27 ene

Reflexión jueves 27 de enero

Evangelio según san Marcos (Mc 4, 21-25)

En aquel tiempo, Jesús dijo al gentío: «¿Se trae la lámpara para meterla debajo del celemín o debajo de la cama?, ¿no es para ponerla en el candelero? No hay nada escondido, sino para que sea descubierto; no hay nada oculto, sino para que salga a la luz. El que tenga oídos para oír, que oiga».

Les dijo también: «Atención a lo que estáis oyendo: la medida que uséis la usarán con vosotros, y con creces. Porque al que tiene se le dará, y al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene».

Palabra del Señor

Reflexión

  • El evangelio de hoy, bajo la imagen de la lámpara, Jesús enseña que su palabra es fuente de luz que debe llegar a todo el mundo. Dios no se ha revelado en Cristo para que su palabra quede silenciada: «¿Acasos, se trae el candil para meterlo debajo del celemín (un cajón de madera) o debajo de la cama, o para ponerlo en el candelero?».
  • En la segunda parte del texto, Jesús pide a los apóstoles, precisamente, que presten atención a aquello que están oyendo, porque están recibiendo un tesoro del cual deberán dar cuenta. Aquellos que hemos recibido el anuncio de la fe, estamos llamados a prolongarlo en el tiempo y el espacio a través de nuestra palabra y nuestras acciones. El poeta converso francés Charles Péguy lo expresaba así: «Jesucristo, hija mía, no nos entregó palabras en conserva / para guardar, / sino que nos entregó palabras vivas / para alimentar. (…) Misterio de misterios, se nos ha otorgado ese privilegio, /…/ de alimentar con nuestra sangre, con nuestra carne, con nuestro corazón / esas palabras que sin nosotros caerían descarnadas. / De asegurar, (es increíble), de asegurar a las palabras eternas / todavía como una segunda eternidad, / …, una eternidad de carne y de sangre, / (…) Nos corresponde, de nosotros depende / hacerla oír en los siglos de los siglos, / hacerla resonar»[1].

Jesús advierte: «La medida que uséis la usarán con vosotros, y con creces. Porque al que tiene se le dará y al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene». A quien con su vida corresponde a la gracia dada por Dios se le dará más gracia todavía; pero el que no hace fructificar la gracia divina recibida, quedará cada vez más empobrecido. Lo vemos claramente en la vida de los santos, por un lado, y de los pecadores, por otro. La santidad genera vida, mientras que el pecado lo marchita todo.

La participación en la eucaristía debe ser un impulso para vivir una entrega confiada a ese Dios que se acerca a nosotros para compartir con nosotros su vida y darnos su gracia. Así sea.

[1] C. Péguy, El pórtico del misterio de la segunda virtud, Madrid 1991, pp. 77-79.

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