11 sept

Reflexión sábado 11 de marzo

Lectura del santo evangelio según san Lucas (15,1-3.11-32):

EN aquel tiempo, se acercaron a Jesús todos los publicanos y los pecadores a escucharlo. Y los fariseos y los escribas murmuraban diciendo:
«Ese acoge a los pecadores y come con ellos».
Jesús les dijo esta parábola:
«Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre:
“Padre, dame la parte que me toca de la fortuna”.
El padre les repartió los bienes.
No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, se marchó a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente.
Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad.
Fue entonces y se contrató con uno de los ciudadanos de aquel país que lo mandó a sus campos a apacentar cerdos. Deseaba saciarse de las algarrobas que comían ¡os cerdos, pero nadie le daba nada.
Recapacitando entonces, se dijo:
“Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me levantaré, me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros”.
Se levantó y vino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos.
Su hijo le dijo:
“Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo”.
Pero el padre dijo a sus criados:
“Sacad enseguida la mejor túnica y vestídsela; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y sacrificadlo; comamos y celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”.
Y empezaron a celebrar el banquete.
Su hijo mayor estaba en el campo.
Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y la danza, y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello.
Este le contestó:
“Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha sacrificado e! ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud”.
Él se indignó y no quería entrar, pero su padre salió e intentaba persuadirlo.
Entonces él respondió a su padre:
“Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; en cambio, cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado”.
El padre le dijo:
“Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero era preciso celebrar un banquete y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”».

Palabra del Señor

Reflexión

Hoy, el evangelio nos habla de la parábola del Hijo pródigo. Quizás sea la que más conocemos y también la que más nos conmueve. Podemos creer que habla de sentimientos humanos, de nuestros sentimientos, pero, en realidad, nos está hablando de Dios. De un Dios cercano, lleno de amor, de misericordia, que nos ama por encima de todas las cosas y nos acepta tal como somos.
Muchas personas, a pesar de haber vivido en su hogar la fe, al llegar a la edad adulta o quizás antes, dejan de lado a Dios, dicen no necesitarlo para nada y prefieren cerrar la puerta de su corazón a Dios. Viven de espaldas al Padre antes que fortalecer y profundizar en su amor al Padre.
Los padres ante esta actitud en muchas ocasiones recriminamos el abandono y cuando regresan en lugar de acoger volvemos a recriminar o juzgar.
Sin embargo, la parábola nos habla de la alegría de un padre que había perdido a su hijo y ahora lo recupera; un padre que no pregunta, sino que acoge, que no riñe, sino que abre sus brazos de par en par para abrazarlo.  No estamos hablando de cualquier padre, estamos hablando de Dios como Padre.
El padre no espera a que el hijo llegue a su puerta. En el momento que lo ve, sale corriendo, lo abraza, lo besa; no lo castiga, sólo expresa la alegría de que su hijo ha regresado. Dios como Padre siempre abre sus brazos a los más alejados, aquellos a los que nosotros vamos dejando en el camino enfrascados en nuestras cosas.
El amor de Dios Padre siempre es incondicional, alegre, esperanzador y lleno de misericordia.

 

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