Reflexión domingo 1 de marzo
Lectura del santo evangelio según san Mateo (17,1-9):
En aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó aparte a una montaña alta. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Y se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él.
Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús: «Señor, ¡qué bien se está aquí! Sí quieres, haré tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.»
Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra, y una voz desde la nube decía: «Éste es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo.» Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto.
Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo: «Levantaos, no temáis.» Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo.
Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: «No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.»
Palabra del Señor
Reflexión
Hoy el Evangelio nos habla de la Transfiguración del Señor: antes de llegar al drama de la Pasión, Jesucristo se manifiesta transfigurado, glorioso, ante sus discípulos, para que no se asusten ni se escandalicen ante el misterio de la cruz. La Transfiguración es un anuncio y un anticipo glorioso de la Resurrección del Señor. Con ello, la Palabra de Dios quiere darte ánimo en tu camino hacia la vida eterna. Quiere recordarte que somos ciudadanos del cielo. No eres un vagabundo existencial cansado y agobiado, harto de dar vueltas en una rueda sin sentido, sino un peregrino caminando junto a otros peregrinos hacia el cielo. Nos lo ha recordado san Pablo: Dios nos salvó y nos llamó con una vocación santa. La luz de la vida eterna transfigura la cruz, y de dolorosa la transforma en gloriosa. Y por eso Jesucristo te recuerda que de nada te sirve ganar el mundo entero si se pierde tu alma. Todo sería inútil si no alcanzas la vida eterna. Así nos lo ha recordado también la primera lectura, con esta alianza que Dios hace con Abrahán: sal de tu tierra. Estamos llamados a salir de nosotros mismos. No podemos vivir en un narcisismo existencial, no podemos vivir una vida individualista, encerrada en nosotros mismos, como tantas veces el mundo de hoy nos propone. Dios no nos ha creado para la soledad, sino para la relación, para la comunión, para la donación. Y nos realizaremos como personas, no viviendo encerrados en nosotros mismos, contemplándonos a nosotros mismos, sino saliendo de nosotros mismos, saliendo para relacionarnos con Dios y saliendo para relacionarnos con los hermanos. Y por eso somos peregrinos, pero no peregrinos solitarios, sino peregrinos caminando junto a otros hermanos, junto a otros peregrinos, viviendo la presencia del Señor en nuestra vida y caminando hacia la meta del cielo. Ser cristiano es vivir cada día la experiencia de subir al Tabor y vivirlo todo con el Señor, y cuando lo vivimos todo con el Señor, Él lo hace nuevo por el don del Espíritu Santo, y por eso estamos llamados a vivir esa intimidad en la vida diaria, vivir nuestros sueños con el Señor, nuestras in-quietudes con el Señor, nuestros miedos con el Señor, nuestros éxitos con el Señor, nuestros fracasos con el Señor, vivirlo todo con el Señor, y entonces se hará realidad en nuestra vida también lo que dice el Salmo: El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? Contempladlo y quedaréis radiantes. Pero para eso necesitamos vivir lo que hemos escuchado en el Evangelio, esta voz de la nube que decía: Este es mi Hijo el Elegido, escuchadlo.
¿A quién escuchas cada día para poder vivir? ¿Escuchas la voz de tu corazón herido por el pecado original? ¿Escuchas la voz del mundo o escuchas la voz del Señor? Ahí está la clave. Como Abrahán: ¡sal de tu tierra! ¡sal de ti mismo! Y déjate llevar por el Señor: a la tierra que yo te mostraré. ¿Te animas a seguir en serio este camino, a vivir esta aventura? ¡Vale la pena! ¡Atrévete! ¡No te defraudará! También tú, si crees, si sigues a Jesucristo por el camino de la cruz, verás la gloria de Dios.


