17 jul

Reflexión Domingo 17 de julio

Lectura del santo evangelio según san Lucas (10, 38-42):

EN aquel tiempo, entró Jesús en una aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa.
Esta tenía una hermana llamada María, que, sentada junto a los pies del Señor, escuchaba su palabra.
Marta, en cambio, andaba muy afanada con los muchos servicios; hasta que, acercándose, dijo:
«Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola para servir? Dile que me eche una mano».
Respondiendo, le dijo el Señor:
«Marta, Marta, andas inquieta y preocupada con muchas cosas; solo una es necesaria. María, pues, ha escogido la parte mejor, y no le será quitada».

Palabra del Señor

Reflexión

La Palabra de Dios que proclamamos hoy nos habla de acoger al Señor. Dios, que te ama más que nadie, te busca. Dios llama a la puerta de tu vida y te invita a vivir una historia de amor y de salvación. Tú puedes abrir tu corazón, acoger al Señor y dejar que Él llene tu vida o, por el contrario, puedes cerrar tu corazón y empeñarte en ser autosuficiente, en vivir según tus criterios.
Lo decisivo no es que tú busques a Dios, sino que Dios te busca a ti. Y viene a tu vida. Por eso, hemos de estar atentos al paso del Señor por nuestras vidas y, como Abrahán, decirle: Señor mío, si he alcanzado tu favor, no pases de largo junto a tu siervo.
En el Evangelio contemplamos el encuentro de Jesús con Marta y María. Jesús se ve honrado en su visita de dos maneras. María está sentada, sin hacer nada, a los pies del Señor y escucha atenta su Palabra. Marta andaba muy atareada, preocupada por el servicio de la mesa. Jesús es honrado con las obras de un amor que vive sirviendo y con escuchar su Palabra.
María, hermana de Marta, se sentó a los pies de Jesús. Estaba sentada a los pies de su maestro. Jesús es maestro, María su discípula. Jesús es el Señor, María escucha la Palabra. La Iglesia es la comunidad de los que no cesan de escuchar la Palabra del Señor.
Marta no comprende que María esté escuchando sin hacer nada, pues hay que preparar la mesa para los huéspedes. El servicio de la mesa le importa más que el servicio de la Palabra, que consiste ante todo y sobre todo en escuchar. No comprende que Jesús quiere ser primeramente el que da, no el que recibe; no comprende que ha sido enviado para anunciar la salvación y que la mejor manera de servirle consiste en escuchar y cumplir su palabra.
Jesús presenta la escucha de la Palabra como lo único necesario. Escuchar la Palabra es la mejor parte. La Palabra da la salvación, la vida eterna.
En medio de las actividades de la vida hay que saber pararse para escuchar la Palabra de Dios. Todo tiene una importancia relativa ante la Pala-bra de Dios. La escucha de la Palabra de Dios es lo principal. Sin esta escucha toda actividad se vuelve vacía, y se corre el peligro de caer el activismo sin sentido: hacer por hacer, pero sin saber ni por qué ni para qué se hace y sin tener un encuentro personal con Jesucristo vivo y resucitado.
Pero si la escucha de la Palabra de Dios es auténtica, ésta lleva al servicio: Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen. La escucha es anterior y princi-pal, pero no es escucha auténtica si no se traduce en vida, en servicio, si no va transformando poco a poco al oyente. Cuando la actividad nace de la oración y la escucha de la Palabra, la acción no es activismo, sino fecundidad apostólica. La fuerza, la eficacia viene de Dios.
La Palabra de Dios, como siempre, te invita a la conversión. ¿Cómo está tu escucha de la Palabra de Dios? ¿Cómo está tu intimidad con el Señor? ¿Cómo puedes mejorar tu escucha de la Palabra, tu oración, tu participación en los sacramentos, tu servicio a los hermanos? ¿Qué tiempo dedicas al Señor y a los hermanos? ¿Qué te pide el Señor para mejorar? ¡Anímate! El Señor te invita a vivir esta historia de amor. ¡Atrévete!

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