16 julio

Refelxión viernes 16 de julio

Del Evangelio según san Mateo 12, 46-50

Jesús estaba hablando a la multitud, cuando su madre y sus hermanos, que estaban afuera, trataban de hablar con él. Alguien le dijo: «Tu madre y tus hermanos están ahí afuera y quieren hablarte.»
Jesús le respondió: «¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?» Y señalando con la mano a sus discípulos, agregó: «Estos son mi madre y mis hermanos. Porque todo el que hace la voluntad de mi Padre que está en el cielo, ese es mi hermano, mi hermana y mi madre.»

Palabra del Señor.

Reflexión

En el día en que celebramos la Santísima Virgen del Carmen, el evangelio de la Misa nos presenta una escena, algo desconcertante a primera vista, pero en la que Jesús nos habla de la grandeza de su Madre bendita.

Cuenta san Mateo que Jesús estaba predicando en medio de mucha gente “cuando su madre y sus hermanos se hallaban fuera intentando hablar con él”. Como es bien sabido, “hermanos” es el modo habitual en el próximo oriente de denominar a todos los parientes próximos. No eran hijos de María que, además de concebir y dar a luz a Jesús de modo virginal, permaneció siempre virgen. De algunos de estos parientes conocemos sus nombres por otros pasajes del Evangelio: Santiago, José, Simón y Judas.

La respuesta de Jesús a quienes han ido a informarle de que lo estaban buscando es provocativa: “¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?” Parece excesivamente cortante o dura, como si rechazara a sus seres queridos, pero no era así. San Agustín se preguntaba: “¿Acaso la Virgen María – elegida para que de Ella nos naciera la salvación y creada por Cristo antes de que Cristo fuese en Ella creado – , no cumplía la voluntad del Padre? Sin duda la cumplió, y perfectamente. Santa María, que por la fe creyó y concibió, tuvo en más ser discípula de Cristo que Madre de Cristo”.

En efecto, la pregunta retórica de Jesús ayuda a centrar la atención en lo que va a decir a continuación y que es una enseñanza muy profunda también para nosotros: “todo el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre”. La mayor grandeza de cualquier criatura es cumplir con fidelidad los planes que Dios ha dispuesto para ella.

Sin duda para María, como para toda buena madre, supondría un notable sacrificio el no poder gozar a diario de la cercanía de su Hijo, que debía cumplir la misión redentora para la que había venido al mundo. También Jesús sabía amar y le dolería la separación de su Madre.

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