Reflexión sábado 15 de noviembre
Lectura del santo evangelio según san Lucas (18,1-8):
En aquel tiempo, Jesús, para explicar a sus discípulos cómo tenían que orar siempre sin desanimarse, les propuso esta parábola: «Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los hombres. En la misma ciudad había una viuda que solía ir a decirle: «Hazme justicia frente a mi adversario.» Por algún tiempo se negó, pero después se dijo: «Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, como esta viuda me está fastidiando, le haré justicia, no vaya a acabar pegándome en la cara.»»
Y el Señor añadió: «Fijaos en lo que dice el juez injusto; pues Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos que le gritan día y noche?; ¿o les dará largas? Os digo que les hará justicia sin tardar. Pero, cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?»
Palabra del Señor
Reflexión
Jesús propone una parábola con dos protagonistas: un juez inicuo y una pobre viuda a la que no le hacía caso. El juez debería escuchar a las partes y dictar una sentencia justa según la Ley de Moisés. Los jueces, según el libro del Éxodo, tenían que ser “hombres probados, temerosos de Dios, hombres fieles y honrados” (Ex 18,21), pero este era un personaje inicuo, sin escrúpulos. Por su parte, las viudas que carecían de recursos, eran junto con los huérfanos y los extranjeros, las personas más débiles y desprotegidas de la sociedad, y por eso dice el libro del Deuteronomio que Dios mismo “hace justicia al huérfano y a la viuda y ama al extranjero” (Dt 10,18). La mujer viuda de esta parábola, al ver el poco caso que el juez le hace, recurre al único procedimiento que tiene a su alcance: insistir una y otra vez, con perseverancia, incluso con pesadez, hasta que logra doblegar la actitud del juez. Éste, harto de escuchar sus ruegos, termina por acceder a aquello que ni el respeto a Dios ni a los hombres, habían logrado: “como esta viuda está molestándome, le haré justicia, para que no siga viniendo a importunarme” (v. 5).
“Por lo tanto -comenta el Papa Francisco-, aprendamos de la viuda del Evangelio a orar siempre, sin cansarnos. ¡Era valiente esta viuda! Sabía luchar por sus hijos. Pienso en muchas mujeres que luchan por su familia, que rezan, que no se cansan nunca. Un recuerdo hoy, de todos nosotros, para estas mujeres que, con su actitud, nos dan un auténtico testimonio de fe, de valor, un modelo de oración».
Jesús extrae la conclusión de esta parábola siguiendo el procedimiento rabínico del qal wa-jómer, que es un argumento a fortiori: si sucede esto… con mucha más razón ocurrirá esto otro. Si un juez injusto se mueve ante la insistencia, Dios, que es justo y además Padre misericordioso, ¿cómo no hará justicia a sus hijos cuando acuden confiadamente a él?
Jesús nos asegura que Dios nos oye desde el primer momento, aunque tengamos momentos de cansancio y desaliento cuando nuestra oración parece ineficaz. Pero la oración no es una varita mágica que hace realidad todo lo que se nos antoja. El Señor nos escucha siempre y conoce nuestras dificultades, pero sabe mejor que nosotros lo que necesitamos, y que a veces es mejor que dilate su respuesta para darnos el tiempo necesario para discernir lo que nos conviene más. Mons. Fernando Ocáriz nos enseña que “emprender cada día una vida de oración es dejarnos acompañar, en los buenos y en los malos momentos, por quien mejor nos comprende y nos ama. El diálogo con Jesucristo nos abre nuevas perspectivas, nuevas maneras de ver las cosas, siempre más esperanzadoras”





