26 abr

Reflexión viernes 26 de abril

Del evangelio según san Mateo 5, 13-16

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente. Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte. Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa. Brille así vuestra luz ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos».

Palabra del Señor

Reflexión

Celebramos hoy, con alegría y agradecimiento, a San Isidoro, gran y sapientísimo obispo de Sevilla. Esta celebración nos da pie para meditar sobre la santidad. Así, debemos entender que San Isidoro no fue santo por el hecho de ser obispo y de saber mucho, sino por ser un buen obispo y buen sabio. “Bueno” en el sentido más pleno de esta palabra, es decir, “bueno” no con criterios mundanos, sino “bueno” según Dios. Y por eso brilló, como dice el Evangelio, ante los hombres, para gloria de Dios Padre, como luz del mundo.

Y esto, ¿qué significa en concreto?, ¿qué es ser bueno a los ojos de Dios?

Ser bueno es ser santo, y ser santo es ser como Cristo en la concreción de la propia vida y con los dones particulares que uno recibe. Esto se concreta todavía más en la vivencia de aquello que nos hace buenos, que son las virtudes teologales y cardinales, y, derivadamente, los dones que se nos dan desde el Cielo. Vivencia que sólo puede ocurrir en el propio estado de vida y en las circunstancias concretas que se nos dan a vivir.

Las virtudes fundamentales, pues, por las cuales se concreta en nosotros el ser como Cristo, es como el “alma” o “corazón” de la santidad. El “cuerpo” es la vida concreta, el ministerio específico, el estado de vida al que se nos llama. Lo que nos hace buenos, santos, por tanto, no es tal o cual ministerio, ni siquiera tal o cual don particular, sino el modo en que lo vivimos, el ser desde el cual lo vivimos.

Y este ser, este “modo”, esta alma de la santidad es igual para todos: fe, esperanza y caridad (virtudes teologales), prudencia, justicia, fortaleza y templanza (virtudes cardinales).

Esta vida virtuosa es la que vivió San Isidoro en su ser, concretamente, obispo y doctor. Y eso hizo buena y preciosa su vida. Por estas virtudes se reconoce en él su semejanza con Cristo que es de lo que se trata, a lo que somos llamados, y lo que hoy suplicamos como mendigos: parecernos al Señor.

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