8 ene

Reflexión domingo 8 de enero

Lectura del santo evangelio según san Mateo (3,13-17):

EN aquel tiempo, vino Jesús desde Galilea al Jordán y se presentó a Juan para que lo bautizara.
Pero Juan intentaba disuadirlo diciéndole:
«Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?».
Jesús le contestó:
«Déjalo ahora. Conviene que así cumplamos toda justicia».
Entonces Juan se lo permitió. Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se abrieron los cielos y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se posaba sobre él.
Y vino una voz de los cielos que decía:
«Este es mi Hijo amado, en quien me complazco».

Palabra del Señor

 

Reflexión

Con la fiesta del Bautismo del Señor, que celebramos hoy, concluye el tiempo litúrgico de Navidad. El bautismo de Jesús es la aceptación y la inauguración de su misión. En el evangelio contemplamos la impresionante escena de ver a Jesús que se deja contar entre los peadores y se acerca a recibir el bautismo de Juan, que se queda sorprendido por la presencia de Jesús. Pero la presencia de Jesús es un signo: Él es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Así lo llama Juan Bautista, manifestando que Jesús es a la vez el Siervo doliente que se deja llevar en silencio al matadero y carga con el pecado de las multitudes y el cordero pascual símbolo de la redención de Israel cuando celebró la primera Pascua. Toda la vida de Cristo expresa su misión: Servir y dar su vida en rescate por muchos (Catecismo 608).
Esta celebración nos invita a recordar y a revivir el bautismo que un día recibimos y por el que hemos accedido a la salvación que Jesús nos consiguió con su muerte y resurrección. El bautismo por el que hemos sido sumergidos en la muerte de Cristo y hemos salido resucitados con Él (cf. Catecismo 1214). En el Bautismo hemos recibido la semilla de un tesoro que es la fe y el don del Espíritu Santo, que nos convierte en hijos de Dios en Cristo y nos introduce en la comunidad de fe: la Iglesia.
Hoy el Señor nos invita a cuidar la semilla para que pueda crecer y dar fruto.
Para ello, cada día has de escuchar y acoger como dirigida a ti la palabra de que el Espíritu Santo susurra en cada latido de tu corazón y te recuerda que tú eres el hijo amado de Dios, su predilecto. Cada día el Espíritu te certifica que Dios te ama, que te ha creado por amor y que está haciendo contigo una historia de amor y de salvación. Esta es la clave. Cuando acoges este Amor gratuito, la vida cambia completamente.
Esta fiesta es una invitación a que vivas esta historia de amor con el Señor. Una invitación a disfrutar el bautismo. A vivir esta vida nueva, a vivir una relación personal e íntima con el Señor, una relación de amor. Porque la fe es vivir una vida que se disfruta. Una vida que hemos de cuidar.
La cuidamos, escuchando la Palabra de Dios. Una Palabra que tiene vida eterna. La cuidamos viviendo la fe no de una manera individualista y solitaria, sino unidos a todos los que profesamos que Jesús es el Señor, viviendo la fe en la familia de los discípulos de Jesús, que es la Iglesia.
Cuidamos la fe cuando celebramos la Eucaristía, cuando confesamos nuestros pecados, cuando pasamos por el mundo haciendo el bien, como hizo Jesús. Cuidamos la fe cuando oramos y vivimos esa intimidad con el Señor. Hasta que lleguemos a la meta, que es el cielo, la vida eterna, donde ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede imaginar lo que Dios tiene preparado para los que le aman (1 Cor 2, 9).
¡Ábrele el corzón al Señor! ¡No tengas miedo! ¡El que comenzó en ti la obra buena, él mismo la llevará a su término!

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