Colombia en el corazón: docencia, encuentro y educación transformadora
Hay viajes que amplían el conocimiento y hay viajes que amplían la mirada. La estancia de la profesora Claudia Escorcia, de la Facultad de Educación en Colombia durante el mes de octubre fue, claramente, de las segundas. Dos ciudades, dos universidades y una certeza que se fue consolidando a lo largo de los días: la educación, cuando se mira desde otro contexto, recupera toda su profundidad.
La primera parada fue la Universidad del Tolima. Entre sus instalaciones, un detalle aparentemente pequeño captó la atención de forma inmediata: una sala de lactancia diseñada específicamente para que las madres estudiantes puedan continuar su formación sin tener que elegir entre sus responsabilidades. No es un gran gesto institucional, sino uno muy concreto, y quizás por eso resulta tan elocuente. Una universidad que se adapta a las necesidades reales de su comunidad no lo hace con grandes declaraciones, sino con espacios como ese.
En el Tolima también hubo lugar para la investigación y el debate: la participación como ponente central en el II Simposio Internacional de Práctica Pedagógica y Cultura Escolar permitió conocer las líneas de trabajo de la institución, sus retos y la energía que sus equipos docentes ponen en la formación de futuros educadores. Ese entusiasmo, en contextos con recursos más limitados que los europeos, tiene algo especialmente inspirador.
Desde allí, el viaje continuó hasta Manizales, ciudad enclavada entre montañas en el corazón del Eje Cafetero. En la Universidad de Manizales, las reuniones con los directores de los programas de posgrado de la Facultad de Educación abrieron conversaciones sobre proyectos de investigación y docencia compartida. Lo que más llamó la atención fue comprobar que, desde contextos tan distintos, las preguntas fundamentales son las mismas: cómo mejorar la educación, cómo apoyar a las familias, cómo generar conocimiento que transforme y no solo que describa.
Pero Colombia no es solo lo que ocurre dentro de las instituciones. Es también la calidez con que la gente recibe, la hospitalidad que no distingue entre lo profesional y lo personal, la manera en que una conversación académica puede convertirse, casi sin que uno se dé cuenta, en un momento de conexión humana genuina.
Volver con esa experiencia encima es volver con más preguntas que respuestas, y con la convicción de que todo docente debería tener la oportunidad de mirar la educación desde otro lugar. Salir del propio entorno, escuchar otras voces y otros ritmos, no debilita la identidad profesional: la enriquece y le devuelve el sentido.













