combate espiritual

El combate espiritual II

El combate espiritual II.
Las coordenadas del combate

En la carta a los Efesios, san Pablo nos exhorta diciendo: «Por lo demás, buscad vuestra fuerza en el Señor y en su invencible poder. Poneos las armas de Dios, para poder afrontar las asechanzas del diablo, porque nuestra lucha no es contra hombres de carne y hueso sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo de tinieblas, contra los espíritus malignos del aire. Por eso, tomad las armas de Dios para poder resistir en el día malo y manteneros firmes después de haber superado todas las pruebas» (Ef 6, 10-13). Acto seguido enumera cuáles son esas “armas de Dios” y para qué sirven (cf. Ef 6, 14-20).

Antes de analizar –en días sucesivos– cada una de estar armas, vamos a fijarnos bien en la naturaleza y características de esta lucha que estamos llamados a combatir, en sus “coordenadas”: tipo de combate, identidad del enemigo y emplazamiento del campo de batalla.

¿De qué guerra se trata?

Como hemos leído en la epístola a los efesios, «nuestra lucha no es contra hombres de carne y hueso sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo de tinieblas, contra los espíritus malignos del aire». La palabra de Dios nos advierte, pues, que se impone un discernimiento entre una lucha que no es nuestra lucha y una que sí lo es. Hemos de detenernos a pensar, por tanto, ¿qué lucha estamos luchando?, ¿la nuestra o la equivocada? La equivocada es contra hombres de carne y hueso, contra personas a las que consideramos nuestros enemigos pero que realmente no lo son. La “nuestra” es otra batalla. Es contra enemigos que habitan “en el aire”, que son invisibles, y que su propósito es arrebatarnos algo que debe ser defendido en el combate.

¿Qué es este “algo”? Escuchemos de nuevo a san Pablo: «Porque el amor al dinero es la raíz de todos los males, y algunos, arrastrados por él, se han apartado de la fe y se han acarreado muchos sufrimientos. Tú, en cambio, hombre de Dios, huye de estas cosas. Busca la justicia, la piedad, la fe, el amor, la paciencia, la mansedumbre. Combate el buen combate de la fe, conquista la vida eterna, a la que fuiste llamado y que tú profesaste noblemente delante de muchos testigos». (1Tim 6, 10-12)

La buena batalla es, pues, la de la fe y la de la vida eterna, la de conservar la fe, tesoro que se nos quiere arrebatar y que podemos perder. Esta pérdida es una posibilidad tan real, que el mismo Cristo, Nuestro Señor, se preguntó si cuando volviera en gloria, encontraría fe sobre la tierra (cf. Lc 18,1-8). Y con la fe, el amor, la vida en gracia, la esperanza, las buenas obras. Esto es lo que debe conservarse y mantenerse, aunque se pierda todo lo demás. «Así como a la serpiente –escribía san Juan Crisóstomo– no le importa perderlo todo, aunque sea seccionado su cuerpo, con tal que conserve la cabeza, así también tú debes estar dispuesto a perderlo todo, tu dinero, tu cuerpo y aún la misma vida, con tal que conserves la fe. La fe es la cabeza y la raíz; si la conservas, aunque pierdas todo lo demás, lo recuperarás luego con creces».

¿Quién es el adversario?

Hay guerra porque hay adversario. San Pablo señala con toda claridad al Diablo, al Malo, «el gran dragón, la serpiente antigua, el llamado Diablo y Satanás, el que engaña al mundo entero» (Ap 12,9). El testimonio de la Escritura es unánime con relación a la existencia del Maligno. Cristo se enfrentó a él y nos da fuerzas, el auxilio de los ángeles y enseñanzas concretas para hacerlo también nosotros.

El Diablo, además, sabe excitar al mundo (que yace bajo su dominio) y a nuestra carne contra nosotros, de modo que también éstos se vuelven enemigos fieros, que hay que conocer y contra los que hay que luchar. Demonio, mundo y carne, son pues los enemigos, tanto más peligrosos en el momento actual cuanto menos se los considera enemigos. No caigamos en la necedad de llamar amigos a quienes sólo pueden llevarnos a perder la batalla. Una cita de san Juan de la Cruz: «El alma que quiere llegar en breve al santo recogimiento, silencio espiritual, desnudez y pobreza de espíritu, donde se goza el pacífico refrigerio del Espíritu Santo, y se alcanza unidad con Dios, y librarse de los impedimentos de toda criatura de este mundo, y defenderse de las astucias y engaños del demonio, y libertarse de sí mismo, tiene necesidad de ejercitar los documentos siguientes, advirtiendo que todos los daños que el alma recibe nacen de los enemigos ya dichos, que son: mundo, demonio y carne. El mundo es el enemigo menos dificultoso; el demonio es más oscuro de entender; pero la carne es más tenaz que todos, y duran sus acometimientos mientras dura el hombre viejo. Para vencer a uno de estos enemigos es menester vencerlos a todos tres; y enflaquecido uno, se enflaquecen los otros dos, y vencidos todos tres, no le queda al alma más guerra» (Cautelas, 1-3)

¿Cuál es el campo de batalla?

Es nuestro interior, nuestro corazón, nuestra mente. Ahí se libra la batalla terrible. No luchamos contra hombres de carne y hueso, sino contra las mentiras y ponzoñas que el Malo inocula en nuestro interior. Es en el corazón donde se han introducido (con el concurso de la voluntad) mentiras y venenos que quitan la paz, la libertad, el amor. El verdadero combate es siempre y primero interior. Por eso es hacia mí mismo que debo dirigir mis golpes, como también dice San Pablo: «Por eso corro yo, pero no al azar; lucho, pero no contra el aire; sino que golpeo mi cuerpo y lo someto, no sea que, habiendo predicado a otros, quede yo descalificado». (1Cor 9, 26-27)

La libertad y la paz no me la pueden dar otros, ni debo esperar que ocurran porque cambia lo que está fuera de mí. Soy yo quien, con el auxilio de Dios, debo batallar esa guerra y ganarla. Lo sabemos: si uno no es libre desde dentro, libre de las propias tinieblas, ya puede vivir en un reino de luz que todo le parecerá oscuro. Lo dice el Señor: «La lámpara del cuerpo es el ojo. Si tu ojo está sano, tu cuerpo entero tendrá luz; pero si tu ojo está enfermo, tu cuerpo entero estará a oscuras. Si, pues, la luz que hay en ti está oscura, ¡cuánta será la oscuridad». (Mt 6, 22-23)

Cuando esto no está claro, vivimos ciegos, con un corazón que desea erróneamente y genera, por tanto, ansias torcidas que llevan a tristeza e insatisfacción permanentes, exigiendo que cambien los otros, el ambiente, las circunstancias. El Maligno nos lleva a cuestionarlo todo, a buscar fuera los enemigos, las causas de nuestros pesares… pone en nuestro corazón las preguntas equivocadas, que nos llevan a buscar falsas soluciones.

Cuidado, pues, con golpear al aire, errando sobre el adversario, sobre la naturaleza del combate. Combatir sin luz, sin discernimiento, es batalla perdida, es combate inútil.

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