21 jul

Reflexión viernes 21 de julio

Del evangelio según san Mateo 12, 1-8

En aquel tiempo, atravesó Jesús en sábado un sembrado; los discípulos, que tenían hambre, empezaron a arrancar espigas y a comérselas. Los fariseos, al verlo, le dijeron: «Mira, tus discípulos están haciendo una cosa que no está permitida en sábado». Les replicó: «¿No habéis leído lo que hizo David, cuando él y sus hombres sintieron hambre? Entró en la casa de Dios y comieron de los panes de la proposición, cosa que no les estaba permitida ni a él ni a sus compañeros, sino solo a los sacerdotes. ¿Y no habéis leído en la ley que los sacerdotes pueden violar el sábado en el templo sin incurrir en culpa? Pues os digo que aquí hay uno que es más que el templo. Si comprendierais lo que significa “quiero misericordia y no sacrificio”, no condenaríais a los inocentes. Porque el Hijo del hombre es señor del sábado».

Palabra del Señor

Reflexión

Las afirmaciones (desconcertantes) de Cristo de que Él es el Señor del sábado, y de que es mayor que el Templo, nos hacen entender la hondura de este pasaje y su verdadero significado. La cuestión que hay detrás de permitir arrancar espigas en sábado no es sólo una enseñanza moral convencional del tipo: una ley general (p. ej. “no trabajar en sábado”) se debe aplicar con sensatez y atendiendo a la situación concreta (p. ej. “hay una necesidad grave, como el hambre”). Para explicar este principio de moralidad no hacía falta que Cristo viniera a la tierra. Si sólo hubiera querido decir esto (que las leyes no deben aplicarse inhumanamente) no habría ido mucho más lejos que cualquier moralista medianamente sensato de la historia.

Cristo afirma algo mucho más radical: Él es Señor del sábado y es más que el Templo. Es decir, Él es verdaderamente Dios.

Aquí tocamos el núcleo del Evangelio. Cristo no es sólo verdaderamente hombre. Es verdaderamente Dios. Ésta es la verdad, ésta es nuestra fe. Cualquier otro intento de comprender a Cristo es vano. Como escribió C. S. Lewis:

«Intento con esto impedir que alguien diga la auténtica estupidez que algunos dicen acerca de Él: “Estoy dispuesto a aceptar a Jesús como un gran maestro moral, pero no acepto su afirmación de que era Dios”. Eso es precisamente lo que no debemos decir. Un hombre que fue meramente un hombre y que dijo las cosas que dijo Jesús no sería un gran maestro moral. Sería un lunático —en el mismo nivel del hombre que dice ser un huevo escalfado— o si no sería el mismísimo demonio. Tenéis que escoger. O ese hombre era, y es, el Hijo de Dios, o era un loco o algo mucho peor. Podéis hacerle callar por necio, podéis escupirle y matarle como si fuese un demonio, o podéis caer a sus pies y llamarlo Dios y Señor. Pero no salgamos ahora con insensateces paternalistas acerca de que fue un gran maestro moral. Él no nos dejó abierta esa posibilidad. No quiso hacerlo». (Mero cristianismo).

Caigamos, pues, a los pies de Cristo, y llamémoslo, con Santo Tomás apóstol: “¡Señor mío y Dios mío!”

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