8 jun

Reflexión lunes 8 de junio

Lectura del santo evangelio según san Mateo (5,1-12):

En aquel tiempo, al ver Jesús el gentío, subió a la montaña, se sentó, y se acercaron sus discípulos; y él se puso a hablar, enseñándoles: «Dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Dichosos los que lloran, porque ellos serán consolados. Dichosos los sufridos, porque ellos heredarán la tierra. Dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos quedarán saciados. Dichosos los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Dichosos los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Dichosos los que trabajan por la paz, porque ellos se llamarán los Hijos de Dios. Dichosos los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. Dichosos vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa. Estad alegres y contentos, porque vuestra recompensa será grande en el cielo, que de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros.»

Palabra del Señor

Reflexión

Comenzamos hoy a escuchar en el Evangelio el Sermón de la Montaña que nos va a acompañar durante algunas semanas. El Sermón de la Montaña que es el centro de la predicación de Jesús. Y dentro del Sermón de la Montaña, escuchamos hoy las bienaventuranzas con las que ha comenzado este Sermón. Las Bienaventuranzas son como una ecografía del Corazón de Jesús. Así es por dentro el Corazón de Jesús. Y así será tu corazón si dejas que el Espíritu Santo lo vaya modelando. Las bienaventuranzas no son un programa que cumplir, ni una utopía con la que soñar. Las bienaventuranzas es lo que sucederá en ti, por la gracia de Dios. Si tú te abres a la acción del Señor, el Señor va a ir transformando tu corazón, te va a ir dando un corazón nuevo y un espíritu nuevo. ¿Y cómo es ese corazón? Pues pobre, manso, misericordioso, limpio…, todo lo que hemos escuchado. Y todo esto no como una obra tuya, sino como un fruto del Espíritu en tu corazón. Si la fe es auténtica va transformando la vida, va dando frutos. Las obras no son la causa de la salvación, sino la consecuencia de haber acogido el don gratuito de la salvación. El que ha acogido la salvación, y tiene en su corazón el Espíritu Santo, ve cómo van desapareciendo las obras del hombre viejo y van apareciendo -como un don- los frutos del Espíritu: caridad, gozo, paz, paciencia, longanimidad, bondad, benignidad, mansedumbre, fidelidad, modestia, continencia, castidad (cf. Catecismo, 1832). Y, como el profeta Elías, vivirás creciendo en fidelidad al Señor. En la medida en que te abras a la acción del Espíritu no podrás vivir para ti mismo, encontrarás la felicidad viviendo para el Señor. Experimentarás que se es más feliz al dar que al recibir (cf. Hch 20, 35). Y también crecerás en la confianza en Dios. Porque tendrás sellada en tu corazón la certeza de que Dios te ama y cuida de ti; la certeza de que el Señor te guarda a su sombra, está a tu derecha; de día el sol no te hará daño, ni la luna de noche.

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