3 junio

Reflexión jueves 3 de junio

Evangelio (Mc 12,28b-34)

En aquel tiempo, un escriba se acercó a Jesús y le preguntó: «¿Qué mandamiento es el primero de todos?».

Respondió Jesús: «El primero es: «Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser». El segundo es este: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». No hay mandamiento mayor que estos».

El escriba replicó: «Muy bien, Maestro, sin duda tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios».

Jesús, viendo que había respondido sensatamente, le dijo: «No estás lejos del reino de Dios.» Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas.

Palabra del Señor

Reflexión

  • El diálogo entre Jesús y los saduceos en torno a la resurrección de los muertos es escuchado por un escriba o experto en la Ley. Admirado por lo bien que había respondido Jesús, aquel escriba se siente impulsado a hacerle a Jesús una pregunta: «Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal (el más importante) de la Ley?». Su actitud es bienintencionada, nada que ver con los anteriores.

Teniendo presente que, con el paso del tiempo, la casuística rabínica había establecido 613 mandamientos[1], la pregunta tenía bastante miga. En medio de esa selva de preceptos era fácil perderse y acabar dejando de vivir lo que realmente era importante.

Jesús responde a la pregunta poniendo de relieve dos mandamientos en uno, pero sobre todo responde aquello que Él vive: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente» (¿quién ha amado más al Padre que el Hijo?) y «amarás a tu prójimo como a ti mismo» (¿quién ha amado más a los hombres que Jesús?). Ambos mandamientos son inseparables, forman las dos caras de una misma moneda. Una moneda perdería todo su valor si faltara por acuñar una de sus caras.

  • Todos conocemos bien este doble mandamiento del amor, pero necesitamos hacerlo presente en nuestro día a día. No es fácil. Pero contamos con un signo que nos lo recuerda continuamente, el signo cristiano por excelencia, aquel que más se repite en el interior de una iglesia: el crucifijo, una cruz formada por dos maderos entrecruzados en cuyo centro está la imagen de Jesús entregando su vida por todos los hombres.

El madero vertical nos recuerda la primera parte del mandamiento: la relación con Dios a través de la persona de Jesús. El madero horizontal que sostiene los brazos abiertos de Jesús nos recuerda la entrega y la preocupación por el prójimo.

Al contemplar la cruz, nos dice Benedicto XVI, «nunca deberíamos preguntarnos solamente: ¿Cómo puedo salvarme (ser feliz) yo mismo? Deberíamos preguntarnos también: ¿Qué puedo hacer para que otros se salven (sean felices) y para que surja también para ellos la estrella de la esperanza? Entonces habré hecho el máximo también por mi salvación (felicidad) personal»[2]. En la persona de Jesús hemos aprendido que el amor a Dios y al prójimo es una misma realidad que tenemos que vivir con todo nuestro ser. La primera lectura ponía el acento en el cuidado de los más débiles: los emigrantes, las viudas, los huérfanos y los pobres.

No es casualidad que en la celebración de la eucaristía el momento culminante de recibir la comunión y unirnos así a Dios vaya inmediatamente precedido por el rezo del padrenuestro y el gesto de la paz. Este tiene un sentido más profundo que el mero hecho de darle la mano al amigo o el beso a los papás: nos recuerda que nadie puede tener a Cristo sólo para sí mismo; únicamente puede pertenecerle, estar unido a Él, en unión con todos los demás a los que Él se ha unido mediante el misterio pascual[3].

Debemos acercarnos a recibir la comunión sin rencores u odios hacia otras personas en nuestro corazón; habiendo ofrecido el perdón a aquellas personas a las que hemos herido o habiendo recibido con mansedumbre el perdón que otros nos hayan ofrecido; debemos acercarnos a recibir la comunión asumiendo con interés las preocupaciones y dificultades de los demás. Una buena costumbre podría ser llevar siempre en el bolsillo un pequeño crucifijo que nos recordará, al coger el móvil, al sacar el pañuelo o las llaves de la casa, las dos caras del único amor verdadero.

 

[1] Algunos autores indican que eran 615 mandamientos. En su mayoría negativos (365).

[2] Benedicto XVI, Spe salvis, n. 48.

[3] Cf. Benedicto XVI, Deus caritas est, n. 14.

pastoral

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