
Reflexión lunes 7 de abril
Lectura del santo Evangelio según san Juan 8, 12-20
En aquel tiempo, Jesús habló a los fariseos, diciendo:
«Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida».
Le dijeron los fariseos:
«Tú das testimonio de ti mismo; tu testimonio no es verdadero».
Jesús les contestó:
«Aunque yo doy testimonio de mí mismo, mi testimonio es verdadero, porque sé de dónde he venido y adónde voy; en cambio, vosotros no sabéis de dónde vengo ni adónde voy. Vosotros juzgáis según la carne; yo no juzgo a nadie; y, si juzgo yo, mi juicio es legítimo, porque no estoy yo solo, sino yo y e! que me ha enviado, el Padre; y en vuestra ley está escrito que el testimonio de dos hombres es verdadero. Yo doy testimonio de mí mismo, y además da testimonio de mí el que me ha enviado, el Padre».
Ellos le preguntaban:
«Dónde está tu Padre?».
Jesús contestó:
«Ni me conocéis a mí ni a mi Padre; si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre».
Jesús tuvo esta conversación junto al arca de las ofrendas, cuando enseñaba en el templo. Y nadie le echó mano, porque todavía no había llegado su hora.
Palabra del Señor.
Reflexión
El evangelio nos sigue presentando la tensión creciente entre Jesús y los fariseos. La razón última está en que no lo conocen en profundidad, pero tampoco quieren conocerlo. El Señor se presenta como luz del mundo, pero los fariseos lo acusan de que Él da testimonio de sí mismo y por eso no es un testimonio válido. Ante esa acusación, Jesús argumenta que también da testimonio de Él su Padre y el testimonio de dos hombres es verdadero. La dificultad es que los fariseos no entienden a quién se refiere Jesús cuando habla de su Padre. Ahí está el problema, que no lo conocen a Él ni conocen a su Padre. Para nosotros es fundamental reconocer que Jesús es quien nos revela a su Padre y en la medida que profundizamos en el conocimiento de Jesús conocemos mejor a nuestro Dios.