con los manuscritos de Qumrán y Masora. Algunos asuntos me han obligado a retroceder en el tiempo y manejar textos semíticos anteriores a la formación del hebreo bíblico. Los judíos de la época de Jesucristo llamaban a esta -el hebreo- “la lengua del templo” y, durante mucho tiempo, se pensó que era la de Eva y Adán. Claro que no es así. El hebreo nació en la Tierra Prometida, por tanto muy tarde, como un híbrido del cananeo y la lengua semítica que hablaban los hebreos (y que se ha perdido). Por eso no tiene sentido -a mi juicio- insistir en que hay que aceptar la Biblia “como nos ha llegado”. Hay que añadir “como nos ha llegado al día de hoy”. No sabemos lo que se encontrará mañana. Y temer que haya cajas de Pandora (que las habrá) no es prueba de confianza en el espíritu (el santo, me refiero).

13. Esa obra que usted ha emprendido requiere una formación lingüística enorme…

En efecto. Pero la formación lingüística se alcanza de dos formas: o consiguiéndola uno mismo o sirviéndose de los instrumentos lingüísticos que han elaborado los verdaderos sabios. Yo no soy un sabio; soy un historiador que sabe dónde buscar y que se arriesga; nada más. Se trata de que la barca de Pedro cruce esa mar. Que uno se ahogue en el intento, es secundario, de veras (aunque sea aconsejable llevar flotador). Además, tenga en cuenta lo que disfruto antes de ahogarme, aprendiendo lo que no sé. Es un lujo permitirse algo así.

14. Tres motivos por los que leer este libro.

Está escrito de forma amena, hasta el extremo de que algunos pueden considerarlo irreverente. No lo es; pero he querido que la gente que hace el esfuerzo sonría de vez en cuando. Esa es la primera razón. La segunda es descubrir que las cosas que oímos son fruto de un estudio que requiere muchas horas y mucha gente. Los predicadores no improvisan; recogen el fruto de siglos y de millares de exegetas y teólogos que han trabajado en ello. La tercera razón para leerlo es que así sabrán qué es (quizás) un ángel.

 

 

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