Los espacios universitarios también enseñan aunque nadie lo programe
Hay aprendizajes que ocurren dentro del aula y hay aprendizajes que ocurre por el aula misma. Esto fue lo experimentó la profesora y CIT de Terapia Ocupacional, Julia Argente, de la Facultad de Psicología, cuando se fue de movilidad una semana a la Artevelde University College (Bélgica). La experiencia dejó una reflexión que parece sencilla pero tiene más fondo del que aparenta: los espacios en los que aprendemos no son neutros. Condicionan cómo nos relacionamos, cómo nos sentimos y, en última instancia, cómo aprendemos.
El workshop al que tuve la oportunidad de asistir abordó el concepto de “place” desde una perspectiva que va más allá de la infraestructura. Un espacio no es solo un conjunto de paredes, mesas y sillas; es un entorno que se vive, se interpreta y se construye colectivamente. Esa distinción, aparentemente filosófica, tiene consecuencias muy prácticas para cualquier institución universitaria que quiera repensar cómo organiza sus espacios.
Una de las ideas más sugerentes fue la diferencia entre espacios diseñados para estudiantes y espacios creados por estudiantes. Los primeros son los habituales: aulas, salas de estudio, zonas de descanso pensadas por instituciones y adultos con buena intención. Los segundos son algo distinto: entornos cuyo diseño, uso y dinámica han sido propuestos y apropiados por quienes los habitan. La diferencia en términos de sentido de pertenencia es significativa. Cuando un estudiante siente que un espacio es suyo, no solo lo usa de otra manera, sino que se relaciona con la universidad de otra manera.
La propuesta que surge de ahí es concreta: crear en la UCV zonas, físicas o híbridas, donde los estudiantes no sean solo destinatarios sino protagonistas del diseño. Salas colaborativas, rincones de descanso, espacios creativos que no estén pensados únicamente para ellos, sino construidos con ellos. El matiz importa.
La segunda idea clave del workshop apunta en la misma dirección: un espacio universitario no es motivador o inspirador por sus metros cuadrados o su equipamiento, sino por lo que ocurre en él. Las experiencias, las relaciones y las emociones que genera un espacio son las que determinan cómo se percibe. Un mismo pasillo puede sentirse como un lugar de paso o como un punto de encuentro según cómo esté activado. Incorporar usos flexibles, dinámicas participativas y actividades que fomenten la interacción no requiere necesariamente grandes inversiones: requiere sobre todo intención.
Me llevo de esta movilidad una convicción que antes era solo intuición: cuando los estudiantes participan en la construcción de sus propios espacios, también construyen su propia experiencia universitaria. Y eso, a largo plazo, es mucho más que una mejora en el bienestar. Es una forma distinta de entender qué es una universidad.













